CRISTINA GUTIERREZ-CORTINES, eurodiputada del PP:

PREGUNTA.– Usted es una buena conocedora del patrimonio cultural y natural de la región. Cuando vuelve cada año a Cantabria, ¿le asalta el temor de encontrarse con otro trozo de costa desaparecida u otra mies colonizada por los adosados?
CRISTINA GUTIERREZ–CORTINES.- El crecimiento cántabro ha sido espontáneo, como el de otros muchos sitios en España y se toman decisiones fragmentarias que no coinciden con los intereses del patrimonio y que tampoco coinciden con los intereses del turismo y los del desarrollo duradero. El problema no está en que se construya sino en cómo se hace y en lo que le cuesta a la Administración española establecer estrategias de ordenación del territorio con criterios de conservación, que son perfectamente compatibles con el desarrollo. Aquellas regiones que han hecho un planeamiento a largo plazo, con estrategias bien pensadas y coordinadas, siempre han tenido buenos resultados y rentables. El patrimonio anterior se ha revalorizado y ha admitido en su seno la convivencia con lo nuevo, pero hay que reconocer que han sido pocas.

P.- ¿No se atreve a opinar sobre Cantabria?
C. G–C.– En el caso de Cantabria ha habido intentos, pero aún no se ha llegado a eso. Yo creo que el Plan de Ordenación del Litoral lo pretendía. Era un camino abierto y espero que el nuevo Gobierno lo continúe. Hay que tener en cuenta que hace falta mucho liderazgo para conseguirlo. La ordenación del territorio es el principal problema de Cantabria. Hay que buscar un equilibrio económico y potenciar todos los rincones de la región, porque sin el soporte del desarrollo, el patrimonio no puede subsistir.
Saturación de Santander

P.- La Unesco acaba de amonestar a las autoridades castellanas por construir junto a la muralla de Avila unos edificios de viviendas diseñados por Moneo. Santander no es patrimonio de la Humanidad, pero ¿seríamos merecedores de una reprobación semejante si hacemos la macrosede del Gobierno en Puertochico?
C. G–C.– El problema de Santander no es el edificio de Moneo sino el que ha llegado a la máxima saturación del área metropolitana. Uno de los principales problemas que tiene Cantabria es que, por razones estructurales y de cambio del sistema económico, se ha producido un vaciamiento de las zonas altas en beneficio del crecimiento metropolitano de Santander, que no se corresponde al crecimiento demográfico. Y la capital está saturada.
¿Cuál es la capacidad de carga de construcciones de Santander? Esa sería la pregunta. Hay zonas de Santander sobre las que la carga es terrible. Basta mirar desde la Bahía, cuando se viaja en la lancha de Pedreña. Una renovación arquitectónica a veces puede permitir sustituir unos volúmenes por otros. Tampoco una ciudad se puede quedar congelada.
El problema número uno de Cantabria es la vertebración territorial y el transporte interior, que no permite que la gente viva en las zonas altas y tenga acceso a los servicios y al nivel de vida de la metrópoli.

P.- ¿Quiere decir que toda la vida hemos suspirado por las autovías de conectarnos con el exterior y no tenemos resuelto el transporte interior?
C. G–C.– No es cuestión de autovías, ni de las carreteras interiores. Tenemos buenas carreteras regionales. El problema es de equilibrio de comarcas. Que cada comarca ofrezca los servicios y las oportunidades y esté suficientemente bien comunicada para las personas, no solo para los coches, como para que todo ese potencial económico y todo ese patrimonio pueda entrar en el mercado. Cantabria tiene que ir a las comarcas. Ya ha habido un esfuerzo de los anteriores gobiernos para potenciar las comarcas pero es difícil porque la tendencia de los municipios es a ser cada vez más autónomos y a las fuerzas políticas les cuesta renunciar a su poder para hacer proyectos comarcales. La comarcalización es un modelo de gestión. Muchísimos problemas se pueden resolver en las comarcas: los servicios sanitarios, los educativos, medio ambiente… Esos servicios, o se prestan a nivel comarcal o el municipio no los puede prestar.
Hay una tradición, por otra parte, que habría que aprovechar, de prestigio de las zonas rurales. El prestigio que tienen lugares como Castro Urdiales, Reinosa, Comillas y, en general, todas las zonas rurales hay que mantenerlo y apoyarlo dotando los servicios necesarios para que la gente pueda trabajar y permanecer en esos lugares.
Con el cambio de estructura ganadera ha habido una concentración y una gran cantidad de mujeres del campo se han quedado en el paro. ¿Cómo van a acudir a trabajar a otro lugar? Hay un gran paro encubierto y una falta de accesibilidad de los jóvenes de 14 a 20 años a la formación debido a que no están cerca de donde se proporcionan esos servicios. Hay que potenciar el concepto de proximidad de los servicios.

