Inventario
¿Qué papel nos toca?
En 2000 el mundo era sencillo de interpretar: había un espacio bien conocido, el del capitalismo, un mundo comunista o excomunista deseoso de ser capitalista y los antiglobalización, unos coloristas manifestantes que creían que alguien puede poner puertas al tráfico de mercancías y de personas entre países, en estos tiempos en que resulta más fácil ir a Alemania que a Cuenca. Una década después, de los antiglobalización no se ha vuelto a saber, engullidos por algún agujero negro o directamente globalizados; el mundo capitalista está en manos de los chinos, que no son capitalistas pero son los que tienen el dinero, y la economía ha puesto en cuestión todos los sectores tradicionales: ¿Durarán mucho las empresas que hasta ahora considerábamos líderes?
En la América del siglo pasado un muchacho repartidor de periódicos podía acabar siendo el propietario de una gran cadena editorial. Ahora, es más probable que un magnate de la prensa acabe vendiendo perritos calientes por la calle, porque los periódicos ya no se venden, se regalan por Internet.
Pero igual que desaparece el negocio de la prensa y el de los quioskos, por muchas golosinas que intenten vender, desaparecen muchos otros a manos de ese huracán que es Internet. Las tiendas de ropa, las agencias de viajes, las imprentas, los cines, las casas de discos, las oficinas bancarias e incluso los museos pueden ser historia en muy poco tiempo. Simplemente, no serán necesarios, porque la gente puede conseguir lo mismo sin moverse de casa por Internet y casi siempre mucho más barato.
La costumbre invita a pensar que siempre hay negocios que reemplazan a los que desaparecen pero ahora estamos en un cambio de era y esa suposición no vale. Hay millones de puestos de trabajo que han dejado de tener sentido, porque ese mismo servicio lo puede prestar alguien a distancia por Internet y, además, ese alguien puede dar el servicio a muchos clientes a la vez. El Iphone es un buen ejemplo. Basta con que alguien en Silicon Valley desarrolle una aplicación para que al instante, por unos pocos céntimos, ese trabajo pueda ser aprovechado por cientos de millones de personas en todo el mundo. Y aunque teóricamente todos los programadores podrían desarrollar aplicaciones para ese teléfono, todos sabemos que los destinatarios no llegarán a probar más allá de unas decenas de ellas.
Por si fuera poco, los smartphones se han llevado por delante los teléfonos convencionales, los walkman, los navegadores, las cámaras de fotos y, para muchos usuarios, los ordenadores, con lo cual un solo fabricante sustituye a varios sectores enteros. Muchos más quedarán aplastados por esta integración y compactación que reduce a un solo aparato de bolsillo toda una batería de gadgets y aunque siempre harán falta coches, autobuses o aviones, mientras no exista la teletransportación, cada vez llegarán más cosas a nosotros por vía inmaterial, fabricadas por un solo proveedor y sin la ingente cascada de intermediarios que en el fondo somos todos nosotros.
¿De verdad podemos encajar un mundo así, de la noche a la mañana, en el que bastarán unos pocos trabajadores en las fábricas, cada vez más robotizadas, y unos programadores? ¿Qué haremos todos los demás? Esas son las preguntas. La reforma del mercado de trabajo se limita a tratar de atajar algunas de las consecuencias de este cambio de modelo, que ya no necesita tantas viviendas ni tantos coches pero nadie se atreve con la auténtica patata caliente: hacia dónde tenemos que reorientar nuestra fuerza de trabajo para garantizar a la gente un futuro. Por el momento nadie ha dicho ni media palabra al respecto.
Virtuosos de la vaciedad
Quien siga todo lo que publican los expertos sobre la política económica más adecuada para salir del hoyo no encontrará muchas más concreciones de las que hacen los políticos. Es cierto que hay partidarios del recorte puro y los que apuestan por políticas mixtas, pero nadie se atreve a dar una receta precisa sobre lo que se debe hacer. Eso se llama nadar y guardar la ropa y es lo mismo que suelen hacer los políticos al envolverse en ese lenguaje tecnocrático y vacío que han aprendido, precisamente, de los técnicos.
Veamos una muestra de ese lenguaje vacío. Es relativamente sencillo y pedante asegurar que “necesitamos unos ejes en los que concretar nuestras oportunidades de desarrollo para reorientar la actividad hacia las nuevas áreas de interés, aprovechando los nichos de mercado y aquellos yacimientos de empleo con capacidad para absorber una parte de nuestra fuerza de trabajo”. Por supuesto, aderezado con palabras sobre “medidas estructurales”, a ser posible, con “políticas horizontales” y “poniéndolo, negro sobre blanco, en un borrador de anteproyecto que permita valorar las ideas fuerza en las que basar una estrategia de desarrollo que potencie el valor añadido”. Por supuesto, hay que añadirle la consabida “apuesta por la I+D+i” y “el aprovechamiento de las sinergias entre la Universidad y la empresa”.
Así podríamos continuar enganchando frases huecas hasta el infinito para demostrar que se puede no decir absolutamente nada gracias al vocabulario habitual de políticos, técnicos, profesores y pensadores de la nada. Una forma de hablar encapsulada, basada en lugares comunes que dejaron de tener significado por sí mismos y que, puestos uno detrás de otro, sólo tratan de dar la impresión de que quien habla tiene algo que decir. Lo que nadie sabe es qué, pero tampoco importa. Al final del acto serán igualmente aplaudidos porque el aplauso es también protocolario y vacío de contenido.
