Renzo y yo somos gente que escucha

Luis Vidal es el arquitecto español coautor del Centro Botín con Renzo Piano. Vidal, que ha estado en el día a día de la obra, es el autor de proyectos tan emblemáticos como la Terminal 2 del aeropuerto londinense de Heathrow, que ha recibido 26 premios, del nuevo aeropuerto de Varsovia y de varios hospitales. Su despacho, Vidal +Arquitectos, tiene sede en Madrid, pero cuenta con oficinas en Londres, Santiago de Chile y Houston.

P.– Usted es conocido por ser el autor de grandes edificios públicos, sobre todo aeropuertos y hospitales. Ahora ha hecho, con Renzo Piano, un centro cultural y artístico. ¿Se pueden extrapolar enseñanzas de un edificio para otro, aunque sean tan distintos?
Luis Vidal.- Por supuesto, en dos frentes paralelos. Primero, porque la arquitectura que hacemos nosotros está pensada para el usuario; por lo tanto, cuando hacemos un aeropuerto, se piensa en el pasajero; si es un hospital pensamos en el paciente y si es un centro de arte pensamos en el visitante. Y a todos ellos los dotamos de una serie de valores que son comunes y que aplicamos a toda nuestra arquitectura: el uso de la luz natural como material de construcción; el uso del color; de la textura de los materiales; el cuidadísimo trabajo que hacemos con la acústica para que los espacios sean realmente especiales. Todos estos valores son los que impregnan nuestros edificios.

P.– ¿Qué ha sido lo más complicado en este proyecto?
LV.– Creo que la condensación de la sencillez en el sentido más amplio de la palabra. El Centro de Arte Botín tiene una manera de asentarse en la ciudad, de formar parte de la ciudad, de contribuir a la sociedad. Está todo resuelto al final con un elenco de tres o cuatro materiales y se trata de conseguir que todos ellos formen un conjunto armónico y en sintonía. Me recuerda una frase de Mark Twain cuando le preguntaron que por qué no había escrito un episodio más corto: “Si lo hubiera hecho más corto, me hubiera llevado mucho más tiempo”. Esa concentración de sustancia es lo que más esfuerzo nos ha llevado.

P.– Sorprende que Renzo Piano aceptase con tanta humildad las opiniones que escuchó en Santander, a veces bastante críticas, que, según dice él, contribuyeron a mejorar el proyecto. ¿Es tan dúctil Piano y es tan fácil trabajar con él?
LV.– Sí, Renzo y yo nos conocemos desde hace años y compartimos una misma manera de entender la arquitectura y de ejercerla. Cuando yo digo que un arquitecto es un solucionador de problemas es porque, para solucionar un problema, primero hay que entenderlo y, para entenderlo, lo que hay que hacer es escuchar. Si un arquitecto no sabe escuchar, difícilmente va a poder hacer una buena propuesta. En esto, Renzo y yo nos entendemos. Somos gente que escucha y que entiende.

P.– Algunas empresas que han participado en la obra tenían quejas por la indefinición del proyecto que les obligaba a ir un poco a ciegas con los suministros.
LV.– Estoy totalmente en desacuerdo con esa afirmación.

P.– ¿En el sentido de que el proyecto de Renzo Piano y suyo estaba lo suficientemente ultimado?
LV.– Por supuesto que sí.

P.– ¿Qué necesita un edificio como este para convertirse en un icono?
LV.– Yo creo que el edificio no va buscando convertirse en un icono; el proyecto no esta concebido ni pensado para ser un icono. Eso sería demasiado presuntuoso por nuestra parte, y no es lo que hacemos. Nosotros hacemos arquitectura para servir a un fin, en este caso, para realizar un centro de arte que divulgue Cantabria y Santander y que todo el mundo, la ciudad y los visitantes puedan participar, pasar por él, disfrutar con él y aprender. No hemos pretendido hacer nada más que eso.

P.– Es decir, que si luego se convierte o no en un icono no es porque el proyecto lo haya buscado.
LV.– Es cuestión del tiempo y del juicio que emita la ciudad, el usuario y el viandante. Eso es algo que si ocurre, ocurre. Pero en ningún momento ha formado parte de nuestro encargo o de nuestro pensamiento.

P.– Convendrá en que durante algún tiempo las ciudades españolas deseaban tener un edificio de un arquitecto estrella para convertirlo en su emblema y que en muchos casos se ha buscado expresamente.
LV.– Si se analiza un poco la historia, realmente, hay ciudades que son transformadas o retransformadas, puestas en el mapa por alguna obra de arquitectura concreta. El Centro Pompidou, obra de Piano y de Rogers, volvió a colocar a París en el mapa en un momento en el que había perdido relevancia en el panorama de ciudades relevantes. Tenemos la operación de Bilbao con el Guggenheim, de Gehry. Y es cierto que han habido ciudades, regiones, que han pensado que el hecho de tener un edificio realizado por alguien famoso les iba a ayudar a colocarse en el mapa. Creo que no es tan sencillo que la ciudad adquiera una relevancia y una presencia internacional, ya que tiene que ir acompañado de más cosas, entre ellas una visión de ciudad, una vocación empresarial, social o de cualquier circunstancia.
Al final, las ciudades de hoy están adaptándose a una circunstancia real, que el mundo cada vez esta más conectado y por lo tanto tienen que compartir, convivir, competir y conectar, lo que llamamos las cuatro ces. Las ciudades se están organizando por diferentes sectores o ligas. Las ciudades financieras del mundo son Londres, Singapur y Nueva York. Las ciudades turísticas son Londres, París y Roma. Todo forma parte de diferentes redes, que es como está organizada la sociedad y la economía.

P.– En ese reparto de papeles, ¿nosotros podemos llegar a tener alguno en el ámbito de la cultura?
LV.-Sin ninguna duda. Creo que el Centro de Arte Botín es un eslabón de una cadena más grande en todo el eje Norte de España y con proyección internacional. El Norte de España es, y seguirá siendo, una pieza de referencia del panorama museístico nacional, europeo y, por supuesto, mundial.

P.– Da la impresión de que los museos han entrado en una dimensión distinta desde hace unos años y quizá vayan a cambiar aún más todavía. De hecho, el Centro Botín es bastante atípico, en el sentido de que mezcla muchos usos. ¿Van por ahí las tendencias?
LV.-Creo que hay una tendencia también global a la mezcla de usos. Estamos viendo edificios que se transforman a lo largo del día, de la semana e incluso a lo largo de las estaciones del año. Edificios que comparten zonas de trabajo con zonas de ocio y zonas de vivir. Creo que la sociedad cada vez es más plural y esa pluralidad lleva a que los edificios sean cada vez más polifacéticos y multifuncionales.

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