Una cooperativa de consumo en un mundo de gigantes comerciales

Ya sea por la pérdida de población, fruto de su convulsa historia laboral en las últimas décadas del siglo XX o por su lejanía a los centros de distribución, Reinosa fue, durante muchos años, una ciudad invisible para las grandes firmas de supermercados. Una situación que se ha revertido, hasta el punto de casi todas las multinacionales de la alimentación que operan en España están ya presentes en la capital de Campoo.
Durante todo ese tiempo, el vacío dejado por las grandes cadenas fue paliado por la iniciativa de una cooperativa de consumo cuya andadura comenzó hace casi medio siglo y que hoy es la única superviviente de las varias organizaciones de este tipo que han existido en la región, herederas en algunos casos de los antiguos economatos laborales.
Con sus cerca de 4.000 socios, la Cooperativa de Consumo San Sebastián no se recrea en el papel jugado en el pasado y en el hecho de haber sido el primer y único supermercado durante mucho tiempo en Reinosa, sino que se apresta a superar el reto que plantea la llegada en tropel de las grandes cadenas de distribución alimentaria. La cooperativa cuenta con dos establecimientos que responden a las crecientes exigencias del consumidor, pero en tiempos de tan feroz competencia ya no se puede caminar sola y ha buscado el apoyo de uno de los gigantes de la alimentación, el grupo Eroski, con el que ha acordado una franquicia para el suministro de productos y el asesoramiento comercial.

Heredero del economato de la Naval

La Cooperativa de Consumo San Sebastián prolonga la tradición de las organizaciones creadas antes de la Guerra Civil por los partidos de izquierdas para facilitar a los trabajadores el acceso a productos de primera necesidad. Esa iniciativa fue imitada en los años cuarenta por el régimen franquista, con la creación de los economatos laborales ligados a las grandes empresas que integraban el antiguo Instituto Nacional de Industria. A este grupo de empresas públicas pertenecía la Naval (la actual Sidenor), que creó su propio economato. Sin embargo, la enorme penuria de aquella época, con una gran escasez de productos, y el desinterés de las propias empresas, relegaron a estos establecimientos a un papel secundario.
Para corregir las carencias del economato reinosano, un grupo de trabajadores de la Naval, integrados en la HOAC (Hermandad de Obreros de Acción Católica), decidieron crear en 1959 una cooperativa de consumo, un proyecto al que consiguieron atraer a 250 socios, que aportaron mil pesetas cada uno para la puesta en marcha de la cooperativa.
Un antiguo almacén de aperos de labranza en la calle Vidrieras fue el local elegido para el primer establecimiento, cuya habilitación se hizo con el trabajo realizado en su tiempo libre por los asociados, en su gran mayoría empleados de la Naval. Los mismos trabajadores se encargaban, por turno, de la descarga de mercancías (patatas, aceite…) y del funcionamiento de la cooperativa, que sin esta aportación personal no hubiera sido viable.
A pesar de este entusiasmo, los comienzos no fueron nada fáciles. Al desconocimiento del funcionamiento del negocio de la distribución se unía la hostilidad del comercio local ante lo que consideraba una amenaza a sus intereses.
La oposición al proyecto creció hasta el punto de que los establecimientos minoristas llegaron a amenazar a los representantes de las firmas de alimentación con no comprarles si suministraban productos a la cooperativa.
El bloqueo se pudo salvar gracias a un distribuidor local, Laureano Pérez Jorrín, que no se amilanó ante las presiones; aún así hubo que recurrir a un mayorista de Santander, Almacenes Bolado, para poder abastecer a la cooperativa de todas las mercancías que precisaba.
También se vivieron momentos difíciles cuando en la década de los sesenta se generalizó la importación de carne congelada de Argentina y de porcino procedente de las granjas de Polonia. Para aprovisionarse de estos productos era preciso recurrir a Canfrisa y hacerlo con dinero en efectivo, por lo que más de una vez los socios que integraban la Junta de la Cooperativa tuvieron que adelantar el importe de su propio bolsillo.
Aprovechando el traslado a un nuevo local, en los bajos de uno de los edificios levantados en la misma zona de Vidrieras por una cooperativa de viviendas, la Cooperativa San Sebastián creó en 1966 el primer establecimiento de comestibles de la zona organizado de acuerdo con los criterios de los recién aparecidos supermercados. Para entonces contaba ya con media docena de empleados.
La vida de la cooperativa transcurrió en paralelo a la del economato de la Naval, hasta que, en 1988 y tras el duro ajuste laboral que se produjo en la siderúrgica, la Cooperativa San Sebastián compró el economato, situado en la calle de La Ronda, por el precio simbólico de una peseta. Desde entonces, se ha convertido en heredera del viejo y languideciente economato laboral, cuyos objetivos sociales se han visto mejor servidos por el empuje de la cooperativa, que en 1994 abrió un segundo local de mil metros cuadrados en la calle Hermandad de Donantes de Sangre.
La apertura de esta segunda tienda coincidió con la llegada a Reinosa de las primeras cadenas de alimentación que por fin se acordaban de la capital campurriana. A la implantación de la firma cántabra Lupa le siguió El Árbol y, poco después, las cadenas de ‘descuento duro’ Lidl y Dia.