Lo insólito es que esta vaciedad se da también en libros supuestamente sesudos, en estudios que únicamente tratan de disimular la insustancia de la forma más abstrusa posible y hasta en lecciones magistrales. Si alguien se tomase la molestia de expurgar las miles de páginas de algunas tesis se encontraría con que ni siquiera se pueden extraer dos ideas originales, las que en el periodismo se exigen para el título y el subtítulo de una información. Sin embargo, hay muchos profesionales que consiguen llegar a la jubilación con un cierto prestigio gracias a esta verborrea y hay políticos que conseguían desconcertarnos a todos al repetir la misma obviedad tres veces, planteándonos si, en realidad, esa frase tan pedestre quería decir algo más. Pero no, decía lo que decía, nada.
El socarrón Martín Villa, que como presidente de Endesa o Sogecable seguro que ha tenido que resolver problemas financieros, pincha esta burbuja con la racionalidad de un paisano: “Yo nunca me he fiado de economistas ni financieros porque hablan todos los idiomas, menos los que se entienden”.
La verborrea lo es todo en un país que siempre ha caído rendido de bruces ante la retahíla latina con la que el sacristán de Valle Inclán se abría paso entre la multitud que quería linchar a su mujer pecadora. Lo importante es que parezcan divinas palabras, aunque no digan nada ni nadie las entienda.
Recortadores
Siempre me ha sorprendido el escaso predicamento popular que tienen los recortadores, esos saltimbanquis que en vez de dar volteretas en los circos prefieren saltar sobre los toros, emulando a las míticas amazonas griegas. Por muchos desafíos que hagan a cuerpo limpio sobre los cuernos del animal, ninguno de ellos conseguirá nunca un titular de prensa con su nombre, como tienen los toreros. Es el sino de los recortadores. También ocurre en la economía y en la política: los titulares se los llevan los que gastan, no los que recortan. Los contables escrupulosos no valen para conseguir votos, aunque sean capaces de coger el toro por los cuernos. Se queman las pestañas en los despachos y eso vende muy poco entre el electorado, por mucho que ahora juremos lo contrario.
Existe la teoría de que la moda recorta las faldas en tiempos de crisis, y no por ahorro sino como efecto rebote. Es de lo poco, junto con la jornada laboral, que el ser humano está dispuesto a recortar de buen grado. A partir de ahí surgen los problemas, porque es fácil hablar de recortes genéricos (esos mensajes de que la Administración pública debe gastar menos) pero mucho más difícil entrar en concreciones, porque esos ahorros siempre le afectan a alguien y el ahorro efectivo nunca es tanto como parecía. Un año después de la entrada del PP en el Gobierno de Cantabria el gasto en altos cargos es casi idéntico al anterior y en las empresas públicas las pérdidas apenas han bajado de 23 millones de euros a 19, lo que no está mal, pero no supone gran cosa en la tarea hercúlea de reducir el déficit mientras descienden los ingresos.
Entre recortar gastos y generar riqueza, el personal no tiene la menor duda de a qué apuntarse. Por eso nunca han tenido demasiado éxito las llamadas a la contención. El ser humano está programado para vivir mejor cada vez y le cuesta extraordinariamente retroceder escalones. Cada paso atrás se interpreta como un fracaso de la especie, al menos desde que empezó el desarrollismo, el día en que una generación abandonó la idea de labrar el mismo campo que su antepasado y el antepasado del antepasado, con el mismo arado y los mismos precarios resultados. El proceso lo escenificó Danny Boyle en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres y nos recordó que llegar a como estamos ahora ha costado demasiada sangre sudor y lágrimas como para volvernos atrás. Por eso no acaba de cuajar la tesis de que recortando saldremos de esta. El propio Gobierno ve tan lejanos los resultados que prefiere adelantar las elecciones gallegas, lo que indica que no espera muchos brotes verdes en 2013, cuando debieran haberse celebrado.
Una de las virtudes de los políticos es su capacidad para convencernos de por donde debemos ir, aunque ese camino nos lleve directos al agujero más profundo. Pero el presidente cántabro Diego pone mucho más énfasis en reñirnos que en convencernos, lo que acaba por añadir hastío a la depresión: No supimos contenernos ante la manzana prohibida del endeudamiento y ahora lo vamos a pagar. Con los constructores se comportó como el más rápido del Oeste: antes de las cortesías de rigor ya había desenfundado las cuentas de la deuda pública de Cantabria y del déficit. Se pueden olvidar de las carreteras y de otras zarandajas, vino a decirles, porque ya hemos gastado en obras públicas lo de esta legislatura y lo de otras. Así que los poderosos constructores, que parecían tener todas las manijas del poder, volvieron a casa derrotados, sin al menos un ‘se estudiará’ con el que consolarse y con la única duda existencial de si es mejor cerrar mañana o hacerlo pasado.
Menos mal que en 2015 lo podremos contemplar todo desde lo alto de Pico Valnera, y subiendo cómodamente en funicular. Si no hay nubes, que es lo que suele pasar siempre en ese sitio, es posible que veamos un páramo infinitivo de gente sin nada que hacer. Es lo que tiene recortar cuando se va más allá del hueso.