Una región por descorchar
Si la naturaleza se revela imperfecta, siempre se puede recurrir a la genética. Al menos, eso debieron pensar en la Consejería cántabra de Desarrollo Rural cuando decidieron acudir al mayor banco de germoplasma de la vid que existe en España, el madrileño de El Ecin, en busca de material vegetativo que pudiera injertarse en viñas de la región con el fin de recuperar variedades locales que se habían perdido por el paso de los años y la falta de una cultura vitícola.
Uvas tintas de nombres tan pintorescos como carrasquín, parduca o neruca, han sido las primeras en regresar a su lugar de origen, Liébana, para evaluar su capacidad para volver a conquistar el terreno perdido. Y, con el tiempo, se añadirán otras plantas autóctonas y otras zonas de cultivo.
Partir de cero
Durante los diez años que han transcurrido desde que Cantabria decidió enrolarse en la aventura de producir vino, el objetivo ha sido desarrollar un sector que, a fuer de ser sinceros, no existía. Quizá por eso no importaba demasiado que se cultivara una variedad foránea, siempre que estuviera autorizada en la región y reuniera unos requisitos de calidad. Ahora que ya existen emprendedores vitícolas consolidados y que Cantabria dispone de unas cien hectáreas de plantaciones (61 situadas en Liébana; 38 en la comarca costera y el escaso resto en Valderredible, fundamentalmente), no basta con producir vino, también debe ser vino de aquí.
Para conseguirlo, la Administración está confiando a los propios viticultores la experimentación con estas variedades locales, a través de un sistema de fincas colaboradoras cuyos resultados se irán conociendo en los próximos años.
Un vino reconocible
Analizar su color y matices, valorar sus aromas frutales, herbáceos o tostados y sentir en la boca la acidez de su sabor, dulzura o equilibrio… Sólo se puede opinar de un vino después de catarlo. Por eso, para evaluar la última cosecha, nueve vinos cántabros monovarietales fueron puestos a prueba en la ya tradicional Cata de Vino Experimental, celebrada en el Centro de Investigación y Formación Agrarias de Muriedas.
Mientras un panel de expertos, entre los que figuraban prestigiosos enólogos que asesoran a bodegas de La Rioja o Ribera del Duero, se encerraban para hacer una cata a ciegas, el resto de asistentes, incluido el consejero Jesús Oria, participaban en una cata guiada por la enóloga Victoria Mirones.
En la lucha por hacerse un hueco dentro del competido universo de los vinos con denominación de origen, la única manera de singularizarse es crear un producto que no pueda repetirse en otros lugares. Pero eso también tiene sus contrapartidas: el consumidor debe estar dispuesto a pagar un precio elevado, al tratarse de una producción limitada, y resulta arriesgado alejarse de la uniformidad a la que las grandes bodegas han acostumbrado nuestro paladar. Ser diferente no siempre es sinónimo de tener éxito.