Acuerdo con Eroski

El cambio de escenario que suponía el desembarco de estas grandes cadenas, a las que el pasado año se unió el Grupo Mercadona, encendió las alarmas de los responsables de la Cooperativa. Este incremento de la competencia se vio agravado por el hecho de que cada vez resultaba más difícil comprar directamente a los fabricantes, que exigían un volumen de pedidos superior a las necesidades de la cooperativa. Esto obligaba a abastecerse a través de mayoristas, con el consiguiente encarecimiento de los precios.
Para hacer frente a esta situación, la Cooperativa San Sebastián optó por aliarse con el grupo Eroski, con el que firmó en 2002 un acuerdo de franquicia por el que el grupo vasco, que no tiene establecimientos propios en Reinosa, actúa como central de compras de la cooperativa, a la vez que le proporciona asesoramiento comercial y formación para los 33 empleados que integran ya su plantilla.

El único superviviente

La de Reinosa no es la única cooperativa de consumo creada en Cantabria, pero sí la única que ha sobrevivido a los cambios en las costumbres de compra que han arrumbado esas fórmulas de autoabastecimiento en favor de las grandes cadenas comerciales. En nuestra región se fundaron organizaciones similares en Barreda (Solvay), El Astillero, Pontejos y Matamorosa, entre otras, pero todas son historia desde hace tiempo. En España aún existen cooperativas de consumo en Gijón, Aguilar de Campoo, Baracaldo, Lanzarote, Menorca y en algunas localidades navarras. La mayoría han logrado sobrevivir gracias a acuerdos con grandes grupos de distribución y las que no lo han hecho buscan una fórmula similar para asegurar su supervivencia.
La Cooperativa San Sebastián ha alcanzado a lo largo de su medio siglo de historia 3.969 socios, aunque la diáspora de población que se produjo en Reinosa durante los largos años de reconversión industrial ha reducido a poco más de la mitad el número de los que permanecen activos, es decir, que se abastecen con regularidad a través de la cooperativa. Para esos socios existe un ‘descuento de fidelidad’ que abarata sus compras. La Cooperativa está autorizada, según sus estatutos, a vender a no socios hasta el 25% del total de lo que comercializa.
Aunque el impacto de la reciente llegada de Mercadona se ha hecho sentir, la facturación del pasado ejercicio alcanzó los seis millones de euros, apenas un 0,4% menos que las ventas de 2005. Además de sus propias campañas de promoción, los responsables del grupo confían en el éxito de promociones como las que va a poner en marcha Coercan (sorteos de automóviles mediante boletos repartidos en establecimientos asociados) para impulsar el comercio urbano. No obstante, son plenamente conscientes de la creciente dificultad para sobrevivir en un sector marcado por una competencia sin cuartel entre las grandes cadenas.
Aunque entre los socios de primera hora aún queda el poso de la aventura que significó la puesta en marcha de la cooperativa, entre las nuevas generaciones cuenta menos la fidelidad a ese pasado que la calidad de los servicios que debe prestar un supermercado moderno. Algo de lo que es plenamente consciente el presidente de la Cooperativa, Luis García, que formó parte del grupo de fundadores: “La única fórmula para continuar es que la plantilla se conciencie de lo que es esto y trate a los clientes como amigos, porque todo lo demás, promociones y sorteos, ya está inventado”. En cualquier caso, García se muestra optimista sobre el futuro de una cooperativa que dura ya 48 años.

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