Todos ingenieros y empresarios
Wells Fargo, uno de los principales bancos estadounidenses era hace siglo y medio una compañía de diligencias. El gigantesco fabricante de fibras Du Pont en 1805 era un modesto negocio de pólvoras. El mundo ha cambiado y los negocios se reorientan permanentemente, pero Solvay sigue fiel a sus orígenes. Los químicos belgas que fundaron la empresa descubrieron hace algo más de un siglo una síntesis química muy eficaz para obtener la sosa y aún hoy aquella patente es una de las bases de su negocio que también abarca los plásticos y los fármacos. Sin embargo, no es suficiente para una multinacional con intención de perdurar. Solvay necesita productos con mayor valor añadido y cada vez más diversificados.
La filial española de esta multinacional belga puso en marcha hace tres años un programa de crecimiento basado en un cambio de mentalidad de sus trabajadores. Se trataba de impulsar su espíritu emprendedor para idear nuevos negocios y mejoras en las actuales producciones, y lo que parecían términos incompatibles (hacer que los trabajadores por cuenta ajena se sintiesen empresarios) ya ha dado los primeros resultados.
Las fábricas españolas y portuguesas del grupo pusieron en marcha sendos grupos impulsores de ideas para transmitir este espíritu a las plantillas y en poco más de dos años han recogido 2.815 iniciativas de mejora, con un ratio de 0,6 ideas por trabajador y año, que parece suficientemente alentador, aunque el director general para la Península, Marc Duhem, confía en la imaginación ibérica para llegar a triplicar este coeficiente.
Aumenta la autoestima
Cada fábrica del grupo tiene una estrategia diferente a la hora de premiar estas iniciativas, desde la que como Alkor Draka (una filial dedicada a la transformación de plásticos) le concede al trabajador un 5% del ahorro neto anual que produzca su idea, con un tope máximo, a la que –como ocurre en la planta de Barreda– entrega una cantidad en función de la calificación que obtenga.
Las iniciativas se valoran en función de su aplicabilidad, el ahorro que pueden generar y otros factores de mejora general. Por eso, sólo una pequeña parte alcanza la calificación de muy buenas o excelentes y no necesariamente son las más complejas. Una de las reconocidas es, simplemente, una pistola de etiquetar como las que emplean los hipermercados, que ha ahorrado tiempo y dinero en la aplicación de los códigos de barras en las cajas de embalaje.
Las encuestas demuestran que la motivación del trabajador para presentar la idea no suele ser crematística, sino que lo impulsa el interés por hacer una aportación personal a la mejora de los procesos –algo que refuerza su autoestima– y el ser reconocido por ello. Quizá por eso, tan significativos como los ahorros que se han conseguido al poner en práctica las ideas presentadas hasta ahora (un millón de euros al año que, como enfatiza el director general, van directamente a la cuenta de resultados), son las mejoras que detectan las encuestas en el grado de satisfacción de la plantilla.
Quienes han puesto en marcha el programa son conscientes de que hay que salvar no pocos obstáculos. En concreto, en la fábrica de Barreda, no pueden participar los cadres ante el temor de la dirección de que el programa pudiese perder credibilidad entre los trabajadores si resultaban premiadas ideas de sus jefes. En unas Jornadas de Innovación que Solvay ha celebrado en Barcelona también quedó patente la necesidad de salvar otras circunstancias que pueden restar eficacia a esta política, como la subestima que se puede producir en los mandos intermedios si se atienden las sugerencias de sus subordinados, o la sensación de estos de que si presentan muchas ideas pueden ser tomados por pelotas o, algo aún más incómodo, por criticones. Se ha evaluado la posibilidad incluso de que el operario se inhiba de presentar una idea por suponer que pueda desembocar en la supresión de puestos de trabajo de compañeros.
Una parte significativa de las mejoras propuestas por la plantilla proceden del personal de mantenimiento, el que tiene una visión más global de todo el sistema productivo de la fábrica y de sus fallos, pero también es cierto que en cualquier sección aparecen personajes capaces de ofrecer una cascada de sugerencias aprovechables y, una de las sorpresas que ha deparado el programa, es que la media de edad de estos trabajadores pródigos en ideas frisa los 50 años, lo que indica que el espíritu de innovación y mejora no se pierde nunca.
Ideas para nuevos negocios
Si la primera parte del programa está dirigida a propiciar mejoras que eleven la productividad general y reduzcan los costes, la segunda busca directamente encontrar ideas para nuevas áreas de negocio. En este año y medio se han presentado 58 proyectos, de los cuales 22 han sido temporalmente abandonados por sus promotores, y doce han sido rechazados porque no se adaptan a la filosofía de negocio de la empresa. De los restantes, hay tres que han llegado a la fase de explotación: un sistema revolucionario para la recuperación de libros antiguos, una consultoría con un programa capaz de elegir en cada momento el suministrador eléctrico más barato del mercado, y un sistema para el reciclado de aguas contaminadas con residuos de aceites de oliva, presentado por trabajadores portugueses del grupo, que utiliza para la oxidación el agua oxigenada de Solvay.
