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Carreteras de regalo

Desde que en 1995 se inauguró la Autovía S-20 entre Bezana y El Sardinero llevamos esperando que se hagan las conexiones transversales, las obras que corrían a cargo del Ayuntamiento de Santander. Siempre ha sido sospechosa la presión que hay en Cantabria sobre las obras que dependen del Estado y la enorme benevolencia con los retrasos que son culpa de la Corporación santanderina pero colma la paciencia que en trece años no se haya conseguido trazar la red viaria de la zona oeste de la ciudad, a pesar de los extraordinarios ingresos que de ella ha obtenido el Ayuntamiento por las licencias de viviendas.
Trece años después de la apertura de la autovía, las callejuelas que siguen enlazándola con la ciudad mantienen parecidas angosturas y el mismo trazado tortuoso que abrieron los burros en su camino diario desde Cueto y Monte hasta Santander para llevar las hortalizas al mercado.
La diferencia es que entonces Cueto y Monte contaban con unos cientos de almas y ahora se han construido allí más de cinco mil viviendas nuevas, que no disponen de una vía transversal de acceso a la ciudad digna de tal nombre.
A la vista de que el problema lleva trazas de no solucionarse nunca, el Ministerio de Fomento –tan denostado por el PP– acaba de ofrecer entregar la S-20 al municipio y darle además 6,8 millones de euros para que construya esos enlaces transversales que nunca hizo, aunque alguno de ellos se lleve publicitando más de una década, como el puente de Las Llamas, del que se han vendido varias versiones, una cada vez que se acercaban las elecciones.
Es cierto que los ayuntamientos tienen serios problemas financieros para abordar cualquier obra, pero eso no puede servir para eludir permanentemente las responsabilidades. Saturar de viviendas Valdenoja, La Pereda, Cueto y, pronto, Monte, es muy fácil y muy rentable para quien crea que basta con cobrar las tasas y revender los aprovechamientos, pero eso comporta obligaciones y una de las primeras es hacer las infraestructuras necesarias.

Algo más que un cambio

Con la elección del hasta hace poco obispo Fernando Lugo como presidente de Paraguay, solo hay uno de los diez países suramericanos que no está en manos de la izquierda. Una tendencia que se inició en 2002 con la llegada al poder del líder obrero Lula da Silva en Brasil y que se ha extendido como una mancha de aceite, incluso a un país como Paraguay donde una roqueña clase política, bajo el nombre de Partido Colorado, repetía invariablemente desde 1947, sin apearse siquiera durante la dictadura de Stroessner.
Suramérica es propicia a los contagios –en su día lo fueron las dictaduras militares– pero sería un error pensar que ha llegado a la uniformidad política, porque dentro de la izquierda se han formado dos tendencias tan claras como diferenciadas, la revolucionaria, encabezada por Chávez y Morales y la moderada, del uruguayo Tabaré Vázquez o la chilena Michelle Bachelet. Alan García (Perú) y Cristina Kirchner (Argentina) están en este último paquete, pese a las medidas populistas de Kirchner y resta por saber con qué equipo se alineará el paraguayo Lugo.
Las cosas han cambiado tanto en el subcontinente que, visto desde la perspectiva actual, resulta inverosímil el desasosiego que provocó en los mercados internacionales la victoria de Lula. Bien por ser el primero o por ser Brasil la mayor economía de la zona, se aventuraban catástrofes que obviamente no se confirmaron. Pero lo más sorprendente es que, con el vuelco general que se ha producido en la zona, es precisamente Lula quien ahora goza de la confianza de los grandes centros de poder mundiales que tratan de valerse de él como interlocutor fáctico para todo el área suramericana. Y conviene recordar que fue Emilio Botín el primero en quitar las etiquetas a Lula y en manifestar públicamente su confianza en el dirigente brasileño, tanto para dirigir con cordura la economía de su país como por su influencia sobre el entorno geopolítico.
América ha dinamitado unas estructuras políticas que se han mantenido en el poder durante medio siglo y que había resistido todo tipo de avatares, incluidas guerrillas y golpes de estado. Esa circunstancia se ha producido, sorprendentemente, con un Gobierno muy conservador en Estados Unidos, un país que siempre mostró mucho empeño en controlar todo lo que ocurría en lo que considera su patio trasero y que, a la vista de lo ocurrido, es evidente que no ha sabido entenderlo o está demasiado enredado en otros frentes.
Es muy posible que las alternativas que han triunfado en Suramérica, sobre todo las populistas, tengan una rápida caducidad, pero la zona vive un periodo de crecimiento muy rápido y un cambio sociológico que está pasando desapercibido en el resto del mundo, más atento a las bravuconadas políticas de Chaves o Morales que a la cotidianeidad de las estadísticas o a la sorprendente recuperación de Argentina tras la crisis del corralito, que aventuraba un desastre de varias décadas.

