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La línea tierra-mar

Muchas veces, por resolver un problema se crean dos y el Puerto de Santander parece decidido a crear tres. Curiosamente, sin la más mínima polémica, se está levantando una gigantesca estructura para la terminal de carbón que teóricamente responde a un anhelo histórico de los vecinos del Barrio Castilla Hermida, que han tragado todo el polvo del mundo los días de viento sur. Es evidente que había que resolver ese problema, que hubiese estado resuelto muchos años atrás si el polvo hubiese afectado al Paseo de Pereda o Castelar. Pero, a cambio, ahora van a tener un descomunal vecino. Una nave desorbitada que va a cambiar el perfil del puerto y la línea tierra-mar que tanto defendió el actual consejero de Industria mientras estuvo al frente de la Autoridad Portuaria. Ellos y todos los santanderinos, porque el fondo sur de la Bahía, o lo que quede visible, ya nunca será igual.
Son cosas del progreso, dirán muchos, pero con esa justificación tan conformista Santillana del Mar tendría hoy unos hermosos edificios de cuatro plantas, como algunos pueblos de los alrededores, en lugar de casas medievales y nadie mostraría el más mínimo interés por visitarlo. Cuando se estipuló a finales de los años 50 su preservación sin concesiones, muchos vecinos no pudieron comprender que se limitase su derecho al progreso en forma de nuevas fachadas o tejados. Hoy sabemos que quien así lo estableció nos hizo un favor a todos, a ellos incluidos.
Las macronaves del puerto (se va a hacer otra más) van a dar un mordisco sustancial a la fachada marítima de Santander y, por su gigantismo, van a crear una incómoda sensación en cualquiera que valore el paisaje de la capital. Y es que una nave de 46 metros de altura no es escamoteable ni puede pasar desapercibida.
En esta sociedad todo acaba por resultar justificable si aporta más de lo que quita, pero en este caso es dudoso que esa cuenta resulte favorable, especialmente en el caso de la nave del carbón, un tráfico que otros puertos han desechado y que tiene un componente coyuntural muy alto, dado que su utilización depende de los precios del petróleo y de un censo de clientes muy pequeño (menos de media docena) que un buen día pueden decidir que les resulta más rentable vender los derechos de emisión de CO2 que les han asignado en el Plan Kioto y utilizar gas natural o, simplemente, cerrar, porque las plantas de energía alimentadas con carbón suelen ser las más antiguas del sistema eléctrico español.
Vamos a cambiar la contaminación de partículas por la contaminación visual, lo que no resulta un gran negocio, porque Santander tiene que preservar la imagen más que ningún otro lugar, a falta de otros elementos de convicción para atraer a los compradores de viviendas (nuestra primera industria actualmente, con mucha diferencia) e incluso a los inversores fabriles que, cada vez más, eligen los emplazamientos pensando en lugares de alta calidad de vida.
Puede resultar paradójico que esta revista sea crítica ante una inversión y mucho más cuando nadie parece haber reparado en tan desmesurado mamotreto, lo cual no deja de resultar llamativo porque la vieja Lonja, de dimensiones muchísimo más modestas, hizo correr auténticos ríos de tinta y enfatizaciones para todos los gustos. Primero, a favor de su derribo y, una vez que la Autoridad Portuaria accedió a ello, en contra, lo que indica bien a las claras sobre los riegos que tiene dejarse llevar por la opinión publicada, a veces tan dirigida que, como ocurría con el burro y los viajeros del cuento clásico, siempre se manifestará en contra de la decisión que se tome, sea cual sea. Quizá sea esta una opinión a contracorriente pero es la de quien cree que los problemas mejor resueltos son los que se evitan y las terminales, cuando estén concluidas, menoscabarán muy seriamente la imagen de la ciudad.
Cantabria ha paralizado durante cuatro años las licencias de parques de aerogeneradores por motivos exclusivamente estéticos, hasta tomar una decisión sobre los lugares donde causarán menos efectos y el paisaje de la Bahía no es menos valioso que el de cualquiera de los montes presuntamente afectados y lo disfruta mucha más gente.
El sentido común y la previsión son valores económicos en sí mismos. Tras fracasar la invasión de Cuba en Bahía Cochinos, Kennedy se preguntaba cómo medio centenar de los más reputados expertos en estrategia militar pudieron convencerle para llevar a cabo un plan que sólo 48 horas después parecía tan estúpido. A partir de aquel momento decidió rodearse de personas que simplemente hubiesen demostrado sentido común. Que Sniace no haya sido autorizada para hacer la planta de generación eléctrica de 800 MW en Torrelavega ahora parece de sentido común, incluso para quienes hace unos meses defendían el emplazamiento frente a la obcecación de los vecinos, que no eran capaces de comprender que, en el fondo, se les hacía un favor, por los puestos de trabajo que iba a deparar.
Sniace tendrá que hacer su planta en otro sitio, lo cual será bueno para todos, y el Puerto de Santander, que no puede crecer indefinidamente porque no tiene espacio para ello, quizá debiera plantearse seleccionar los tráficos y quedarse con los de más futuro, algo que no tiene el carbón, por muchos defensores que le salgan.

