La mayor colección de Rolls Royce está en el monte
La mayor colección del mundo de Rolls Royce no está en Gran Bretaña ni en EE UU ni en Qatar. Está en un lugar escondido de Las Encartaciones, en la frontera entre Vizcaya y Cantabria y es producto del afán coleccionista, Miguel de la Vía, propietario de las Canteras de Santullán y del palacio castreño de Ocharán. De los 75 coches de gran lujo que se exponen en la Torre de Loizaga y en los cinco pabellones habilitados al efecto en la enorme finca, 43 son de la afamada marca británica, de la que no falta un solo modelo de los fabricados antes de su adquisición por BMW en 1998, y cualquiera de ellos arranca con seguridad, aunque algunos lleven cien años a cuestas, como el Silver Gosth de 1912, cuyo nombre (‘Fantasma de Plata’) reflejaba el silencio con que se desplazaba por las carreteras.
Miguel de la Vía, de quien no hay una sola fotografía pública a pesar de que en sus 77 años de existencia fue propietario de muchas de las canteras de Vizcaya y de alguna de las más importantes de Cantabria, empezó por los coches de lujo que había conducido su familia, que no eran propiamente de la marca Rolls Royce y que, junto a algunos otros superdeportivos complementan el museo: Porche, Jaguar, Mercedes, Aston Martin, Ferrari Testarrosa, Lamborghini… Pero su ambición fue creciendo y pronto empezó a adquirir los pioneros de la automoción, Fiat, Renault y Cadillac de comienzos del siglo XX,… y los Rolls. Cada uno de ellos está en un estado tan deslumbrante como el día en que salieron de la fábrica. De ello se encarga un mecánico, dedicado exclusivamente a mimar estas joyas, con las que recorre las carreteras de la finca, para afinar su estado y evitar que reposen siempre sobre la misma posición de las ruedas.
De la Vía, fallecido en 2009, se convirtió en una de las grandes fortunas del País Vasco, gracias a las minas de hierro heredadas de sus padres, las canteras y las plantas de hormigón. Pero, sobre todo, con los ingresos obtenidos por la venta de las grandes extensiones de suelo liberadas al concluir la explotación de las canteras, ya que algunas de ellas sirvieron para ampliar el casco urbano de Bilbao. Hay un barrio, el de Masústegi, que crearon sus trabajadores. Una parte importante de Basurto y la incineradora de Zabalgarbi también están construidos sobre terrenos que fueron de su propiedad.
De la Vía adquirió la Torre de Loizaga, un antiguo palacio en ruinas situado en los montes de Galdames, próximos a Músquiz, y tras reconstruirla con mimo decidió instalar en ella sus Rolls Royce y superdeportivos. La colección llegó a ser tan completa como para provocar la necesidad de levantar cinco pabellones en el interior de la finca donde alojar el noble parque móvil reunido por el Museo. Los visitantes que aciertan a llegar al recóndito emplazamiento de la enorme casa torre en alguna de las jornadas en las que se permite la visita (sólo está abierto los domingos y festivos de 10.00 a 15.00) no pueden dejar de preguntarse cómo ha podido llegar hasta aquel lugar una colección tan asombrosa de coches de lujo. Pero allí están, como fantasmas de otra época, dispuestos a relatar visualmente el desarrollo de la historia de la automoción. Desde un Allen Runabaout de 1898, tan básico que ni siquiera tiene volante (se conducía con una palanca) y alcanzaba los veinte kilómetros/hora hasta los coches de mayor lujo que se hayan construido nunca.
Como cabía imaginar, proceden de los puntos más diversos del planeta. Unos han sido adquiridos en subastas restringidas, bastantes fueron comprados a otros coleccionistas y hay uno muy notable rescatado de un pajar británico. Cada Rolls se ha enviado a Inglaterra para evaluar su estado y hacer las reparaciones básicas, porque en muchos casos ha sido necesario fabricar nuevas piezas, idénticas a las originales. Luego, la reconstrucción del coche se ha completado en España.
Coches históricos
La historia de los Rolls Royce es también la historia de sus carroceros más importantes, en las épocas en que la casa se limitaba a hacer los chasis y los motores. Pero es también la historia de quienes fueron sus propietarios. Muchos de los vehículos expuestos han sido utilizados por jefes de Estado, como los Silver Wraith de 1953 y 1958 utilizados por la Reina Madre de Inglaterra o el Phantom IV de 1955 que fue propiedad del emir de Kuwait y del que solo quedan 17 unidades en el mundo (uno de ellos se utilizó para la última boda real española) o un modelo blindado que utilizó Franco. Algunos están personalizados, como el Silver Gosth del marajá de Jaipur, que hizo instalar una bocina en forma de serpiente, o los deslumbrantes Rolls de color aluminio, sorprendentes para una época donde la gama cromática apenas salía del hegemónico negro.
La colección es un muestrario de la pasión por el perfeccionismo que siempre caracterizó a la marca británica, dispuesta a emplear hasta cuatro años en fabricar algunos modelos y cada uno de ellos una demostración de hasta qué punto se buscaba el confort, del que solo quedaba excluida la doncella, relegada en muchas ocasiones a un asiento extraible colocado en la parte trasera bautizado por los usuarios con nombres tan explícitos como ‘matasuegras’ o ‘haytepudras’.
El Ayuntamiento de Bilbao ha tratado de negociar con los herederos de De la Vía un traslado de parte de la colección a la ciudad, al entender que, aunque la torre del siglo XIII es un magnífico escenario, su alejamiento de cualquier población no solo le resta público, sino que la convierte en casi desconocida. La familia no ha dado a conocer sus intenciones, pero los 75 coches continúan en la Torre, como una moderna caballería dispuesta a defenderla.
Una parte de los pocos visitantes de cada domingo llegan desde lugares lejanos, sobre todo, desde Inglaterra, donde no es desconocida, y lo hacen conduciendo sus propios coches de época, para demostrar que, como los que se exhiben, siguen siendo capaces de enfrentarse a las carreteras.