En la cima

El índice del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sintetiza el nivel de logro de los países en torno a tres dimensiones: salud, educación e ingresos. Su utilización implica reconocer que, dada la inexistencia de un vínculo automático entre crecimiento económico y desarrollo humano, la verdadera medida del éxito de una sociedad debe centrarse en cómo los logros económicos se traducen en beneficios y oportunidades concretas para las personas.
Los indicadores de desarollo humano de la ONU son muy reconfortantes para España, que a pesar de sus problemas se ha convertido en uno de los países donde la mayoría de los ciudadanos del mundo querrían vivir. Puede que eso explique el aluvión de inmigrantes que se ha producido en los últimos diez años y su olfato a la hora de elegir la región de destino, puesto que el desarrollo no es homogéneo, aunque la mayoría de las comunidades españolas tiene un nivel de desarrollo humano, medido en los términos de la ONU, superior al promedio de Estados Unidos.
Es posible, no obstante, que el sistema de estimación de las Naciones Unidas haya quedado algo atrasado, al menos cuando se aplica a los países desarrollados, porque el porcentaje de alumnos universitarios ya hace algún tiempo que tocó techo en algunos de ellos y está en retroceso. Eso beneficiaría la muy elevada posición de España en el ranking, ya que en el país aún no se ha producido ese rebote, y el tener muchos estudiantes universitarios puede que, más que un motivo de orgullo sea un problema del sistema educativo nacional. Más dudoso aún es que se valore la tasa de matriculados y no la de quienes acaban los estudios, lo que no tiene en cuenta el elevado fracaso escolar de nuestro país. Algo parecido ocurre con la esperanza de vida, que aunque sea un factor obvio de calidad, esconde otro problema. En España las regiones con más esperanza de vida son también las más envejecidas, como Cantabria, y ese es un factor limitativo del desarrollo futuro.
El índice, en cualquier caso, da cuenta del nivel de capacidades humanas acumuladas en el tiempo y está pensado para medir la evolución del desarrollo en períodos largos de tiempo más que para calcular las variaciones coyunturales de los países.

El espectacular salto español de la democracia

El informe sobre Desarrollo Humano referido a España ha sido realizado por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas y Bancaja y compara la evolución de las regiones españolas desde 1980, un periodo de tiempo lo suficientemente largo. En este periodo España ha escalado nada menos que doce puestos en el ranking internacional hasta ocupar el lugar número quince entre los más de doscientos países del Globo. Un ranking que está encabezado por Noruega, Australia, Islandia y Canadá y en el que nuestro país quedaría incrustado ahora entre Estados Unidos y Dinamarca, algo por encima de Bélgica, Italia y Nueva Zelanda y mirando ya con una cierta superioridad a Alemania o al Reino Unido, lo que no deja de sorprender.
Más llamativo aún es que, si se comparan los índices particulares de las regiones españolas, el desarrollo humano del País Vasco, de Madrid o de Navarra estaría por encima del que tiene Noruega, el primer país de la tabla mundial, y de no estar el promedio español penalizado por los índices de Extremadura, Andalucía, Murcia y Canarias –las comunidades menos desarrolladas del país– España estaría entre las diez naciones más desarrolladas del mundo, a la altura de Suiza o de Japón.
En realidad, el salto espectacular que se ha producido desde 1980 no ha dejado rezagadas a las regiones menos ricas del país, sino que, por el contrario, ha reducido las distancias. Lo que ocurre es que las diferencias en el punto de partida era abismales y aunque estas distancias se hayan recortado a la mitad, son todavía muy significativas.

A la altura de Suecia

En el índice de desarrollo humano, Cantabria es la sexta comunidad del país y ubicada en el ranking internacional ocuparía un puesto entre los diez primeros países del mundo, exactamente en el lugar número ocho, entre Suecia y Francia, bastante por encima de la mayoría de las naciones europeas, de todas los americanas (a excepción de Canadá) y de todas las asiáticas y africanas.
Alcanza una posición tan privilegiada gracias a su esperanza de vida y a los índices de educación y sanidad. En cambio, le penalizan unos ingresos inferiores a los que disfrutan la mayoría de los países que se encuentran a su altura, pero, como ya se indicó, lo que vale para determinar el desarrollo real es el conjunto de todos los factores y no uno solo.

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