De la farmacia a la construcción
Entre los proyectos que aún están en fase de estudio se encuentra la ampliación de usos del Duphalac uno de los fármacos Solvay con más éxito. La iniciativa ha demostrado la capacidad de este medicamento para colaborar en la fijación del calcio en los huesos, lo que contribuirá a mejorar las ventas entre la población de más edad que ahora lo utiliza simplemente como laxante y regenerador de la flora intestinal.
Otro de los proyectos presentados por los trabajadores que se va a poner en marcha es la utilización de los reciclados de PVC en la fabricación de bovedillas para la construcción, lo que supondría un sensible ahorro de costes y de peso con respecto a las cerámicas y un mercado muy importante para la división de PVC del grupo.
Un sistema para salvar los libros antiguos
El grupo Solvay en España tiene otro proyecto más de aparente potencial sobre el que guardará un completo sigilo hasta completar los trámites para registrar la patente pero, sin ninguna duda, el más imaginativo entre los que maneja es el denominado CSC que se presenta con la aparentemente modesta pretensión de recuperar el papel viejo. Un proyecto, basado en la idea de un profesor de la Universidad Politécnica de Cataluña desarrollada dentro de la filial española de la empresa que no sólo da lugar a un nuevo área de negocio, sino que podría convertirse en una ayuda de primer orden para salvar el patrimonio cultural, ya que permite, con un coste relativamente modesto, recuperar los libros antiguos que amarillean y se degradan por la mala calidad del papel.
El problema que conocen muy bien museos y bibliotecas, es consecuencia de la gran acidez del papel que se fabricó en el último cuarto del siglo pasado y en la primera mitad de este. El ácido ataca la celulosa hasta el punto que resulta bastante más legible y sólido un libro del siglo XVIII o un periódico de mediados del XIX que un ejemplar de hace apenas unas décadas. Aparentemente, millones de documentos, diarios y libros de esta época negra del papel están condenados a la desaparición por la degradación creciente que sufren y los intentos que hasta ahora se han hecho por recuperar algunos de ellos especialmente importantes resultan muy caros, ya que exigen un tratamiento hoja por hoja.
El método de Solvay es mucho más sencillo. Los libros o documentos se introducen en una cámara portátil aunque voluminosa que se cierra herméticamente. Allí dentro se libera el gas HFC, desarrollado por Solvay como propelente a raíz de la prohibición de los CFCs y que resulta totalmente inocuo, hasta el punto que se utiliza en los aerosoles farmacológicos. Este gas penetra poco a poco en las páginas (puede llegar hasta lo más profundo aunque el libro esté cerrado) y a medida que avanza deposita el agente regenerador, una base fabricada por Solvay con estroncio, que con unas cantidades diminutas equilibra la acidez de las páginas. El proceso no sólo es más rápido, sino que evita el tener que desencuadernar el libro y sumergir las páginas en líquidos, como ocurre en los pocos métodos que ahora se utilizan y que tienen unos precios tan prohibitivos que sólo justifican su uso en documentos de vital importancia.
Recuperar 25.000 volúmenes de unas 400 páginas con el procedimiento de Solvay cuesta entre 35 y 45 millones de pesetas en tres años de trabajos. Con el sistema tradicional costaría 3.500 millones y no menos de diez años.
Javier Aranguren, el joven ingeniero de Solvay que ha desarrollado el proceso, se ha puesto al frente de la sociedad creada para desarrollar esta patente, de la que ha obtenido una participación accionarial significativa, ya que la multinacional belga pretende mantener un código de conducta escrupuloso. La idea pertenece al promotor y aunque, como es evidente, sólo pueda salir adelante con los medios financieros y técnicos que aporte Solvay, la compañía concede al emprendedor la posibilidad de llevarla a cabo a través de una empresa específica y le entrega una parte de las acciones. Ese juego limpio no sólo evita reticencias, sino que implica más a fondo a quien tiene la idea hasta consumarla con éxito. La constitución de una sociedad independiente permite clarificar, desde el primer momento, los costes que son imputables a la nueva actividad y conocer con exactitud su evolución.
Solvay ha dispuesto una cuantía anual de veinte millones de francos belgas, para este vivero de nuevas actividades, un capital riesgo cuyos resultados no sólo recompensarán el esfuerzo, algo que ya parece garantizado, sino que pueden llegar a reorientar parte de las actividades de la compañía.