La catarsis del fútbol

La auténtica catarsis del mundo es el fútbol. Lo acaba de demostrar el Mundial de Alemania. Durante algo más de un mes, los españoles se han preocupado algo menos del terrorismo y de los estatutos de autonomía que de su selección. Los franceses se han sentido orgullosos de los muchachos de barriadas inmigrantes que defienden sus camisetas, en una integración social que nunca hubiesen podido conseguir las medidas de Sarkozy. Los norteamericanos han tratado a su selección como si fuesen marines en campo hostil –todavía no han entendido bien esto del fútbol– y la Vieja Europa se ha reivindicado ante Rumsfeld, al copar los puestos de semifinalistas y finalistas, algo que no había ocurrido nunca. Incluso Africa ha encontrado la forma de que durante unos días los periódicos hablen de ella sin que sea para relatar alguna catástrofe. Por un mes, el mundo ha sido algo distinto, más festivo, más cercano y más igual. Y lo ha conseguido algo tan simple como el fútbol.
Es cierto que ha habido damnificados, pero los daños son menores: el orgullo futbolístico de aquellos países que creyeron que podrían ganar sin bajarse del autobús y el de un puñado de entrenadores. No más.
Grecia consiguió alterar el ritmo de las guerras con los juegos olímpicos. Roma comprobó que el circo era una terapia extraordinaria para calmar a las masas y el mundo moderno ha descubierto que el deporte a escala planetaria es la auténtica globalización. Las reglas para perseguir a una simple pelota es, probablemente, lo único en lo que más de doscientos países pueden estar perfectamente de acuerdo, y lo único que puede superar las diferencias de culturas, de religiones y de rivalidades políticas.
El mundo se ha parado a la hora de los partidos principales y eso no parece preocupar a nadie. Las calles recuperaban el sosiego. Ejecutivos y currantes se sentían cómplices, víctimas de la misma emoción y cualquier estúpido atavío de hincha era saludado con una sonrisa complaciente y una entrevista televisiva. Ha sido el triunfo de la banalidad, de la distensión y la única vía de escape de la irracionalidad que hoy nos es permitida. Es el fútbol y, además, es un negocio. Poco importa que en Italia se haya descubierto que el jefe de la Juventus controlaba a los árbitros, a algunos rivales e, incluso, los programas de moviola de TV. El país pudo hacer su propia catarsis en el Mundial. Ahora, ya puede empezar su Liga como si nada hubiese pasado, aunque se hayan ido al pozo de las divisiones inferiores los equipos de más relumbrón. El fútbol se ha salvado. Como se ha salvado el Tour aunque los mejores se hayan tenido que quedar en casa, por tramposos y el mismo vencedor haya sido desposeído. Todos aquellos que se sintieron engañados y prometieron airadamente no volver a los campos, no sentarse de nuevo ante el televisor, volverán a la obediencia, aunque sea para emocionarse con otros ciclistas o con otros futbolistas. El espectáculo no se acaba, porque es mucho más sólido que algunas catedrales. Es como salir al campo y henchir los pulmones de aire puro. Es la carga de energía que permite sobrevivir a una sociedad neurótica.

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