Conexiones

Es divertido formar parte de un país donde muchas de las cosas que ocurren no tienen parangón con ningún otro. Uno de los ejemplos más llamativos es el de Internet. Como particulares, no acabamos de engancharnos a la red, hasta el punto que sólo está conectada desde su casa el 17,3% de la población, frente al 29,2% de los alemanes, el 41,5% de los suecos o el 46,1% de los norteamericanos. Pero, tiemble el mundo, porque con las empresas ocurre todo lo contrario. El 58,5% de los PCs de las empresas españolas tienen acceso a Internet, frente al 28% de los alemanes, el 26,5% de los ingleses o el 17,1% de los estadounidenses.
Llegados a este punto, todas las explicaciones que caben merecen una reflexión. La más evidente es que a los españoles no les gusta pagar por el servicio de Internet, pero sí están muy dispuestos a utilizarlo cuando paga otro (su empresa). Esta hipótesis habría que matizarla, puesto que el número de ordenadores en las casas está muy por debajo de la media del mundo desarrollado y eso un handicap evidente para la vocación navegadora.
Lo que no tiene discusión es el fervor de las empresas españolas por enganchar a sus empleados a Internet, y no digamos, el de las Administraciones públicas. Aparentemente, es un síntoma de modernidad y dinamismo, pero por mucho que nos esforzamos, llevamos años sin mejorar un sólo puesto en el ranking internacional de competitividad que elabora el IMD norteamericano, donde ocupamos el puesto 23, mientras que las empresas americanas continúan las primeras, aunque no enganchen a la red los PCs de sus plantillas.
En nuestro país se da con frecuencia la fe del converso, y es posible que algo de eso esté ocurriendo con Internet. Es bueno que se multipliquen las conexiones en las empresas y en la Administración pública, pero es muy dudoso que el funcionario que tiene que tramitar el formulario X, cuyo exclusivo destino se encuentra en el Negociado Y tenga la necesidad ineludible de estar conectado con el resto del mundo y, mucho menos, de lanzarse a navegaciones por aguas procelosas de la Red. Le sobraría con una Intranet para justificar todas sus necesidades laborales.
Quizá por el hecho de que las conexiones resulten extraordinariamente baratas, se ha llegado a un grado de difusión en el interior de las empresas que en muchos casos no se justifica y que en lugar de mejorar la competitividad pueden acabar por perjudicarla, porque resulta muy difícil asegurar que las rutas de navegación se limitan a los terrenos estrictamente profesionales y no pasan por consultar con comodidad los periódicos deportivos del día o cosas parecidas. No se trata de demonizar Internet, sino de preguntarnos por qué somos tan desiguales a los demás. Es posible, como aseguraba algún representante del 98, que los equivocados sean ellos, pero al menos, debiera quedarnos la duda. Quizá los equivocados seamos nosotros.

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