Inventario
El grifo se cierra
A finales de los 80 los tiburones financieros cerraban sus mandíbulas sobre todo lo que se movía. Ahora quienes lo compran todo son los fondos de capital riesgo, las sociedades más anónimas del mundo, porque ni siquiera los ahorradores cuyo dinero manejan estos fondos saben lo que poseen. De la noche a la mañana, muchas de las grandes empresas del mundo han sido devoradas por estas estructuras financieras que usan nombres latinos (seguramente para quitarle hierro al asunto) o una sigla de tres letras.
Es fácil entender cómo ha sido posible que este tipo de sociedades surgidas de la nada se hayan convertido en el paradigma del capitalismo, devorando a auténticos gigantes uno tras otro: el dinero barato y abundante. La misma razón por la que algunas compañías españolas han salido de compras en el exterior como nunca antes lo hicieron. En estos últimos años ha resultado tan barato endeudarse que, a poco rentable que fuese la presa, la operación estaba garantizada, incluso aunque las entidades financiadoras la considerasen de alto riesgo, porque en ese caso bastaba con pagar entre 8 y 14 puntos por encima del euríbor para despejar las dudas del financiador.
Pero no sólo era rentable para estos cazadores profesionales. También para las grandes empresas de toda la vida, que se veían más impelidas a comprar que a gestionar su negocio tradicional, aunque se disparase su endeudamiento, porque eran conscientes de que la Bolsa premia a los que se mueven y crecer se ha convertido en la primera obligación de un gestor, a veces por una cuestión de supervivencia: En estos tiempos tan movidos, o comes a otros o los otros te comen a ti. Los valores que peor se han comportado han sido aquellos cuyos gestores se han mostrado más conservadores.
De cada tres euros que se han pagado en el último año por transacciones realizadas en España, dos eran conseguidos a través de endeudamiento. Con un dinero tan accesible, quién podía resistirse.
Pero esa época se está acabando. Los bancos acaban de endurecer los costes para este tipo de operaciones y eso va a resultar demoledor para muchas de las que estaban en curso. Todas las fusiones y adquisiciones que se encontraban sobre la mesa deben ser recalculadas, porque la mayoría están diseñadas con un apalancamiento financiero muy alto, de forma que las expectativas de rentabilizar las compras han empeorado. Las ofertas increíbles que dejaban caer estos fondos por empresas que nadie creía tan valiosas se esfumarán con la misma rapidez que vinieron. Los peces chicos, que de repente devoraban ballenas, ahora no encontrarán el dinero tan fácilmente y los propietarios de estas ballenas que decidieron tirar la toalla y abrir los oídos a las seductoras ofertas es muy probable que ya no encuentren tan jugosas razones para marcharse a casa con una fortuna en el bolsillo.
El que haya concluido esta economía de casino donde las sociedades de capital riesgo compraban a precios muy altos para revender, después, a precios aún más caros, es el fin de una burbuja tan importante como la inmobiliaria, aunque menos manoseada. Basta saber que el pasado año estos fondos tuvieron una rentabilidad media en Europa del 36,7% para tomar conciencia de hasta qué punto lo realmente saneado no es crear empresas, sino comprarlas y venderlas con el dinero de otros.
El cierre de este grifo financiero que parecía inagotable –si algo ha sobrado en el mercado hasta ahora era dinero– le dará una cierta racionalidad a los negocios tradicionales. Dejaremos de ver situaciones como las que se han dado en pujas por grandes industrias en las que ninguno de los oferentes ha tenido relación alguna con el negocio ni podía aportar sinergias, mientras que industrias del sector que sí las podían propiciar quedaban relegadas, incapaces de pagar cantidades semejantes. Ahora será su oportunidad, aunque eso sí, van a bajar los precios para todos.
La casa por la ventana
España tira la casa por la ventana y algunas comunidades más. El patrón del Alinghi ha conseguido que la Comunidad Valenciana y el Estado le paguen a medias los algo más de 100 millones de euros que ha reclamado por volver a celebrar la Copa América en Valencia. A su vez, el no menos espabilado Ecclestone, propietario de la Fórmula 1, ha encontrado en Valencia quien le pague los 26 millones de euros que cobra por la celebración de un Gran Premio.
A la Generalitat Valenciana le ha debido parecer todo ello una menudencia, porque ha accedido a otras pretensiones. Por ejemplo, aunque construyó el circuito Ricardo Tormo para estos efectos, ha aceptado que no se celebre allí, sino en las calles de la capital, lo que supondrá otro pequeño añadido de 70 millones de euros para construir un circuito urbano. En esto no hay problema, porque ya se sabe que basta con hacer algunas recalificaciones de terrenos en su perímetro para que el dinero fluya literalmente de las piedras.
