El Hotel-Escuela de Las Carolinas abre sus puertas
Si la elección del entorno para una actividad educativa revela ya una intención pedagógica, la ubicación de un hotel-escuela en la finca de Las Carolinas ilustra claramente el modelo de oferta hotelera por el que apuesta la Asociación de Hostelería de Cantabria. El lugar es uno de los pocos espacios cálidos, sosegados y de cuidada estética que conserva Santander y el nuevo hotel, atendido por alumnos de hostelería, estará muy alejado de los modelos urbanos estandarizados.
El emplazamiento elegido por la Asociación de Hostelería para levantar el Hotel-Escuela se encuentra rodeado de una densa trama urbana y en una de las calles de más intenso tráfico de Santander, General Dávila. Sin embargo, basta traspasar las puertas del recinto para recuperar el sabor de una época que marcó con su impronta la imagen de la ciudad. Esa será la sensación de los clientes del futuro hotel, que abrirá sus puertas a mediados de diciembre, y en el que los alumnos de hostelería recibirán una formación práctica en materias de elevada demanda.
Las Carolinas es una de las pocas fincas supervivientes de un tiempo en la que la zona era el lugar elegido por la alta burguesía santanderina para construir sus casas de recreo. En la ladera sur de esta calle –el antiguo Paseo del Alta– quedan todavía varias de aquellas viejas mansiones, recuperadas para usos cívicos e institucionales gracias a la especial protección que otorgó a esa zona el Plan General de Urbanismo de Santander. La finca de Jado, la de Altamira, el parque María Cristina o el nuevo Conservatorio de Música, son algunos de estos espacios preservados para uso público, a los que ha venido a unirse la finca de Las Carolinas en su nueva función social, como centro de formación y sede de la Asociación de Hostelería.
La finca había sido adquirida en 1906 por la familia Gutiérrez-Cortines Corral, que la habitó durante tres generaciones. Las limitaciones que impuso el nuevo ordenamiento urbanístico en la etapa en que Juan Hormaechea fue alcalde de Santander, impulsó su venta en la década de los 90 a Caja Cantabria, que inicialmente ideó convertirla en centro cultural. Desechado aquel proyecto, la finca, de 5.000 m2 fue subastada por la entidad financiera. A pesar del interés mostrado por algún colegio profesional, que llegó a igualar la oferta realizada por la Asociación de Hostelería, el proyecto de esta última, con un contenido educativo de evidente proyección social, inclinó a Caja Cantabria a vender la finca a los hosteleros cántabros, que pagaron por ella 170 millones de pesetas. La adquisición de la finca y chalet de Las Carolinas se formalizó a finales del año 2000, y el ayuntamiento santanderino autorizó la creación del hotel-escuela y la construcción de un nuevo edificio destinado a albergar las oficinas de la Asociación, a condición de que la finca estuviera abierta al público.
La culminación de este proyecto ha supuesto para la Asociación de Hostelería una inversión cercana a los dos millones y medio de euros (alrededor de 400 millones de pesetas), una operación para la que han contado con la ayuda del Gobierno de Cantabria, que aportará 481.000 euros de ayuda (80 millones de pesetas), divididos en cuatro anualidades.
Adaptación respetuosa
Tanto la rehabilitación y adaptación del antiguo chalet a la función de hotel-escuela, como el diseño del nuevo edificio que sirve de sede a la Asociación, han sido obra del decano del Colegio de Arquitectos de Cantabria, Clemente Lomba. El respeto por el estilo original ha guiado la recuperación del viejo inmueble, que se ha tratado de conservar con el espíritu más cercano a lo que fue en su tiempo. El chalet de Las Carolinas comparte con muchas de las edificaciones y los espacios que más sabor dan a Santander un estilo vagamente británico, que responde a la época en que la capital cántabra fue elegida por Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia como lugar de descanso estival.
En el primitivo caserón se ha efectuado una rehabilitación integral, respetuosa con la estructura y volumen del edificio. Las actuaciones más importantes se han producido en las cubiertas y fachadas y en la redifinición de los espacios interiores, para adecuarlos a su nueva función. Los trabajos de restauración han permitido recuperar muchos de los elementos que dan carácter al inmueble, como la gran escalera central, frisos, escayolas, los suelos de madera de castaño y pino originales o las escasas vidrieras que han sobrevivido a la etapa en que la finca estuvo cerrada y sus ventanas fueron blanco de algunos actos de vandalismo. Un ascensor que enlaza las tres plantas es el único elemento moderno que se ha incorporado al edificio, cuya estructura, de habitaciones muy espaciosas, ha facilitado su adaptación.