“Los pueblos se vulgarizan”

P.- ¿Usted no tiene la sensación de que esa idea tiene muchas interpretaciones y que cuando algunos alcaldes piensan en servicios para su pueblo están pensando en reproducir a pequeña escala el modelo de la ciudad, con edificios de tres plantas, calles asfaltadas y mucho cemento?
C. G–C.- En los cursos de patrimonio que dirijo siempre ha observado que uno de los retos que debe abordar Cantabria es construir su propia identidad a partir del concepto de municipio rural. Compatibilizar el crecimiento con la pervivencia del concepto rural, del contacto con la tierra y con lo verde omnipresente, y no estos crecimientos en corola de los pueblos que estamos haciendo, a modo de huevo frito, que hacen que los pueblos pierdan su identidad y se parezcan todos entre sí. Estamos en un proceso de vulgarización y desvirtuación de nuestros núcleos. Lo estamos viendo en Cubas, donde vivo. Han vulgarizado un núcleo que tenía mucha personalidad. Y tenemos el caso de Mortera, de Villaverde de Pontones… Cantabria debe ser capaz de definir cuáles son los valores esenciales del municipio rural y potenciarlos con el crecimiento, porque en Cantabria no falta suelo. Suelo es lo que sobra y prados hay miles. Yo diría que es la región del espacio y de la mayor belleza de ese espacio, pero hay que revalorizarlo y no destruirlo.

‘Nuestra gran riqueza es el paisaje’

P.- ¿Por qué caemos en estos errores urbanísticos a estas alturas?
C. G C.– En España hemos hecho muy poca inversión intelectual sobre el urbanismo. Nos hemos creído que las ciudades se hacen en un plan de ordenación sobre un tablero y eso no es cierto. Hay habido poca reflexión y ningún debate democrático sobre esto. Y luego hay otro factor muy negativo y es que las construcciones aceleradas sirven para financiar a los ayuntamientos, a través de las licencias, aunque luego está demostrado que acumular segundas viviendas supone una carga para los ayuntamientos, por los servicios que le tienen que dar. Hay un tercer factor: el enriquecimiento rápido del inmobiliario y la falta de criterios de calidad por parte de la Administración. La Administración ha perdido su liderazgo y los planes de ordenación son de bajísima calidad. Un plan requiere dinero, equipos multidisciplinares y mucha reflexión. Aquí se copian unos planes de otro. Se hacen sobre un tablero, a ser posible en cuadrícula. Y yo creo que cada plan de ordenación debe ser un traje a medida. Todo desarrollo perdurable exige un traje adaptado al sitio, saber cuáles son los valores de ese sitio, qué es lo que hay que conservar, qué es lo que hay que revalorizar y qué tipo de crecimiento se puede hacer en ese pueblo para no destruir su carácter rural, porque la gran riqueza nuestra es el paisaje y los estudios estadísticos demuestran que la gente viene aquí a ver paisaje. El paisaje es un patrimonio y eso hay que mantenerlo. No ha habido en los municipios inquietud intelectual, además no tienen dinero ni personal especializado. Por eso es imprescindible apoyarse en un sistema comarcal.

