Cómo salimos de otras crisis

Boyer, Solchaga y Solbes han recorrido caminos muy distintos, pero a estas alturas comparten una cierta aureola de gurús de la economía, en un país que no reconoce ese estatus a nadie más. Por eso, opinan con independencia, a excepción de Solbes, demasiado reciente en el cargo para hacerlo, porque comparte las responsabilidades de lo que ocurre. Todos ellos apoyan las medidas del actual Gobierno e, incluso, reconocen que los sindicatos “están en su papel” cuando convocan la huelga general. Solchaga, a quien critica es a “la incompetencia de algunas fuerzas políticas al no respaldar las medidas que previamente habían exigido”, en clara alusión al PP.
Para los ex ministros, el problema de España no está en la deuda pública, que es, comparativamente, bastante inferior a la de otros países, sino en la suma de la deuda pública y la privada, y en la incapacidad para hacer frente, a lo largo de las décadas, a varios problemas estructurales: un paro que, tanto en momentos de expansión como en los de crisis, duplica al peor, en este terreno, de los países desarrollados; una productividad insuficiente y una vivienda que nunca parece ajustarse a las necesidades del mercado.
Miguel Boyer ni siquiera tiene mucha confianza en que la reforma del mercado laboral resuelva el problema del paro. “España e Irlanda, los dos países donde más se invirtió en construcción, son también los dos en los que más ha caído el empleo, pero el sistema de contratación irlandés es muy distinto del español, por lo que no es el tipo de contrato el que crea el paro”, dijo. El ex ministro parece más dispuesto a pensar que el desempleo está en función de la actividad y no tanto de los contratos, al recordar que en España el sector servicios tiene un paro del 9%, mientras que en la construcción es del 27%.