La Escuela-Hotel ha sido amueblada por El Corte Inglés y consta de trece habitaciones dobles, decoradas en colores intensos (azul, caldera, y beige) que aportan calidez y refuerzan el carácter acogedor del nuevo recinto. Esta limitada capacidad de alojamiento minimiza la posible competencia que Las Carolinas pueda suponer para otros establecimientos hoteleros, aunque el propio Mirones disipa las posibles susceptibilidades: “Aquí no hay ningún negocio encubierto. Se trata de una inversión que el propio sector está realizando en materia de formación y es imprescindible contar con clientes para hacerlo adecuadamente”.
Un comedor, con capacidad para cuarenta comensales, y una pequeña cafetería con terraza en la fachada sur, por la que se accederá al hotel, completan las instalaciones que facilitarán a los alumnos el aprendizaje de la hostelería en un entorno real.
Más escuela que hotel
El hotel-escuela que se inaugurará a mediados de diciembre no nace para competir con los centros oficiales en los que se imparte enseñanza reglada, como las Escuelas de Hostelería de Santander y Laredo. La iniciativa responde a las necesidades que se le plantean al sector ante una creciente demanda de camareros, ayudantes de cocina, gobernantas o camareras de hotel que desborda la capacidad de los centros de formación públicos y que, en algunos casos, ni siquiera tiene una atención específica dentro de los ciclos de enseñanza oficiales. “Lo que pretendemos –explica el presidente de los hosteleros cántabros, Miguel Mirones– es que todas las personas que se vayan a incorporar al mundo de la hostelería reciban previamente una mínima formación que les permita desarrollar su trabajo con la cualificación que se requiere”.
Las nuevas instalaciones acogerán los cursos ocupacionales que la Asociación viene impartiendo en espacios alquilados o de entidades colaboradoras. El pasado año hizo nada menos que 80, de contenido y duración muy variada, desde la formación rápida (de 30 a 40 horas) que se les exigía a los trabajadores en paro antes de incorporarse a la bolsa de empleo hostelera creada por la Asociación, hasta los cursos de reciclaje para asociados en materias tan diversas como cocina, idiomas o informática aplicada a la gestión de hoteles.
Entre las enseñanzas que se añadirán en la nueva sede se incluirán algunas como la jardinería –Las Carolinas cuenta con un espléndido jardín de 3.000 m2 con árboles catalogados que será cuidado por los alumnos– o el mantenimiento de instalaciones hoteleras.
Además de la formación continua, la Asociación pretende organizar cursos magistrales de especialización impartidos por los profesionales más prestigiosos de España.
La orientación práctica de la formación que se impartirá debe resolver la grave carencia de profesionales cualificados que sufre el sector, lo que repercute muchas veces en la calidad del servicio. Miguel Mirones considera imprescindible abordar este problema: “Yo creo que actualmente Cantabria tiene fama fuera de nuestra región por ofrecer un buen servicio en el sector, y lo que no podemos es bajar ese listón”.
Otro de los propósitos que inspiran la puesta en marcha del hotel-escuela es aumentar la valoración social de los trabajos de hostelería, algo que sólo se ha logrado en la restauración, gracias al prestigio de algunos grandes cocineros. “Hemos detectado –señala Mirones– que determinados trabajos no tienen el reconocimiento social adecuado y quizá instalaciones de este tipo y la presencia de profesores muy reconocidos ayude a que la gente se dé cuenta de que el trabajo en hostelería es tan digno como en cualquier otro sector”. Así se pretende recuperar la valoración antaño lograda por históricos maitres, sommeliers o recepcionistas.
La nueva sede de la Asociación
En la finca se ha construido un nuevo edificio administrativo de 800 metros cuadrados de superficie que sirve de sede a la Asociación de Hostelería. El inmueble tiene unas líneas sencillas y funcionales, y combina el cristal y la madera, con una estética neutra que no interfiere con el estilo del Hotel-Escuela, ni crea conflicto con el ambiente bucólico del exterior.
Para evitar saturar el espacio, se ha preferido hacer el resto del edificio subterráneo. Debajo de las oficinas de la sede, en un semisótano con luz natural gracias a un lucernario que rodea todo el edificio, se han colocado las cocinas y las tres aulas –una de ellas con instalaciones específicas para las clases de cocina– donde se impartirán las enseñanzas sobre restauración.
Un túnel comunica esta zona con el edificio del Hotel-Escuela, en cuyo desván se ha habilitado un aula-taller que aporta más versatilidad a los espacios de enseñanza del nuevo centro, cuya calidad permitirá afrontar los retos que plantea la formación de nuevos profesionales para un sector que aporta ya cerca del 11% del producto interior bruto regional y da empleo a 15.000 personas.