LOS PRINCIPALES EPISODIOS ECONOMICOS DEL SIGLO XX
Tras cuatro años y medio de lucha, había que buscar soluciones al auténtico desastre político y social que había producido la Primera Guerra Mundial en Europa. El humano, ya no tenía solución. Pero no todos los estados quedaron en las mismas condiciones, ni mucho menos.
Francia, Gran Bretaña o Italia, además del restablecimiento de las condiciones económicas en el interior, tenían que salvaguardar sus intereses en otros continentes, mientras que para EE UU, que no empleó todas sus fuerzas ni vivió la conflagración en su territorio, las cosas fueron muy distintas.
La guerra había dejado la impresionante cifra de 8,5 millones de muertos, la mayoría hombres en edad productiva, si se puede permitir una apreciación económica tan fría, y un número desconocido de inválidos permanentes. Es posible que en un primer momento de desorganización no se notase, pero Europa tenía ante sí un grave problema de falta de mano de obra y eso se dejaría sentir en cuanto se reconstruyesen las fábricas.
A eso había que añadir que la falta de abonos químicos había reducido los rendimientos de la agricultura o que en algunas zonas resultaba imposible arar la tierra sin hacer previamente una limpieza cuidadosa de proyectiles y otros restos bélicos.
Si a todo esto se añade la escasez de carbón –la producción había disminuido un 30%– que ponía en serios aprietos la industria; que el transporte ferroviario estaba desorganizado y que el tonelaje de la flota mercante mundial había descendido en una tercera parte, está claro que en la guerra todos habían salido perdiendo, al menos los europeos.
Las diferentes economías
El rasgo dominante era la baja producción. Europa necesitaba materias primas y equipos industriales y eso sólo podía venir de Estados Unidos, porque en el Continente no quedaba nada. Pero, para comprar había que endeudarse, y mucho. En Italia, el endeudamiento público se multiplicó por seis, en Francia por siete, en Gran Bretaña por diez y en Alemania por veinte.
La deuda no es en sí mismo un signo de empobrecimiento nacional, pero sí puede suponer un gravísimo desequilibrio de la balanza económica, y casi todos los países beligerantes tuvieron que recurrir a la inflación monetaria para frenar unas importaciones a las que no tenían posibilidades de hacer frente, ya que la propia guerra había extenuado sus reservas de oro.
Pero no todos estaban igual, ni entre los ganadores, ni entre los perdedores: Francia, Polonia, Rumanía, Bélgica y Serbia habían sufrido invasiones y devastaciones; Alemania en cambio, y sorprendentemente, conservaba el 90% de su equipamiento industrial, aunque perdió casi toda su flota mercante y las inversiones en el extranjero. La economía de guerra, por otra parte, casi había agotado sus, en otro tiempo abundantes, materias primas.
Gran Bretaña conservaba intactas sus minas y sus fábricas pero había perdido importantes mercados exteriores y parte de sus fondos en el extranjero. Además, había sufrido graves daños en la flota mercante y tenía una deuda exterior que incidía negativamente sobre los cambios monetarios. En 1918 la libra valía 4,76 dólares pero bajaba sin cesar, comprometiendo gravemente el papel de Londres como mercado financiero de referencia en las transacciones internacionales. Como es fácil de entender, también le afectaba la precariedad económica de sus principales clientes, y las exportaciones se habían reducido un 40% con respecto a las que realizaba antes de iniciarse la guerra.
Francia, además de tener problemas parecidos, se veía obligada a hacer frente a la reconstrucción del país, con unas 368.000 casas destruidas y más de 500.000 dañadas.
Si alguien salió beneficiado de la contienda fueron los estados no europeos que no participaron directamente en el combate, ya que tuvieron la oportunidad de aumentar su producción industrial, reorientar la agrícola y mejorar la balanza comercial. En Japón, por ejemplo, la capacidad industrial se multiplicó por cinco.
EE UU sí participó en la contienda, pero se libró de tenerla en casa. Eso les convirtió en otro de los ganadores. Su producción de acero se duplicó, el tonelaje de la flota mercante se cuadruplicó y llegó hasta el 85% de la británica cuando antes de la guerra era solo el 23%. Esta evolución refleja lo que estaba ocurriendo con sus exportaciones. El excedente de la balanza comercial en cuatro años alcanzó la asombrosa cifra de 9.500 millones de dólares, una cuantía equivalente a la acumulada en los 125 años años anteriores. Eso le proporcionó la mitad de las reservas de oro mundiales, la recuperación masiva de los títulos americanos en manos de capitalistas extranjeros y la posibilidad de financiar a otros países beligerantes con 10.000 millones de dólares en préstamos.
