LOS PRINCIPALES EPISODIOS ECONOMICOS DEL SIGLO XX

Cuando se acaba una guerra hay motivos para estar feliz. Quizá esa sea la razón de que los años 20 del pasado siglo casi siempre lleven añadido el adjetivo de felices, aunque, en realidad, no lo fueron tanto y estuvieron tan marcados por una circunstancia económica, la hiperinflación, como por el charleston.
Lo que por entonces se conoció como La cuestión del Rhur –la hiperinflación–, fue un error precedido por otro error de bulto: las reparaciones exigidas por los perjuicios de la guerra.
Entre las cláusulas del tratado de paz que ponía fin a la Primera Guerra Mundial se encontraba la obligación de Alemania de pagar indemnizaciones a los vencedores, que Francia calculó en 220.000 millones de marcos-oro, una estimación inicial con la que otros aliados no estuvieron muy de acuerdo. La delegación americana hizo la observación que eso no lo podría pagar Alemania ni siquiera en 50 años y el asunto quedó pospuesto para que lo resolviera una comisión, lo que a la postre se traduciría en una reducción de la cifra.

Keynes
A la conferencia de paz de Versalles acudió con la delegación inglesa un joven economista que con sus teorías iba a cambiar toda la historia posterior de esta ciencia. Se trataba de John M. Keynes quien, en noviembre de 1919, escribió un libro titulado “Las consecuencias económicas de la paz”, de gran repercusión.
Si hasta entonces la ratificación del tratado había ido perdiendo interés para la opinión pública de Gran Bretaña, la actitud de la población cambió de forma radical tras la publicación del libro. Keynes explicaba que la ruina europea empezó por la guerra pero si se aplicaba el Tratado en los términos previstos, resultaría aún mucho más grave la posguerra, ya que hundiría la economía alemana por mucho tiempo y Alemania era el motor europeo antes de 1914, gracias a un fuerte desarrollo basado en la explotación del carbón y del acero propios y en el comercio exterior. Si a Alemania, razonaba Keynes, le quitamos los barcos, las colonias, el carbón y el hierro no podrá exportar nada y mucho menos, pagar las reparaciones de guerra, para lo cual le resulta imprescindible vender al exterior bienes industriales.
Sin embargo, los mentores del Tratado, decididos a tomarse la revancha, no parecían muy dispuestos a comprender que el resurgir del país derrotado era imprescindible para la reconstrucción europea y, mucho menos, a aceptar que, en la práctica, ellos mismos lo estaban impidiendo con las reparaciones de guerra exigidas.

Alemania
En Alemania el ejército continuaba siendo importante y la República de Weimar, o sea el régimen democrático improvisado de la noche a la mañana, no tenía ningún tipo de raíces; en tal contexto, el ministro G. Stresemann reflexionaba en términos muy prácticos lo siguiente: “Necesitamos urgentemente algunos miles de millones”. El caso era que si Alemania no llegaba con urgencia a un trato con los países poseedores de capital iba derecha al cataclismo económico porque no tenía con que financiar a sus empresas.
A los seis meses del Tratado, Alemania pidió una moratoria en el pago, alegando la caída del valor del marco, lo que Francia interpretó como una cierta desgana en el cumplimiento de lo acordado y respondió de una manera muy expeditiva, con la ocupación de las minas del Rhur para su explotación y beneficio, o sea, técnicamente hablando, con la toma de la prenda pignorada. Pero cuando Francia optó por la vía de los hechos, se enfrentó con la resistencia pasiva alemana, en forma de una huelga de los mineros y los empleados de ferrocarriles, detrás de la cual estaba el Gobierno del Reich.
Los ingleses también estaban en desacuerdo con la postura francesa, ya que consideraban la operación nefasta para la economía europea y, en concreto, para sus intereses exportadores, pero no llegaron a deslegitimar la posición francesa y eso acabó por desmontar la estrategia alemana de resistencia.
La consecuencia fue uno de los episodios más antieconómicos de la historia económica. El Gobierno alemán optó por gastar 350.000 millones de marcos que no tenía a cuenta de generar inflación monetaria, y dio lugar a las cotas más altas nunca conocidas. En 1923 un dólar iba ya por 10.425 marcos; a los seis meses valía seis millones de marcos y quince días después ya eran 142 millones. Entre enero de 1922 y noviembre de 1923 el índice de precios se había multiplicado por 10.000 millones y ya no había, ni siquiera, una cifra fiable de contravalor. Un inversor que en 1922 fuese propietario de bonos alemanes por valor de 300 millones de marcos no tenía ya ni para comprase un caramelo.
Esta catástrofe bloqueó los negocios, pero las cosas no iban mejor en la industria, que llegó a una situación de parálisis por falta de carbón. El órdago del gobierno para hacer frente a los pagos había descolocado todo el sistema económico y sus repercusiones sociales fueron mucho más graves de lo que pudieron imaginar quienes diseñaron una estrategia semejante. Según el economista británico L. Robbins “la depreciación del marco destruyó la riqueza de los elementos más sólidos de la sociedad alemana y dejó tras de sí un desequilibrio moral y económico, preparando de esa manera el terreno a los desastres que vinieron después”, en clara alusión al nazismo y la Segunda Guerra Mundial.
Francia ni siquiera pudo recoger el éxito de su victoria política en la redacción del Tratado, pues el franco comenzó a bajar también con respecto al dólar hasta un 20% durante un año.
Esto, como habrán imaginado los lectores, acabó con la política de inflexible exigencia de reparaciones con respecto a Alemania.

