LUCIA BUSTAMANTE, JOVEN EMPRESARIA Y DISEÑADORA
Hasta el ruidoso pestillo de la puerta que da acceso a su tienda-taller de la calle Lealtad, que abre en sentido inverso a las cerraduras actuales, evoca tiempos pasados. Hoy, las prendas se fabrican en serie en algún lugar de China o del norte de Africa y la ropa se compra en luminosas tiendas con escaparates a pie de calle sin ni siquiera pasar por el probador. Sin embargo, Lucía Bustamante, pese a sus 27 años recién cumplidos, prefiere comprar como lo hacía su madre y anteriormente su abuela, con telas escogidas para cada ocasión y cortes a medida. Prendas en las que se mima hasta el más mínimo detalle.
Ir a contracorriente es su secreto para abrirse un hueco dentro del sector de la moda, presidido por las grandes franquicias que producen ropa a granel y que, como tantos otros mercados, es víctima de la crisis del consumo. Para defender sus métodos de trabajo le basta con traer a la memoria a una de las modistas más importantes de la historia: “Coco Chanel siempre hizo colecciones pequeñas y, sin embargo, revolucionó la moda internacional”. Lo que lamenta es que en la reciente versión cinematográfica que ha revisado su vida no se resalte la verdadera clave de su triunfo: el trabajo.
Lucía no se compara con ella pero cree que la alta costura puede ser una fórmula para mantenerse y, en el mejor de los casos, para lograr el éxito internacional. Con la esperanza de poder mostrar algún día sus diseños en la Pasarela Cibeles o en Nueva York, se encierra en el taller de la mañana a la noche para atender los pedidos de sus clientas o, simplemente, para coser.
El primer paso en el proceso de confección de una prenda es una entrevista personal con la clienta para profundizar en sus gustos y estudiar su fisonomía. En un segundo encuentro llegan a un acuerdo sobre el diseño.
Al principio, ella misma se ocupaba del corte de las telas y de su confección pero ahora, desbordada por la cantidad de encargos que recibe, deja parte de esta labor en manos de modistas cualificadas. Eso sí, no quiere perder el control sobre ningún centímetro de tela, porque lo suyo es cocina de autor.
Vender sueños
“No vendo lujo pero sí artesanía, porque cada pieza es única”, comenta Lucía. Y es que sus clientas pueden soñar con ponerse un vestido parecido al que lucía la princesa Letizia en una revista del corazón o, simplemente, recibir un trato digno de la realeza, ya que esta joven emprendedora cuida hasta el extremo la atención personal, convencida de que ese es otro valor añadido frente a la competencia.
La magia que rodea al vestir se refuerza cuando se trata de una ocasión tan especial como una boda, de ahí que Lucía haya encontrado una oportunidad de negocio en la ropa de ceremonia, tanto para los invitados como para las novias, y especialmente para las que se casan por lo civil, que no siempre encuentran lo que desearían.
Admiradora de Balenciaga, huye de lo recargado y trata de imprimir a sus diseños un aire vintage, propio de la ropa de calidad, que sólo se encuentra en ferias y tiendas especializadas. Su inspiración parte de los propios tejidos, procedentes de fábricas francesas e italianas, y de los pequeños detalles con incluye en sus diseños, que suele localizar en anticuarios.
Pese a la exclusividad de las prendas, sus precios no distan tanto de los que se ven por la calle: cazadoras o gabardinas por cerca de 200 euros y trajes de novia que oscilan entre los 900 euros de los más baratos hasta los casi 3.000 de los más complejos.
Vocación
Lucía, que se considera una “diseñadora vocacional”, no olvida el estupor de su familia cuando, con sólo 15 años, les comunicó que quería dedicarse a la alta costura. El Certamen de Jóvenes Diseñadores que el Gobierno convoca anualmente para dar a conocer a nuevos talentos y que ha ganado en varias ocasiones, le sirvió para debutar en el mundo de la moda pero, sobre todo, “para que se lo acabaran de creer en casa”, dice.
Antes de establecerse por su cuenta probó suerte en el sector bancario y como secretaria de dirección en una empresa privada: “Lo odiaba”, dice. Así que “decidí tirarme a la piscina” y abrir una tienda en la que combina la exposición y venta al público con un pequeño taller donde elige las telas y dibuja los bocetos.
La Semana de la Moda de Santander de 2006 le dio el espaldarazo definitivo. Sus diseños tuvieron buena acogida y, desde entonces, hace una pequeña colección de temporada –unas treinta prendas– además de los encargos particulares. Para ella, todas son “especiales” e “irrepetibles”. Dos palabras que dicen mucho de su forma de ser y de entender la moda.