LA salud también llena los hoteles
Santos Mirones era uno de los principales constructores santanderinos de los años 60, tanto que llegó a ser el primer presidente de la Asociación Nacional de Constructores y Promotores Urbanos. Y como la mayor parte de los constructores, se encontró durante la crisis de los años 70 con un fuerte descenso de las ventas, por lo que optó por dedicar algunos de sus edificios a la hostelería. Así nacieron los Apartamentos Juan de Herrera o el apartahotel Aránzazu.
La actividad de la hostelería fue continuada por los hijos. Dos de ellos, Javier y Miguel Mirones, actual presidente de la Asociación de Hostelería de Cantabria, abrieron, con menos de veinte años, un pub-terraza en El Sardinero, El Palacete, por el que pasaron decenas de personajes ilustres que impartían sus saberes en la UIMP y muchos de los alumnos. El Palacete y la Universidad Internacional se convirtieron en un tándem curioso, una especie de café literario al aire libre que pudo convertirse en una referencia para el verano santanderino. Sin embargo, el magnífico edificio no se justificaba para un uso temporal tan corto, y Miguel Mirones optó por probar con un establecimiento más permanente, el Café Bariloche, en la plaza de Jesús de Monasterio.
Antes, junto a su hermano José, habían comprado a su padre un hotel restaurante que poseía en Liérganes, La Posada del Sauce. Un edificio que tras una cuidada rehabilitación encontró una vida nueva.
La familia Mirones siempre ha estado ligada a Liérganes y esta circunstancia les llevó, a comienzos de los años 90, a poner sus ojos en el viejo Balneario de la localidad. El histórico establecimiento, con un jardín monumental, languidecía por falta de inversiones y había entrado en una fase crítica como consecuencia de las diferencias entre sus propietarios, ramas distintas de una misma familia que, por su distanciamiento de la gestión y por las dificultades económicas que atravesaba el balneario, tenían puntos de vista muy distintos sobre su futuro. A la vista del estancamiento, los hermanos Mirones, que hasta ese momento tenían actividades diferenciadas, unieron sus fuerzas para tratar de adquirir el inmueble, una operación muy compleja a la vista de las irreconciliables posturas de los propietarios. A pesar del riesgo de no alcanzar una mayoría que les permitiese el control de la sociedad, iniciaron la compra de paquetes de acciones a distintos miembros de la familia propietaria hasta alcanzar en 1994 una posición mayoritaria, lo que les permitió plantear una fusión por absorción desde su sociedad Tresmares, titular de los Apartamentos Juan de Herrera, una de las primeras operaciones de ese tipo que se realizaban en Cantabria.
Los hermanos Mirones acometieron una reforma en profundidad del inmueble para remodelar la fachada y modernizar las habitaciones, cuyo importe se acerca ya a los 700 millones de pesetas.
En el establecimiento termal se ha cambiado también toda la maquinaria, la sala de calderas y los aparatos respiratorios, y aunque se han conservado, por su valor, los baños de mármol tradicionales, se han acondicionado para incorporarles los chorros mordernos de burbujas.
Ampliación
El Balneario de Liérganes, con 96 habitaciones y un jardín excepcional creado a comienzos de siglo con especies arbóreas exóticas, ha conocido un resurgir notable, que, de alguna manera, ha condicionado la orientación del resto del grupo, cada vez más especializado en el turismo de salud.
La clientela, que en el momento de su adquisición era proporcionada en su totalidad por el Inserso, se ha rejuvenecido y diversificado con la promoción de programas de tratamiento antiestrés, de relajación y de belleza, hasta el punto que los conciertos con el sector público apenas suponen ahora un 30% de la facturación.
Una vez comprobadas las posibilidades de este nuevo mercado turístico, la intención de la familia Mirones es acometer la reforma de los dos edificios anejos que quedan por rehabilitar y que aumentarán notablemente la capacidad de alojamiento del centro termal.
Más aperturas
A pesar de que el balneario obligó a repartir la inversión en varias fases, el proceso de expansión de los negocios hosteleros de la familia no se detuvo. Poco tiempo después abría la Residencia Alfil, en los Escolapios, destinada a estudiantes universitarios, y asumía la gestión del hotel Reserva de Saja, en Cabuérniga, un establecimiento al que finalmente ha renunciado, al comprobar que el tipo de turismo que capta este establecimiento, netamente familiar, y la gran estacionalidad de la zona, hacían difícil la explotación dentro del grupo.