Estrellas efímeras

Los fichajes puede que valgan para el fútbol, pero no suelen dar resultado en las empresas tradicionales, donde casi nunca encajan bien con el espíritu de la casa, ni en la política, la más oscura de todas las ciencias, aunque se ejerza a la vista de todos y con una corte de periodistas de cámara.
Lo comprobó Garzón, lo comprobó Felipe González, que lo fichó, y lo va a comprobar ahora Pizarro. El aguerrido turolense que hizo de su presidencia en Endesa su Numancia particular, estaba destinado a ser el sucesor de Solbes al frente de la economía española, a la que debía dar unos dividendos semejantes a los que había deparado a los accionistas de la eléctrica pero, para alcanzar tan alto destino, primero había que ganar las elecciones y el PP no ganó.
Pizarro era el paradigma para quienes piensan que quien triunfa en la empresa privada ha de triunfar en un sector sin profesionalizar como la política. Sobre todo si tiene el coraje del turolense para no dejarse acoquinar en debates parlamentarios y en otras polémicas. Y es posible que en algún lugar se haya dado un caso que confirme esta teoría, pero habrán sido muy pocos. Por lo general, suele ocurrir lo contrario. El empresario, que está acostumbrado a una forma de actuar muy ejecutiva y con poca o ninguna discrepancia, se encuentra en un terreno extraordinariamente resbaladizo, donde cada cosa que haga va a ser diseccionada con bisturí de cirujano y donde cada error, puesto bajo la lupa de los medios de comunicación, puede adquirir dimensiones de catástrofe.
Una tensión que no se compensa en absoluto con la modesta remuneración de los cargos y que sólo sería aceptable por otra remuneración, la de la autoestima, y esa desaparece cuando arrecian las críticas.
La política entonces se convierte en una tortura para quien ha triunfado en otros terrenos y aspiraba a hacerlo también en el público. Pero no es el único en sufrirlo, ya que con la caída del mito cae también la estrella de quien le fichó.
Pizarro no ha tenido la oportunidad de triunfar en la política ni tendrá la de fracasar porque, a excepción de su debate poco afortunado con Solbes, su papel va a ser irrelevante. Los grandes fichajes aguantan mal el banquillo y, en este caso, el expresidente de Endesa no puede jugar de titular ni de suplente. Rajoy no tiene un ministerio para darle y no se ha atrevido a ofrecele la portavocía del grupo parlamentario, el cargo que teóricamente debiera corresponderle como número dos de la lista por Madrid, porque necesitaba a alguien de más confianza. A su vez, Pizarro, no ha aceptado la presidencia de la Comisión de Economía, demasiado segundona para quien ha declarado que lo único que no se puede permitir una persona como él es el ridículo.
Si no puede ser vicepresidente del Gobierno ni ministro, por motivos obvios, ni portavoz parlamentario porque se necesita a alguien más bregado en la política, ni cargos menores porque no los aceptaría, ¿dónde encajar a Pizarro? Es evidente que Rajoy va a tener un problema, porque el ex presidente de Endesa, por muchos favores que haya hecho al partido va a ser siempre ese jarrón chino del que nadie puede desprenderse pero tampoco sabe donde colocar. Afortunadamente para el presidente del PP, la estrella mediática de su fichaje se irá apagando poco a poco y así, el día que decida abandonar, como ocurrió con Garzón, apenas hará ruido. Son los riesgos de la política, donde no se puede garantizar nada, ni hay blindajes multimillonarios a la puerta que, como en Endesa, te dejan sin empleo pero te hacen rico.
Algunos sacarán la conclusión equivocada de que esto demuestra que en la política solo triunfan los mediocres. En realidad, triunfan unos pocos de los que aguantan los embates internos y externos. Pizarro, como otros, fue aupado por un grupo de medios de comunicación, como los periodistas fuerzan algunos fichajes en el fútbol, pero ese apoyo mediático es muy efímero, como lo comprobará pronto, y para manejarse solo dentro de la política hay que llevar aprendido el lenguaje de los codos. A estas alturas, ya es demasiado tarde.

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