Los tratados de paz
Mientras se discutían las cláusulas de los tratados de paz y las sucesivas ratificaciones en cada parlamento, en Europa la preocupación fundamental era echarse algo, frío o caliente, para el cuerpo.
Aunque las crisis morales y políticas que nos cayeron encima a los europeos merecerían toda una biblioteca, sí podemos decir que no todas las clases sociales sufrieron igual los problemas de la posguerra y se produjo una amplia transferencia de riqueza hacia las clases más adineradas y una caída de los salarios reales como consecuencia de la incorporación de millones de desmovilizados a las pocas fábricas que seguían en pie.
Desde su entrada en la guerra, EE UU dijo que no buscaba ni beneficios territoriales ni ventajas políticas sino que pretendía asegurar una victoria de Francia e Inglaterra con las que compartía los principios liberales y democráticos aparte de intereses económicos y financieros.
No obstante, Wilson quiso que los tratados de paz no fueran solo acuerdos de compensaciones, sino que se abriera una nueva etapa en la concepción de las relaciones internacionales, al forzar la creación de una Sociedad de Naciones. Eso significaba que EE UU se vería forzado a participar directamente en la salvaguardia futura de la paz mundial y, por tanto, que debería renunciar a sus tradiciones aislacionistas y asumir responsabilidades para la protección de la independencia y la integridad territorial de los estados miembros.
EE UU había intervenido en la guerra para defender su prestigio y sus intereses económicos, pero su opinión pública dudaba de si ésto era sólo un paréntesis o suponía un cambio histórico sin marcha atrás. Lo prudente parecía volver a la política exterior tradicional desde los tiempos de Washington y Jefferson, que respondía a una seguridad proporcionada por sus fronteras oceánicas.
En EE UU la ratificación de los tratados es competencia del Senado y la Cámara Alta, con mayoría republicana, votó en contra. El país no entraba en la Sociedad de Naciones que él mismo había promovido, condenando la iniciativa al fracaso, como finalmente resultó.
Las personas
Las negociaciones de paz se realizaron entre sólo cuatro personas, de las cuales una, el italiano Orlando, únicamente intervenía en asuntos que afectaban a su país, lo cual dejaba la nueva organización del mundo en manos de tres personas, cuyo carácter iba a influir en las vidas de otros muchos millones.
Ellos se metieron en el cuerpo 150 reuniones a puerta cerrada, con la única ayuda de un secretario y un interprete, y con los informes técnicos encima de la mesa, si es que cabían.
Hemos dicho ya quien era uno. Los otros tres eran el norteamericano Woodrow Wilson, por supuesto; el francés Clemenceau y el británico Lloyd George. Y ¿cómo eran estos tres que decidieron el futuro de la humanidad con tan aparentes pocos medios?
Wilson antes de meterse a la la política había ejercido como profesor de ciencias políticas durante veinticinco años, así que confiaba en la fuerza de las ideas y estaba convencido de su superioridad moral porque pensaba en la paz mundial como objetivo; en cuanto a su bagaje práctico, sólo había estado en Europa doce años antes, y como turista. Clemenceau, un luchador con fuerte carácter y pesimista, miraba con ironía el noble candor del americano. Finalmente, George era un ágil y fino estilista, que se cuidaba de mantener el contacto con la opinión publica de su país y con su mayoría parlamentaria, bastante inestable.
¿Qué podía esperarse de eso? Pensemos, sobre todo, en Wilson, quien a pesar de su desconocimiento total de la realidad lingüística, etnográfica y económica europea pretendía aplicar un programa de paz basado en el derecho a los pueblos a la libre determinación y la liberalización de los cambios comerciales.
Cuando a Wilson le pusieron delante un cargamento de estadísticas y mapas falseados tuvo ocasión de comprobar la distancia sideral que hay entre las buenas intenciones y la realidad.
El resultado fue que Europa quedó en un nuevo equilibrio inestable, con el antiguo Imperio Austro-Húngaro dividido en siete estados, sin clarificar las relaciones con la Rusia soviética, que ya había firmado un tratado de paz con las potencias centrales, y con una Alemania unida, pero sometida al pago de unas reparaciones de guerra que sólo podían desembocar en una nueva crisis.