Sin cuotas, la producción lechera se va al Sur

El pasado 1 de abril desparecía el régimen de cuotas lácteas, que limitaba la producción de cada ganadero, y llegaba un tiempo nuevo en el que cada uno es libre de producir y vender tanto como pueda. Pero las cuotas, tan denostadas cuando se establecieron, se habían convertido en una salvaguarda para el sector, una garantía de que su leche estaría vendida, aunque no fuese a un gran precio, y un valor patrimonial intrínseco, como el que tiene la licencia de un taxi. Todo eso ya es historia y la principal actividad agroalimentaria de Cantabria corre más peligro que nunca, porque los precios se han hundido, hay mucha leche que no se recoge y, lo que es peor, la producción nacional se está desplazando hacia otros lugares sin tradición lechera y sin pastos.
Ya parece inevitable. Las ganaderías de leche cada vez estarán más cerca de los centros de consumo para evitar costes de transporte, y la explotación familiar lleva camino de desaparecer. Lo ocurrido en estos meses es tan significativo como preocupante: mientras que la producción de Cantabria y de toda la Cornisa ha crecido un 5% o menos, en Andalucía aumenta a un ritmo del 13,6%; del 12,7 en Castilla- La Mancha, y del 11,9% en la Comunidad Valenciana.
Que la deslocalización se produzca dentro del país es muy inquietante para las regiones afectadas, pero el problema no le afecta únicamente a las regiones cantábricas, porque también se han abierto las puertas a la deslocalización internacional de la producción láctea. En nuestro país, la producción ha crecido a un ritmo del 6,7% desde que se quitaron las cuotas pero en Irlanda lo ha hecho en un 29%, en Bélgica un 16% y en Holanda un 14,6%. Es decir, que dentro de la UE la actividad lechera se va al norte.

Más industrias agroalimentarias

Sin posibilidades legales de intervenir en un mercado tan abierto (Competencia acaba de advertir que ni siquiera es legal fijar un precio mínimo) Cantabria se ve obligada a pensar en cómo sustituir esta dedicación histórica a la leche fresca por otras actividades que puedan retener en el medio rural a la escasa población que mantiene, para evitar una absoluta desertización del territorio.
La región cuenta con unas condiciones naturales con un enorme potencial de crecimiento. En el campo agroalimentario, uno de los ejes económicos con mayores posibilidades de desarrollo, aunque siga teniendo dos debilidades muy evidentes, la comercialización y los bajos volúmenes de producción.
Aún así, el sector agroalimentario representa ya el 22% de la industria regional, da empleo a más de 6.500 personas y alcanzó en 2015 unas ventas de 1.700 millones de euros. Y es un sector en alza, como lo demuestra el hecho de que, al finalizar el pasado año, Cantabria contaba con 484 empresas de este tipo, un 8% más que en 2014.
El crecimiento se ha producido en todas las ramas de actividad, salvo en bebidas y licores, donde se pasó de 53 empresas a 48, a consecuencia de lo ocurrido en el sector del orujo lebaniego, donde en un año han desaparecido nueve empresas y de las 16 que había en 2014 sólo quedan siete.
En el extremo opuesto, el mayor crecimiento (un 40%) se ha registrado en el ámbito de las empresas hortofrutícolas, donde hay diez más (ya son 45), seguidas de las industrias cárnicas, también con diez empresas más (ahora son 44).
Las industrias lácteas, las más tradicionales, son 57, dos más que en 2014.
El subsector más contenido es el pesquero, con 122 empresas, sólo una más que en 2014.

Todas las comarcas crecen menos Liébana

Esta buena evolución de la industria agroalimentaria se ha dejado notar en toda Cantabria salvo en la comarca lebaniega, donde se ha producido un retroceso del 20% en el número de empresas (de 50 a 40) debido a la comentada desaparición de muchas pequeñas orujeras, que no han podido sobrevivir a la crisis. Como consecuencia, esta actividad, la más representativa de la zona, ha pasado en un solo año de ser la primera en Liébana a estar por detrás de las empresas lácteas (12) y alimentarias (10).
La comarca donde más crece la industria agroalimentaria es donde menos había, pero, por esa misma razón, resulta poco representativo. Se trata de la comarca Tudanca-Cabuérniga, que ha registrado un repunte del 40%, al pasar de cinco a siete empresas.
En el borde costero hay 314 actividades alimentarias y, como es fácil suponer, las más numerosas son las de transformación de la pesca, 116.
En la comarca de Reinosa hay 33 industrias alimentarias, una más que en 2014, la mayoría hortofrutícolas, y la comarca del Asón se ha limitado a mantener las 13 industrias agroalimentarias que tenía, entre las que son mayoría las lácteas.
Finalmente, en la zona Pas-Iguña hay 50 (una más que en 2014), muy repartidas entre queserías, reposterías y lácteas.