Que unos no paguen los despidos de otros

Solchaga es partidario de tomar medidas, pero no es muy contemporizador con algunas de las que estudia el Gobierno: “Es el colmo que se puedan llegar a subvencionar los despidos” (en referencia a la posibilidad de que el empresario sólo pague una parte de la indemnización). “Sería el primer gobierno que subvenciona por contratar y también por despedir”.
Con guante de seda en la expresión pero con una contundencia no menor, Solchaga se alegró de que, finalmente, esa parte del despido que no pagará el empresario no salga de los Presupuestos del Estado. “¿Pero, entonces, de dónde va a salir?”, se preguntó, “porque si se mutualiza entre los empresarios, será lo mismo que ahora, a excepción de que entre todos subvencionarán a los peores”.
Miguel Boyer, fue el hombre que consiguió poner el punto final a la gran crisis originada por la guerra del petróleo de 1973, cuando las economías internacionales entraron en una crisis profundísima y la ausencia de una coordinación internacional hizo que cada país adoptase una política de sálvese quien pueda, lo que acabó por complicar mucho más las cosas.
Entonces, como ahora, España no supo reaccionar con rapidez, porque en esos últimos años del franquismo los gobiernos se habían debilitado y había temor a tomar medidas impopulares. Se optó por una solución paternalista: las grandes empresas en dificultades fueron nacionalizadas y la patata caliente de las reformas pasó a los primeros gobiernos de la Democracia que, por no hacer aún más difícil la Transición, optaron también por demorar las medidas drásticas que era imprescindible adoptar para mejorar la productividad del país.
La llegada de un gobierno socialista a comienzos de los 80 era vista con un extraordinario recelo, puesto que prácticamente no había habido precedentes en la historia española, pero fue el PSOE el que acabó por hacer la reconversión industrial, para lo que no dudó en enfrentarse a los sindicatos. Boyer también aprovechó el tirón para acabar con algunas rémoras del pasado, como la que bloqueaba los alquileres de viviendas, sobre todo las famosas casas de renta antigua.
Para comparar aquella crisis con la actual, Boyer dio dos datos: Entre 1973 y 1984, estuvo cayendo el empleo año tras año y en seis de esos ejercicios disminuyó también la inversión.
A Solchaga le tocó otra crisis con menos nombre, porque fue eminentemente cambiaria, pero con efectos muy serios, la de 1993, cuando, con motivo de la unificación de Alemania, se produjo un fortísimo aumento del déficit público germano y una subida de los tipos de interés. “A nosotros nos pilló en un momento de especial euforia. Las familias, cuyo endeudamiento tradicional no superaba el 50% del PIB, habían pasado a endeudarse por encima del 100%, al encontrarse con unos tipos tan bajos como ya no se recordaba y, en ese momento, como al resto de los países, no nos quedó más remedio que subirlos. Como con todo lo que ocurre en Europa, se buscó la solución más complicada posible y, lo que se hubiese arreglado con una revaluación del marco, acabó por forzarnos a todos los demás a devaluar.”
De aquella crisis salió algo bueno, el convencimiento de que había que crear una moneda única con la que reforzar los ambiguos compromisos cambiarios entre los países, que tan poco resultado había dado. Ahora, en su opinión, se vuelve a producir un escenario semejante, con dos opciones: o dejar caer el euro, o reforzarlo con una política fiscal mucho más armonizada y una mayor regulación de los déficits. “Y yo creo que eso es lo que se hará, aunque el nivel de los líderes hoy no sea el que las circunstancias históricas requieren”. El ex ministro se negó a precisar a quiénes se refería, aunque está claro que no ve a ninguno de ellos comparables con el trío Felipe González-Kohl-Miterrand.
De la crisis actual se saldrá, según Solchaga, con reformas profundas, como fueron necesarias para salir de las anteriores. El ex ministro criticó, como Boyer o Solbes, que se considere un problema el nivel de la deuda pública española (cuando es inferior a la de muchos otros países europeos) “y resulta manejable”, según Solbes. El problema, en cambio es el déficit, “y el esfuerzo que se propone el Gobierno para reducirlo es de caballo”, aseguró.
“Es cierto que la capacidad de crecimiento económico que demuestra España es, por el momento, poco brillante, pero tampoco la del resto de Europa lo es más”, señaló. “Hay pocos motivos para ser optimista”, dijo, pero dejó sentado que “para los que se dedican a la política, es delito de lesa patria el ser pesimista”.
Pedro Solbes cogió la economía española en una época de euforia desbordada, pero con unas actitudes colectivas preocupantes: Entre 1996 y 2005, como había reflejado gráficamente Solchaga “nos ponían la hipoteca como el hada maligna presentaba la manzana envenenada: que no la puedes pagar porque las cuotas son muy altas, te la extendemos a cuarenta años; que no puedes comprar si te concedo el 70% del valor de la casa porque no tienes nada ahorrado, ningún problema porque te doy el 100%…”
Con los tipos al 3%, a veces por debajo de la inflación, era demasiado tentador endeudarse. Hoy cuesta imaginarlo, pero en esos momentos, el superávit del sector público invitó al propio Gobierno a devolver una parte de ese exceso de recaudación a los contribuyentes, algo de lo que Solbes no parece muy arrepentido, porque lo considero una innovación “interesante”.
El ex ministro de Felipe González y de Rodríguez Zapatero no obstante, sostiene que desde 2004 ya se sintió una “obsesión” por cambiar el modelo de desarrollo español, para evitar que estuviese tan vinculado a la construcción e, incluso, a la obra pública y no sólo por los riesgos que planteaba una concentración semejante de riesgos, sino por su convencimiento de que tenían una productividad menor de lo que se suele suponer: “Es discutible la productividad real de la inversión en vivienda, sobre todo cuando se trata de la segunda vivienda, pero también lo es la de algunas obras públicas, y con la llegada de los fondos europeos, quizás bajamos un poco la guardia a la hora de controlarlo”, reconoció Solbes.
El ex ministro aseguró que la situación de partida de España frente a la crisis era razonablemente buena, con un sistema financiero que no parecía tocado por la crisis, dado que no se habían metido en el negocio de los derivados. No obstante, un año más tarde, con la quiebra de Lehman Brothers la impresión fue muy distinta: “Allí se puso de manifiesto que no era una parte del sistema financiero la que estaba dañada, sino que probablemente era el sistema mismo”. Ahora ya sabemos que era así.

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