P.- No parece muy optimista.
C. G-C.– No quiero dar la impresión de que Cantabria está mal, pero sí un toque de atención. Cantabria tiene un gran futuro con este paisaje y este territorio. Y no es una cuestión de derechas o de izquierdas, sino de atenerse a unos criterios de calidad para no matar la gallina de los huevos de oro. La gente viene a Cantabria para ver un paisaje excepcional, un sitio diferente, no para repetir su casa del centro de la ciudad y el modelo urbano.

P.- La comarcalización choca con un hecho evidente. Por muy pequeño que sea un ayuntamiento y por muy pocos medios que tenga para gestionarlo, difícilmente va a aceptar perder soberanía sobre los usos del suelo.
C. G-C.– Es que no tienen capacidad de gestión. La Ley del Suelo de Cantabria es bastante buena, pero los ayuntamientos no tienen poder real para gestionar esas competencias. Sin embargo, todos sabemos que el poder real de los alcaldes es el poder sobre el territorio, las competencias urbanísticas y es muy difícil renunciar a eso.

P.- ¿Quizá es que los cántabros a fuerza de verlo, hayamos perdido sensibilidad hacia nuestro patrimonio cultural y natural?
C. G-C.– Yo creo que no. Los santanderinos salen a visitar la provincia, conocen todos los pueblos, la región se visita mucho más que en ningún otro lugar. Muchos cántabros prefieren estar aquí cuando tienen oportunidades de trabajar o vivir fuera. Otra cosa es que muchos se sienten impotentes ante cómo gestionar ese patrimonio. Hay que traducir en términos políticos esa inquietud que efectivamente existe. Es una asignatura muy difícil pero que habrá que superar.

P.- Sin embargo, en algunos pueblos como Comillas o Liérganes se han producido ocasionalmente choques entre los intereses de los lugareños –que lo que aspiran es a multiplicar el valor de sus prados haciéndolo edificables– y el conservacionismo de los residentes ocasionales.
C. G-C.– Es natural que la gente quiera revalorizar su patrimonio. Pero también aquí hay falta de gestión municipal. Porque si utilizaran las medidas que compensación que están en la propia ley e hicieran unidades de ejecución amplias y si contemplara en el planeamiento la compensación a los propietarios podrían liberar de construcción mucho suelo, pero no hay una buena gestión. Me gustaría saber cuántas juntas de compensación se han abierto en Cantabria. Poquísimas.

P.- Usted ha sido consejera de Cultura de Murcia y tiene experiencia. ¿Le resultaría fácil “vender” Cantabria?
C. G-C.– Gestionar la cultura es mucho más profesional de lo que parece. Y en Cantabria, en los últimos años se ha hecho un gran trabajo de sistematización del patrimonio. Es una política callada, que no se ve y nadie se puede imaginar las horas de burocracia que supone proteger los centros históricos, hacer los planes especiales como los de Santillana, que se ha hecho, definir todos los entornos que se han definido en Cantabria… Otro tema distinto es vender el turismo y aquí tropezamos con problemas estructurales, pero no por falta de valor del patrimonio.

P.- Haga una propuesta imaginativa. ¿Qué vendería de nuestra región?
C. G C.– Yo propongo que se haga un gran proyecto sobre el Camino de Santiago, con un enfoque multidisciplinar y transversal, no un documento sobre el papel. Un proyecto suficientemente fuerte como para atraer a un cliente internacional, al que sólo puedes captar con estándares internacionales. Pero el proyecto del Camino pasa por el urbanismo fundamentalmente, que tiene que defender los márgenes con una zona de protección y exclusión arquitectónica, que no se hagan adosados, que pueda haber carril-bici, que los peregrinos puedan andar con comodidad, un estudio paisajístico de las vistas, de excursiones interiores, de desvíos para visitar los pueblos, con un apoyo turístico y, por supuesto, abrir las iglesias. El Camino de la Costa tiene todavía mucho por hacer.

