La huida del tiempo
GONZALO BOLLAND
En cualquier lugar de este desquiciado planeta un español, con perdón, es inmediatamente reconocido por el elevado volumen de su voz. También por esa tendencia natural que tenemos para hablar de nosotros mismos concediéndonos demasiada importancia, despreciar cuánto ignoramos, rendir pleitesía al más sinvergüenza de la manada o utilizar expresiones malsonantes cada vez que tratamos de recalcar nuestras convicciones más profundas –en el supuesto, claro está, de que todavía las tengamos–, pero con todo, considero, que aquello que verdaderamente nos caracteriza es nuestro elevado volumen de voz. En verano, por ejemplo, esta cualidad se hace tan patente que resulta del todo imposible pasearse por cualquier orilla de nuestro destrozado litoral sin escuchar los alaridos de los niños que chapotean en el agua, las recriminaciones de las madres que los maleducan y las interjecciones groseras de los adolescentes que no saben como liberar tanta energía, tanto derroche, tanta libido… Los extranjeros, por el contrario, fieles a esa bienaventurada costumbre de dejarse los cuartos en nuestros turísticas comarcas, suelen permanecer tumbados sobre la arena como mármoles castrados –sobre todo cuando no están los suficientemente bebidos– y se comportan como si toda la lluvia que han soportado durante el largo, tedioso y despiadado invierno les hubiera proporcionado una ronquera definitiva.
La vida es una cuestión de fe. Tras unos comicios electorales, como los recientemente celebrados, todos los partidos políticos se consideran vencedores y tras la lluvia, el frío y las larguísimas tardes de los domingos contemplando un partido de fútbol tras otro llega el calor. La fe mueve montañas y el calor mueve asalariados hacia los demenciales complejos turísticos que una manada de constructores horteras –con sus arquitectos, sus alcaldes, sus notarios, sus jueces y sus abogados a sueldo– han terminado levantando en paisajes donde antes zumbaban las moscas, los gatos roncaban entre rastrojos, las lagartijas serpenteaban por las agrietadas tapias de los cementerios, el tedio tenía un penetrante aroma a melocotón maduro y los inmensos arenales se extendían en un desamueblado horizonte de dunas, árboles, barrancos, florestas y aldeanos con la boina calada.
Hace muchos años, nuestros antepasados con posibles, descubrieron que durante los meses de julio, agosto y septiembre lo prudente, lo sensato y lo razonable, que diría el bueno de Mariano Rajoy, era huir del calor y así, durante la canícula, se asentaban en lugares como San Sebastián, Biarritz, Lekeito, el Pazo de Meirás o Santander. Las cosas, desde entonces, han cambiado bastante. Las generaciones posteriores hemos logrado democratizar las vacaciones del verano. No solo eso sino que también hemos descubierto el bronceado, las insolaciones, los adosados, la barbacoa, el tinto de verano, el cáncer de piel y la satisfacción de comer en un grasiento chiringuito una grasienta paella, mostrando, eso sí, a todos los comensales nuestros vientres abultados como si fueran una herencia, un trofeo de guerra o una condecoración. Es lo que tiene el progreso. Nuestros antepasados, los pobres, se murieron sin descubrir el placer de pasearse –bajo un sol polvoriento y hebraico, eso sí–, por las playas de Torrevieja, Benidorm, Gandía, Benicarló o La Manga del Mar Menor para escuchar, entre otras delicias estivales, el monótono murmullo de las olas y, de paso, deleitarse con los alaridos de los niños que chapotean en el agua, las recriminaciones de las madres que los maleducan y las interjecciones groseras de los adolescentes que no saben como liberar tanta energía, tanto derroche, tanta libido…