Para completar la factura del evento, el señor Ecclestone obliga a comprar en el “paquete” tres años de la Fórmula 2, también de su propiedad, a tres millones de euros por carrera. Como alguna utilidad hay que darle, esas sí que se celebrarán en el circuito Ricardo Tormo, pero a tenor del escasísimo tirón que tiene esta categoría en el resto de Europa, el Gobierno regional ya ha anticipado un capítulo más, para las pérdidas que origine.
Que nadie diga que la Generalitat valenciana, tan quejosa de la cicatería de Madrid es una derrochona y no hace economías. Por ejemplo, decidió suprimir, sin previo aviso y sin comunicárselo a nadie la Bienal de Valencia, cuya primera edición se celebró en 2005 y que aspiraba a ser el mayor evento de las artes del Mediterráneo, superando a la de Venecia. Quizá porque la última edición costó algo más de tres millones y medio de euros y sus ingresos fueron de unos modestísimos 16.000 euros, cantidad que ni siquiera sirvió para pagar los folletos de mano.
La mayor decepción, no obstante, fue la escasa trascendencia del acontecimiento, tanto que la Generalitat optó por despedir al director, Luigi Settembrini, y acabar con el asunto. Pero no siempre es fácil desembarazarse de los problemas y los jueces acaban de estimar la demanda del italiano, al que habrá que pagar más de un millón de euros por cancelar su contrato. Una minucia en las cuentas del gran capitán que manejan nuestras siempre agraviadas autonomías.
¿Quién dirige nuestras vidas?
Los ateos tienen cada vez más difícil establecer la cúpula de las jerarquías que rigen sus vidas. Para los creyentes, al menos hay algo seguro, que por encima de todos los gerifaltes humanos que manejan su existencia está dios, el que sea, según sus convicciones. Con respecto a las demás líneas de mando, todos son dudas: ¿De quién es realmente mi empresa? ¿Dependo de mi jefe o de los jefes de mi jefe? y éstos, ¿de quién? ¿Me afecta de verdad lo que digan o hagan las autoridades?
Seguro que a cada una de estas preguntas se podría dar una respuesta teórica, pero todas serían muy poco convincentes. Muchas empresas han pasado a manos de fondos de inversión o de capital riesgo y sus teóricos propietarios (los que han invertido en esos fondos) ni siquiera saben en qué compañías participan, porque los gestores de estos fondos no se toman la molestia de explicárselo. Por lo tanto, la propiedad de estas compañías se ha hecho tan anónima e intangible como la de una caja de ahorros. Pero también en las empresas convencionales cada vez es más difícil saber dónde acaba la cadena de mando, excepto en las familiares, donde el patrón suele ser próximo y perfectamente reconocible.
Pero lo que ya resultaría bizantino es decidir si estamos más afectados por las normas que dicta el municipio, la autonomía o el Gobierno del país.
De todo ello se deduce que vivimos en una nebulosa de poder, que se ha desdibujado y desparramado lo suficiente para no resultar asfixiante, como en otras épocas, pero que no por eso deja de tener menor eficacia.
De ahí nuestra confusión. Sabemos que el sistema de jerarquías acaba en la ONU, pero no nos creemos que la ONU decida absolutamente nada sobre nuestras vidas particulares. Y, en realidad, no sabemos quién nos hace levantarnos cada día para ir al trabajo, quien nos fuerza a hacer horas extra o quien se ha cepillado nuestras vacaciones, y no por motivos meteorológicos. Pero existir, existe. Se llama Trichet, Jean Claude, y tiene tan mala idea que cada mes nos pone a prueba un poco más, armado con una especie de torno de Inquisición conocido como tipos de interés. Décima a décima, recorta la nómina de la mayoría de los europeos, hipotecados hasta las cejas (sobre todo, de los españoles) en un goteo torturante. Trichet ya sabe que ha puesto con el agua al cuello a la mayoría y conoce, claro está, que la crisis inmobiliaria estadounidense se contagia mucho más rápido que la gripe aviar, pero no cede. Sólo le importa evitar la inflación. ¿Pero qué inflación, la de quién y por qué va a ser más importante evitar que los precios suban un punto a la posibilidad de disipar la amenaza de una debacle financiera? El lo sabrá, pero ya nos ha prevenido de que dará otro cuarto de vuelta al torniquete del garrote hipotecario que decora el cuello de la mayoría de las familias. Ese sí que es el que manda sobre nuestras vidas y quien decide lo que no vamos a hacer. Le basta con secarnos el bolsillo.