En 1998 la familia Mirones abría el Hotel Castelar, una fórmula mixta entre un hotel urbano de lujo y un centro termal prácticamente inédita en España. Era la continuación de la apuesta por el turismo de salud, pero en un entorno inhabitual, en plena fachada marítima de Santander.
El hotel de cuatro estrellas que ha dado nombre al grupo, tiene 44 habitaciones, dos plantas de termas y un más que notable restaurante, y supuso una inversión superior a los mil millones de pesetas. Con él comenzaba una nueva época, la de gestión centralizada de todos los establecimientos, tanto para la comercialización de las habitaciones (Castelar instaló la primera central de reservas de la región) como para los aprovisionamientos, con la contratación de un director general ajeno a la familia, Laurent Laball, responsable del día a día del grupo.
Un balneario en Burgos
La última inversión ha sido la del Balneario de Valdelateja, abierto este verano en el norte de la provincia de Burgos. Dentro de la estrategia de especialización, el Grupo Castelar puso sus ojos en este establecimiento de comienzos de siglo que había permanecido cerrado muchos años y que, tras una rehabilitación parcial, había funcionado como casa de hospedaje rural. El edificio ha sido ahora completamente remodelado y cuenta con 35 habitaciones, restaurante, salones y balneario.
A pesar de que la empresa no ha firmado por el momento ningún convenio con el Imserso para la acogida de personas de la tercera edad, el establecimiento ha conseguido un porcentaje de ocupación sorprendente en sus primeros meses de actividad, lo que ha reafirmado el interés del Grupo Castelar por este tipo de oferta turística de salud y relajación.
Una especialización para Cantabria
Miguel Mirones, que desde hace casi un año compagina su actividad privada con la presidencia de la Asociación de Hostelería de Cantabria, es un convencido partidario de la balneoterapia como una de las fórmulas que debe aliviar la fuerte estacionalización del turismo en Cantabria, un problema que hasta ahora no ha conseguido resolver ninguna de las estrategias de promoción empleadas. España sólo cuenta con un centenar de balnearios y no es fácil que esta cifra se incremente porque los aprovechamientos de aguas termales son muy limitados. Esa circunstancia aumenta las posibilidades de Cantabria, que dispone de una de las concentraciones más altas del país. A los balnearios de Caldas del Besaya, Corconte, Liérganes y Puente Viesgo, actualmente en explotación, se unirá próximamente el de Alceda, y aún podrían aprovecharse los de La Hermida, Fontibre y Solares, ahora cerrados.
El público de estos establecimientos termales es mayoritariamente español, y ya no es tan maduro como podía suponerse. La edad media de la clientela de los balnearios está bajando muy deprisa y también su tipología. En los establecimientos del grupo Castelar el público más numeroso está compuesto por profesionales en activo, que acuden atraídos por los programas de fin de semana y proceden, mayoritariamente, de Castilla y León, el País Vasco y Madrid.
Castelar se ha convertido en el abanderado de esa propuesta del turismo-salud hasta convertirse en el grupo hostelero nacional con una oferta más amplia. Ya ha conseguido la certificación de calidad de todas sus instalaciones termales y no descarta nuevas inversiones en este campo, que le permitan aprovechar mejor sus sinergias y su know-how.
Otro hotel en Santander
El grupo Castelar aún tiene otro proyecto en perspectiva, la apertura de un hotel convencional, en la calle Calderón de la Barca de Santander. Un establecimiento de tres estrellas y sin componente termal que se ha demorado por la aparición de un problema estructural en el edificio. En el inmueble estaba ubicada la Clínica Matorras y, a su cierre, la familia Mirones consideró que se presentaba una oportunidad para hacer, en el mismo lugar, un hotel urbano de 35 habitaciones. Sin embargo, al iniciarse la rehabilitación se comprobó que las estructuras se encontraban muy deterioradas y la obra está paralizada. El grupo, que está en condición de inquilino, y la propiedad del edificio estudian ahora una solución al problema. n