El hombre del cubículo
Es el culpable del incremento de costes por utilizaciones no autorizadas de las fotocopiadoras en la mayor parte de las oficinas del mundo. Se llama Scott Adams y las tiras cómicas de su alter ego, Dilbert, se reproducen diariamente en más de 1.200 periódicos de 35 países. Dilbert nació del aburrimiento de Adams en los centenares de reuniones interminables e inútiles a las que tuvo que asistir durante su vida de empleado. Nacido en Nueva York, tras licenciarse en Económicas en 1979 dedicó los siguientes 17 años de su existencia a “ocupar un montón de puestos humillantes y mal pagados”. Entre otros, fue cajero en una sucursal bancaria atracada dos veces a punta de pistola, analista financiero y programador informático.
La mayor parte de ese tiempo lo pasó dentro de cubículos, sobre los que tiene su propia teoría: “A principios de los 70, se colocaron ratas en un modelo de cubículo a escala y se les marcó un conjunto de objetivos irracionales. Al principio las ratas se movieron presurosas de un lado a otro, en busca de queso. Finalmente, se dieron cuenta de que sus esfuerzos no encontraban justa recompensa. Las ratas cayeron entonces en una rutina consistente en asistir a reuniones, y empezaron a quejarse de su falta de formación. Muchas de las ratas murieron. Cuando las empresas se enteraron de la existencia de este nuevo método para reducir su personal, empezaron a situar a los empleados en cubículos”.
Dilbert, ese ingeniero soltero, inteligente y con problemas de comunicación que asiste cotidianamente a un sinfín de situaciones ridículas desde su cubículo, cambió el destino de Adams en 1988. Ese año decidió enviar una muestra de sus historietas a los principales editores de tiras cómicas para diarios. Los 50 periódicos que decidieron publicarlas vieron cómo sus secciones de cartas al director se llenaban de misivas hablando de situaciones reales tan o más peregrinas que las padecidas por Dilbert, lo que representa un problema para Adams: “Por muy absurda que intente hacer la tira, no logro mantenerme por delante de lo que experimenta la gente en su vida laboral”, confiesa. “Así es mi empresa”, es el comentario que más veces ha escuchado de sus lectores.
A pesar del éxito inicial, Adams siguió trabajando en Pacific Bell hasta 1995. Se levantaba a las seis para dibujar la tira y luego marchaba a la oficina para experimentar en carne propia las historias de su personaje.
Al igual que Kafka, otro humorista (éste, incomprendido) del mundo de las oficinas, el secreto de Adams es haber entendido que el objetivo de la comunicación en las organizaciones no es la transferencia clara de información: el objetivo real es favorecer la carrera de los que la generan. De ahí el absurdo constante que ilustra a diario en sus viñetas.
Mientras, siempre escoltado por el cáustico Dogbert, Dilbert vive con melancolía el recuerdo de aquellos años dorados en los que el principio de Peter era realmente efectivo en las empresas, “cuando al menos uno tenía un jefe que alguna vez supo hacer algo bien”.