Garoña: Muerta, pero viva. Viva, pero muerta
Hay pocos acertijos más complicados que saber cuál es el futuro de la central nuclear de Garoña. Ni siquiera se sabe muy bien cuál es el presente. No debiera ser tan difícil porque aparentemente solo hay dos opciones: o cierra definitivamente o vuelve a abrir. Pero, aunque con inversiones tan millonarias no se juega, da la sensación de que su suerte se decidiese cada día al black jack. Una estrategia de tensión propiciada por los propietarios, al anunciar el cierre y no renovar la licencia, en la que resultaba muy fácil pasarse e incurrir en la obligación legal de cierre definitivo, y que solo la benevolencia del Gobierno, al reinterpretar las normas y ampliar los plazos deja aún en el alero. Más en el alero está aún la economía del norte de Burgos y, en parte, de Cantabria.
Cuando Mariano Rajoy reprochó a Zapatero que no ampliase la vida útil de Santa María de Garoña nunca pudo imaginar que cuando él llegase al Gobierno y salvase del cierre legal esta planta nuclear, los propietarios le iban a hacer un desaire semejante. No solo no le hicieron la ola, como suponía, sino que anunciaron su intención de cerrarla a la semana de que el Consejo de Ministros autorizase a la central a seguir produciendo kilovatios. Con el nuevo marco fiscal para la generación eléctrica, ya no les interesaba seguir.
Lo que en principio parecía un globo sonda de los dos propietarios, Endesa e Iberdrola, para forzar al Gobierno a reconsiderar el nuevo impuesto sobre la generación acabó por resultar un envite absolutamente real. Garoña dejó pasar el plazo para pedir la prórroga de la actividad sin presentar la solicitud.
El Gobierno, al que no le sobran las buenas noticias económicas ni los proyectos de inversión, decidió reinterpretar la legislación y ampliar el plazo, convencido de que Endesa e Iberdrola acabarían por entrar en razón y no desmantelarían la única locomotora industrial que tiene el norte de Burgos. Una instalación imposible de reemplazar en la economía de la zona, donde los planes para el post-Garoña no van mucho más lejos de la creación de unos modestos establecimientos de turismo rural.
Tampoco Cantabria se libraría de los efectos, porque hay al menos media docena de empresas de la región que trabajan para Garoña, una central en la que, además, han adquirido destrezas y certificaciones que les han permitido trabajar luego en muchas otras.
Por si no fueran suficientes motivos de preocupación, la mayor inversión privada que se haya realizado nunca en Cantabria, la repotenciación del salto de Aguayo, cuyo coste estimado es de 600 millones de euros, depende directa o indirectamente de que Garoña continúe abierta, porque está muy vinculado al almacenamiento de la energía que la central burgalesa produce durante la noche y que el mercado no puede absorber. En Aguayo esa electricidad se utiliza para bombear el agua del pantano inferior al superior, y vuelve a recuperarse de día, al caer de nuevo el agua.
Tantos afectados no parecen haber conmovido a los propietarios de Garoña, que han insistido en su autismo, ante la perplejidad del Gobierno de Mariano Rajoy, que no esperaba un desplante semejante. El pasado 6 de julio finalizaba el plazo de gracia para pedir la continuidad y, tampoco esta vez los propietarios se acercaron a la ventanilla. Pero en este juego del gato y el ratón, el Gobierno ha decidido volver a retorcer la legalidad y dar un año más a Endesa e Iberdrola para tomar la decisión. Hasta entonces, la central seguirá parada, como una zombie, sin que nadie sepa si esa parada es definitiva o no. Ni el Gobierno, ni los propietarios, ni cuantos se ven afectados directa o indirectamente.
Aún en el caso de que pudiese revertirse la situación legal –que ha pasado a ser la de desmantelamiento– la adaptación para la continuidad no sería barata. La central necesitaría unas inversiones significativas para afrontar la prórroga, sobre todo tras el accidente de una gemela en Fukushima, si bien es cierto que el riesgo sísmico en Burgos es mínimo.
Lo único constatable en estos momentos es que cada día que Garoña permanece cerrada es una mala noticia para la economía cántabra, que no está sobrada de optimismo.