Horno San José cumple cien años

Que una empresa familiar sobreviva durante tres generaciones es un desafío a la estadística. Que alcance los cien años de vida en manos de los descendientes de los fundadores es un caso extraordinario de longevidad del que muy pocos pueden presumir aunque, curiosamente, casi todos están vinculados a la alimentación.
La más reciente en sumarse a ese restringidísimo club centenario es Horno San José, una empresa torrelaveguense que comenzó su historia en una pequeña panadería y que, transformada ahora en una de las más importantes distribuidoras de la región, ha sido la matriz de la que han surgido compañías como Froxá o la Corporación Láctea del Norte (Fromax).
En la larga etapa cubierta, Horno San José ha sido testigo de la evolución del sector que le vio nacer, el de la panificación, donde jugó un papel muy relevante, hasta el punto de que llegó a ser la fábrica de pan más importante de Cantabria. Eso forma parte ya de la historia, aunque la firma torrelaveguense continúa estando presente en los hábitos de compra de muchos cántabros con productos como el chocolate o el café, cuyos coloridos envases han quedado grabados en la memoria de varias generaciones de consumidores. Su actividad como fabricante se complementa con la distribución de bebidas y productos ajenos de alimentación, más desconocida aunque la lleva desarrollando desde los años cincuenta.

La expansión de una pequeña panadería

Que lo que comenzó como una modesta tahona acabara por abastecer de pan a toda la comarca dice mucho del empuje y la determinación de quienes crearon Horno San José, el matrimonio formado por Manuel Fernández y Aquilina Gutiérrez, que en 1900 abrieron su pequeño negocio en Torrelavega. La capacidad de penetración de un producto, tan básico como mal distribuido en aquella época, era tan grande para alguien con iniciativa que en pocos años Manuel y Aquilina habían creado varios puntos de venta de pan en Torrelavega y sus alrededores. La prematura muerte de su marido, dejó a Aquilina sola al frente del negocio y con la imperiosa necesidad de sacar adelante a su extensa familia, ya que el matrimonio tuvo nada menos que quince hijos.
Superados los avatares de la Guerra Civil, Aquilina Gutiérrez continuó impulsando la expansión de la panadería con tanto acierto que acabó convirtiéndose en la más importante de Cantabria. Con las rudimentarias máquinas de amasar de la época, en Horno San José se llegaron a hacer cinco mil kilos de pan diarios. Los formatos eran muy diferentes a los actuales, con panes de dos y tres kilos que se distribuían por los pueblos en carros, hasta que, avanzada la década de los cincuenta, empezaron a repartir con furgonetas. Para entonces, Horno San José se había aventurado ya en otros campos que, con el tiempo, han pasado a formar parte de sus señas de identidad. A finales de los años cuarenta comenzó la elaboración de chocolate a la taza, un producto que desde entonces ha permanecido estrechamente vinculado a la marca, al igual que la tostación de café, que se inició más tarde con la vista puesta en la hostelería.
Lo que no ha sobrevivido es el negocio que dio origen a esta firma alimentaria. La irrupción de las masas congeladas y la mayor facilidad para la distribución del pan, antes tan compleja, han acabado por hacer inviable la supervivencia de las pequeñas tahonas como la que hasta el pasado año aún mantenía Horno San José, más por razones sentimentales que prácticas.

El inicio de los congelados

Con la llegada de la segunda generación al negocio, tras la muerte de Aquilina, en 1957, Horno San José comenzó a explorar nuevos campos de actividad. La distribución a los puntos de venta con que ya contaba le permitía expandirse comercialmente sin necesidad de crear un soporte industrial, aunque la llegada a ese sector se hizo de la mano de las pastas, otro producto de fabricación propia. El hueco que la firma torrelaveguense había logrado crear en Cantabria para la sémola, macarrones y otras pastas que comenzó a fabricar en una etapa en la que todavía se comercializaban a granel, despertó el interés de un fabricante nacional, Gallo, con el que llegó a un acuerdo para venderle su maquinaria, renunciar a la fabricación y convertirse en su distribuidor regional. A esta experiencia no tardó en sumarse otro producto novedoso para la época pero al que ya se adivinaba un gran porvenir, los congelados. Un acuerdo con otra de las grandes marcas nacionales de este sector, Avidesa, convirtió a Horno San José en distribuidor oficial de sus productos en Cantabria.
Aunque continuaba elaborando café y chocolate, la firma torrelaveguense había descubierto un camino muy sugestivo en la distribución de otras marcas y a su cartera comercial se fueron incorporando productos de primeros fabricantes nacionales, como Gallina Blanca, Conservas Miau, Fontaneda o Pernod Ricard, hasta el punto que esta actividad representa hoy las dos terceras partes de la facturación de Horno San José, que el pasado año alcanzó los seis millones de euros.

Un semillero de empresas

Los años ochenta marcaron el fin de una etapa en Horno San José, cuando se quebró la unidad familiar en la gestión de la empresa y se llegó al acuerdo de dividir entre los hermanos las diferentes líneas de negocio. La firma histórica continuaría con los cafés, chocolates y cacaos, además de la distribución de casi toda la cartera de productos, pero de ella se desgajaban la línea de congelados y la de piensos para animales, que dieron lugar a nuevas empresas. La suerte que corrieron ambas fue dispar pues mientras la de congelados fue el germen de lo que es hoy Froxá y supo aprovechar el auge imparable de este producto, la distribuidora de piensos Purina, que también partía con grandes expectativas, se vio frustrada por la temprana muerte de su titular, Manuel Fernández y la disminución de la cabaña ganadera, por lo que el negocio fue, finalmente, vendido por sus descendientes.
Todas las actividades ligadas a la distribución se han desarrollado en los terrenos de Santiago de Cartes –comprados en tiempos de la fundadora, Aquilina Gutiérrez– donde todavía hoy se encuentran las instalaciones de Froxá y la nave de almacenamiento de Horno San José.
Lo que nunca ha cambiado en estos cien años es la ubicación de la sede de la empresa, que se mantiene en una calle tan vinculada a la historia familiar que los descendientes de Aquilina han propuesto al Ayuntamiento torrelaveguense que se cambie su actual nombre (Ramón y Cajal) por el de su fundadora.

Potenciar la marca

Aunque la distribución representa desde hace años el grueso del negocio de Horno San José, los gestores actuales no quieren perder sus señas de identidad. Para ello se plantean potenciar la marca propia con elaboración de nuevos productos o recurriendo a otros fabricantes para darle mayor proyección comercial sin tener que realizar nuevas inversiones. Un objetivo coherente con la importancia que supone contar con una marca que, a lo largo de sus cien años de vida, ha formado parte de la cesta de la compra de varias generaciones de consumidores torrelaveguenses y de los cántabros en general.
Jesús Polvorinos

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