P.- ¿Y quién debería hacerlo?
C. G-C.– Cantabria tiene un enorme potencial, pero una de las injusticias es cargar todo sobre la espalda de los políticos. Los políticos no son los responsables de todo. Son los que deben poner las bases para que la iniciativa privada haga. En el turismo o en el medio ambiente, el Estado puede animar, pero no puede ser el protagonista de todo. Puede crear incentivos para que lo hagan las empresas y los particulares. Esa es la idea vigente en Europa, que funciona sobre la base de relanzar la iniciativa privada. El Estado no puede comprar todos los edificios a conservar. Y hay que establecer ayudas, sin verguenza. Así se ha conseguido, por ejemplo, la rehabilitación de 1.200 viviendas en Santiago de Compostela. Otra cosa distinta es mantener un sector entero en brazos, algo a lo que son aficionados otros grupos.

P.- Usted, como eurodiputada, palpa a diario la realidad de Bruselas ¿Es eficaz que cada región cuente allí con una oficina permanente?
C. G-C.– Es fundamental. Europa genera una enorme cantidad de información, que no hay que confundir con la actividad política, y esa información es necesario que sea asimilada para los políticos y por las empresas. Es fundamental que las regiones estén allí y sirvan de apoyo para los que van de aquí, y que esas oficinas sean más aprovechadas por las empresas. No hay que olvidar que el 70% de la nueva normativa española es trasposición de la europea.
Cantabria, por otra parte, tiene unas posibilidades enormes en la nueva política europea, con su ganadería de pastos naturales, que puede encontrar un gran mercado en Europa. Esa debe ser una de las políticas de futuro.

P.- Visto a algo más de mil kilómetros de su sede, la UE da la impresión de que tiene un marketing muy pobre, en comparación con el que despliega, por ejemplo, los Estados Unidos. Nunca llegamos a saber muy bien lo que la Comunidad nos da, pero siempre somos muy conscientes de lo que nos quita y quizá por eso, cada vez que se anuncia una reforma nos ponemos en lo peor y pensamos en políticas pesqueras más restrictivas o actividades agrarias menos subvencionadas. Cómo es posible ilusionar a los ciudadanos con el proyecto europeo, si sólo son conscientes de lo negativo y a nadie se le ha explicado que los fondos comunitarios aportan a Cantabria cada año casi un 2% de su PIB.
C. G-C.– Es un efecto perverso que se ha producido porque el dinero de Europa lo distribuyen las regiones y los estados y unos y otros son muy poco generosos a la hora de reconocer la ayuda europea. Es muy fácil acusar a Europa de la exigencia de disciplinas, de nuevas normas y en cambio qué pocas banderas europeas están puestas en las carreteras, en los colegios o en los hospitales. Ni siquiera se valora la presencia de los políticos nacionales que están en las instituciones europeas. España es especialmente poco generosa en este terreno, junto a los británicos, que también se han beneficiado de muchas ayudas.

P.– Pues si eso ocurre ahora que somos receptores netos de ayudas, cabe imaginar lo que pueda ocurrir el día que seamos contribuyentes netos.
C. G-C.– Mucha gente se dará cuenta de lo que ha hecho el dinero europeo cuando se corten algunas de las ayudas. Y no hay que olvidar que cuando Europa impone políticas restrictivas, por ejemplo, de cierre de vertederos, siempre establece ayudas para abordarlas.

P.- Murcia está viviendo ahora un auténtico milagro económico y usted ha participado en su Gobierno. Qué enseñanzas se pueden extraer de su modelo para otra región uniprovincial como Cantabria.
C. G–C.– Lo mejor de Murcia es que es una región muy dinámica, que se atreve con todo. La gente tiene muchísima iniciativa y a diario se crean empresas por decenas. Y el Gobierno regional lo ha entendido y tiene una política muy abierta para dinamizar actividades sin pretender sustituir la iniciativa privada. Otra cosa importante es que está en el Arco Mediterráneo, con un clima que es un capital en sí mismo. También debe mucho al trasvase Tajo-Segura, que le ha permitido una agricultura muy competitiva. Murcia ha sido pionera en tecnologías de riegos, de cultivos y de semillas.
Cantabria tiene una tradición de tecnología y de gran empresa de alto nivel y tiene que aprovechar esos sustratos de conocimiento y de competitividad, además del enorme valor de su Universidad.

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