Un estímulo al desarrollo rural

La trascendencia que tiene la industria agroalimentaria para la región no puede evaluarse en términos exclusivamente económicos. Su actividad es clave para fijar la población en el medio rural y hacer sostenible el territorio. De ahí que el consejero de Medio Rural, Jesús Oria, se haya fijado como objetivo fundamental mejorar la comercialización de los productos alimentarios locales y darles mayor valor añadido, en especial aquellos que se encuentran en mayor peligro, como es el caso de la leche.
El apoyo a las pequeñas y medianas empresas agroalimentarias –el 88% de ellas tienen menos de 20 empleados– ayudará a generar oportunidades de empleo a los jóvenes de las zonas rurales, contribuyendo a asentar la población.
Buena parte de estas ayudas se canalizan a través de los Programas de Desarrollo Rural. El que estará en vigor hasta 2020 destinará 250,5 millones de euros de fondos públicos a las prioridades fijadas por la comunidad, de los que 98,8 procederán de la Unión Europea, otros 54,3 de la cofinanciación nacional y los 97,4 millones restantes corresponden a complementos adicionales de la financiación nacional.
El Programa de Desarrollo Rural se centra en mejorar la competitividad del sector agrícola. En concreto, un 3% de los agricultores obtendrá ayuda para reestructurar y modernizar sus explotaciones agrícolas y 300 jóvenes para poner en marcha sus empresas.
El Plan también contempla subvenciones para que cerca de 2.000 explotaciones agrícolas se conviertan a la agricultura ecológica.
La previsión es que más del 17% de la población rural estará cubierta por alguna estrategia de desarrollo local del programa LEADER.

Un impulso a la agricultura ecológica

La apuesta por la agricultura ecológica se ve respaldada por los fuertes incrementos que ha experimentado la demanda en la última década, lo que a su vez está multiplicando el número de proveedores.
En estos momentos hay 171 productores ecológicos controlados por el Consejo Regulador, más del doble que hace diez años, cuando eran 65, y tres veces más que en 2005.
También se constata en la superficie dedicada a agricultura ecológica, que el año pasado creció un 46% y ya es de 5.371 hectáreas.
Otro indicador del progresivo incremento del valor añadido de los productos alimentarios de la región está en el aumento de los empresas con marchamos que acreditan la calidad de sus productos. Por ejemplo, las explotaciones dedicadas a la Indicación Geográfica Protegida «Carne de Cantabria», se han duplicado en diez años mientras que las reses sacrificadas casi se han cuadruplicado.
La región contaba en 2015 con 423 explotaciones dedicadas a este tipo de producción frente a las 183 de 2005, y las reses sacrificadas que han accedido a la etiqueta «Carne de Cantabria» han pasado a ser 1.677, cuando hace diez años eran 450.
En general, el sector de la carne evoluciona positivamente, a pesar de que durante el pasado año perdió un matadero (quedan tres) y dos salas de despiece de las siete que había, por lo que la región ha vuelto a tener el mismo número de instalaciones de este tipo que hace diez años.

Detectar tendencias

Una de las claves para el desarrollo de la industria agroalimentaria estriba en su capacidad para anticiparse a las tendencias de consumo y adaptar sus productos a la nueva demanda. Detectar los hábitos emergentes permite adecuar las estrategias comerciales a los cambios sociales y, partir de ese conocimiento, las empresas pueden diferenciar sus productos y aplicar los diseños (en materiales, formatos de envase, mensajes, etc.) que mejor les permita conectar con los nuevos tipos de consumidores.
El desarrollo de productos innovadores, la puesta en valor de las propiedades saludables de los alimentos o la prolongación de la vida útil de los productos tradicionales son algunas de las áreas de trabajo donde la aplicación del I+D puede jugar un papel decisivo en el futuro del sector agroalimentario cántabro, que cada vez podrá apoyarse menos en la leche fresca.

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