El nuevo rostro del Depósito Franco
Con la reinauguración del almacén que inició la andadura del Depósito Franco en 1923, ha culminado el proceso de remodelación de las instalaciones, iniciado hace tres años. El plan de reformas, en el que se han invertido 2,4 millones de euros (400 millones de pesetas), ha consistido en el acondicionamiento de cuatro pabellones y en la mejora de todos los viales. Las obras efectuadas en el almacén Nº 1, han respetado la estructura exterior del edificio, pero han suprimido las columnas creando un espacio totalmente diáfano que facilitará notablemente el movimiento de las mercancías, que en este caso son graneles y sólidos. Los muros han sido reforzados para aguantar toda la estructura y el techo, totalmente renovado, cuenta ahora con claraboyas que aportan una gran luminosidad a la histórica nave.
La renovación del almacén ha reforzado el papel polivalente de unas instalaciones que están íntimamente ligadas al desarrollo histórico del Puerto de Santander desde hace cerca de 80 años. Desde aquellos productos coloniales (sobre todo, sacos de cacao y café) que constituyeron la primera entrada, el Depósito Franco ha evolucionado hasta convertirse en la puerta por la que se importa y exporta una gran variedad de mercancías que utilizan la vía marítima de transporte. Los cereales, que llegaron a suponer más del 70% del tonelaje movido, comparten hoy de forma más equilibrada los tráficos con otras mercancías como los productos alimenticios, bebidas, materias primas industriales, piensos, maquinaria, productos químicos, etc.
El pasado año, el Depósito Franco movió más de 283.000 toneladas de mercancías, con un especial protagonismo del papel (106.000 toneladas) y los cereales (64.000 toneladas), seguidos por los productos alimenticios, las melazas, los productos químicos y otros tráficos que ponen de manifiesto la versatilidad que ofrece y que ha demostrado ser la clave de su supervivencia.
Una institución veterana
La decisión de crear una zona franca comercial ha sido una de las claves del crecimiento del tráfico portuario de Santander, hasta el punto de que la trayectoria histórica seguida por el Puerto no puede ser entendida sin la aportación del Depósito Franco.
La pérdida de las últimas colonias en 1898 y la recuperación del comercio internacional tras la Primera Guerra Mundial, fueron el acicate para que un grupo de empresarios montañeses se planteara la necesidad de crear en el Puerto de Santander un depósito franco como los que ya existían en Cádiz y Barcelona. Esta iniciativa estaba liderada por la Cámara de Comercio, a cuyo frente se encontraba el empresario Eduardo Pérez del Molino, que impulsó la formación de un Consorcio para promover y gestionar el futuro Depósito, integrado por la propia Cámara de Comercio, la Junta de Obras del Puerto, la Diputación Provincial, el Ayuntamiento de Santander y los bancos Santander y Mercantil.
En 1918 se obtenía la autorización del Ministerio de Hacienda y el Consorcio iniciaba la búsqueda de financiación para reunir el millón de pesetas que se precisaba para levantar las primeras instalaciones. La ubicación elegida fueron los últimos tramos del Muelle de Maliaño, donde en 1923 tuvo lugar la inauguración del primer almacén del Depósito Franco.
La crisis de finales de los ochenta
El Depósito jugó un papel relevante en los años en los que las barreras aduaneras constreñían el intercambio de mercancías y sirvió para que el Puerto de Santander captara tráficos que de otra forma nunca hubiese tenido.
Tras el impulso dado a la institución en los años 70, época en que se acometió un ambicioso plan para ampliar su capacidad, la integración de España en la Comunidad Económica Europea en 1986, generó incertidumbres sobre la viabilidad y continuidad de los depósitos francos. De hecho, y dada la estructura del comercio exterior español, fuertemente vinculado a los países europeos con los que desaparecían las fronteras, los movimientos del Depósito Franco experimentaron una sensible disminución. Esta tendencia a la baja se invirtió a partir de 1990, impulsada por la inquietud del Consorcio por atraer nuevos tráficos y por el aumento de la capacidad de almacenaje. Ese año, el Depósito puso en marcha un nuevo almacén (el Nº 10) de 1.900 metros cuadrados, al que se sumó tres años después una nave de 4.000 metros cuadrados situada en la Ciudad del Transportista. El proceso de modernización se completó en 1994 con el aumento de capacidad de las cámaras frigoríficas y la adaptación de las instalaciones a las normas de la Unión Europea.
En la actualidad el Depósito Franco cuenta con una superficie de almacenaje de 20.000 m2, repartida en trece almacenes polivalentes, siete tanques metálicos para almacenamiento de líquidos con una capacidad de 13.000 m3, silos para almacenamiento de cereales y cementos con una capacidad de 27.000 Tm. y una instalación frigorífica de 22.000 m3.
Las ventajas del Depósito Franco
Aunque las áreas exentas (depósitos aduaneros, zonas francas y depósitos francos) son una realidad poco conocida, estas entidades ofrecen múltiples ventajas a los operadores económicos que intervienen en el tráfico de mercancías, comenzando por las aduaneras.
Los depósitos francos son un territorio fiscalmente neutro, lo que resulta vital para el movimiento internacional de mercancías ya que permiten introducirlas y almacenarlas sin que durante su permanencia en el recinto se paguen derechos arancelarios, IVA o cualquier otro impuesto. Además, las mercancías almacenadas pueden ser objeto de una amplia gama de operaciones tales como el envasado, el cambio de embalaje y envases, fraccionamiento de peso, limpieza, clasificación, mezclas para obtener tipos comerciales adecuados, cambio de etiquetas, etc.
En el caso del Depósito Franco santanderino es muy habitual que se utilice para mercancías que requieren una manipulación especial, y estos servicios añadidos refuerzan la importancia de su función en el moderno tráfico portuario.