Alemania se queda con las empresas cántabras
En Alemania más del 80% de los trabajadores prestan sus servicios en grandes compañías y no llegan al 20% los que trabajan en pymes. En España, la proporción es la inversa y eso podría explicar parte de lo que nos ocurre. La crisis que está barriendo literalmente a los autónomos y a las pequeñas empresas familiares no afecta tanto a las grandes fábricas y menos cuando están radicadas en Alemania, un país que ha acabado 2011 con un crecimiento cercano al 3%, aunque sus perspectivas para 2012 son bastante más modestas.
Esa fortaleza permite que para las empresas alemanas sea relativamente fácil entrar en España, como ya hicieron en las crisis de los 80 o en la de mediados de los 90, aunque en aquella ocasión fue la propia Alemania la que exportó al resto de Europa su crisis interna, provocada por los gastos de reunificación del país. No necesitan montar plantas productivas nuevas, ni pagar grandes sumas para adquirir las existentes, les basta con quedarse con los despojos de un propietario anterior que fracasa. Así ocurrió con Femsa o Corcho que, como la antigua fábrica de frenos Bendix, del valle de Buelna, fueron adquiridas por el gigante Bosch o por alguna de sus filiales o con la fábrica de autobuses Setra, ubicada en Sámano, que se la quedó Mercedes a través de su participada EvoBus.
El proceso se acaba de repetir ahora con Candemat, que ha sido comprada cuando ya estaban en la fase de liquidación concursal por GIW, y con GFB, cuyos hierros impolutos han caído dulcemente en el regazo de Fermacell (Xetra) a precio de saldo, al no presentarse nadie interesado por la venta al despiece de la fábrica de fibroyeso.
En pocas ocasiones los alemanes han llegado a Cantabria a través de la instalación de una nueva planta y, curiosamente, cuando lo han hecho, como en el caso de Edscha, no acabó del todo bien, porque los problemas de su matriz la envolvieron en una suspensión de pagos de la que ha sido rescatada por un grupo español, una circunstancia también inédita, puesto que lo habitual es que ocurra lo contrario.
Los alemanes también han sido unos aliados industriales de primer orden como socios tecnológicos de empresas ya existentes, como en el caso de Teka Industrial, Bravo Bippus, Novoferm Alsal o Main-Metall.
Es llamativo que casi todas sus inversiones estén vinculadas al sector metalúrgico, con la excepción de Derivados del Flúor, la fábrica de Ontón en la que participa Bayer AG o la eléctrica E.On, que adquirió Viesgo a Enel buscando una puerta de entrada en el mercado español.
Con un peso industrial semejante, no es de extrañar que Alemania sea el principal socio comercial de Cantabria, aunque una parte significativa de las exportaciones que realizamos a aquel país esté formada por los tráficos entre las fábricas de la misma compañía, como ocurre con Robert Bosch Treto, que surte a otras factorías del grupo y, a su vez, recibe componentes de ellas.
La compra de Candemat y GFB
Tanto en el caso de Candemat como en el de GFB, la intención de los compradores –GIW y Fermacell– es dirigir las producciones hacia el mercado internacional. Mario da Silva, nacido en Alemania de padres portugueses emigrados, es el nuevo propietario de Candemat, una compañía que conocía muy bien por la relación anterior proveedor-cliente que tenían la empresa cántabra y la alemana y curiosamente su interés se centra en la veteranía de la plantilla, dado que para la troquelería la mano de obra cualificada es más importante que la maquinaria. Su intención va más allá de mantener los 120 operarios que conservaba Candemat. Si puede llegará a los 200, recuperando a algunos de los que tuvieron que salir en los últimos años. Sabe que la producción está vendida, ya que abastecerá de matrices a otras plantas del grupo GIW que trabajan para clientes tan relevantes como Audi, Porsche o Jaguar, marcas de lujo que gracias al mercado chino no se han resentido de la crisis y que han propiciado que la planta principal de GIW acumule pedidos por valor de 120 millones de euros.
Fermacell tenía menos deseos de comprar GFB, puesto que con sus propias fábricas puede atender sin problemas la demanda internacional de paneles de yeso, que en estos momentos ha bajado. En realidad, su interés principal era que no apareciesen más competidores en un mercado que hasta ahora controlan sólo dos marcas, y menos aún si el recién llegado es una fábrica tan grande y tan moderna como la de Orejo. Al comprarla, probablemente ha pensado que mejor tenerla en casa, por poco dinero, que en la competencia. No obstante, la potencia comercial del grupo Silka, en el que se encuadra Fermacell, permite dar trabajo a la factoría cántabra para cumplir con lo estipulado en el contrato de compraventa, en el que los interventores pusieron mucho énfasis en garantizar que el comprador no pudiese cerrar la fábrica una vez pasase a su poder, y en exigir que se hagan las inversiones que restan para comenzar la producción.
Empresas globales
La potencia de estos grandes grupos hace que las compañías alemanas jueguen en otra división a la que no pueden acceder la mayoría de las industrias españolas, la del mercado global. Tanto que pueden seguir a sus clientes instalando nuevas plantas de fabricación allí donde ellos se trasladen y pueden garantizarles alternativas de suministro cuando se produce una huelga o cualquier otro tipo de incidencia que pueda interrumpir la producción de una de las fábricas. Pero, sobre todo, son enormes conglomerados con intereses muy repartidos, lo que les permite afrontar las crisis sin sobresaltos y con una capacidad investigadora muy superior a la de sus competidores regionales. En estas condiciones, rivalizar con ellas resulta muy difícil y, en cambio, caer en su seno es una garantía de continuidad en el tiempo. Para Cantabria, un auténtico alivio en los tiempos que corren.