El Plan Dawes
El planteamiento de pagos se recompuso y el comité internacional de técnicos, presidido por el americano Dawes, fijó en cinco años de anualidades crecientes la cuantía que debía sufragar Alemania, empezando por 1.000 millones de marcos-oro para terminar por 2.500, garantizados con obligaciones sobre los ferrocarriles y la industria alemana.
El plan se cumplió satisfactoriamente y Alemania pagó, pero ¿por qué pago? La respuesta es muy sencilla: por la afluencia de capitales extranjeros. Los inversores internacionales consideraron que, puesto que Alemania no había sufrido devastaciones importantes en la guerra, estaba en condiciones de reanudar su desarrollo económico anterior. Los bancos extranjeros no dudaron en participar en esta financiación a los alemanes, así como en asumir las emisiones de deuda de sus servicios públicos y ciudades o en aprovechar la oportunidad para la compra valores industriales y de inmuebles en suelo germano.
En cinco años entraron en el país 23.000 millones de dólares, si hacemos caso al Reichsbank, o 30.000, si hacemos caso a los franceses, así que una simple operación aritmética indica que esta vez no tuvieron problemas para pagar los 7.500 millones por reparaciones de guerra.
Todo parecía normalizado cuando en 1926 surge otra vez Keynes, quien advierte que ese sistema es absolutamente precario, porque si EE UU le presta el dinero a Alemania y ésta lo emplea en pagar a los aliados, el problema económico se volverá a plantear de nuevo antes o después. En el año 1929 con la famosa crisis, se cumplió su profecía. Los americanos dejaron de hacer inversiones y, automáticamente, Alemania dejó de pagar.

Más pagos
En realidad, todo el mundo tenía deudas, los que perdieron y los que ganaron. Francia y Gran Bretaña le debían a los EE UU unos 10.400 millones de dólares que habían recibido durante la guerra, lo que dio lugar a muy ásperos debates, pues los franceses, con buena lógica, querían responsabilizar de esta deuda a los alemanes. Los americanos habían ofrecido en 1922 un pago escalonado en cuarenta y siete anualidades, a un interés del 4,5% una fórmula llevadera y un interés que posteriormente se redujo aún más.
La discusión de Francia con EE UU sobre su obligación de pago duró hasta 1929. Los franceses necesitaban la colaboración americana para sostener el franco, pero no renunciaban a su reclamación ante este país, dado que el presidente del comité internacional que decidió rebajar las compensaciones de guerra exigidas a los alemanes estuvo presidido por un norteamericano.
El desorden comercial seguía siendo enorme y la desigualdad en el acceso a los recursos naturales y a los combustibles también. Ni siquiera la creación de la Sociedad de las Naciones sirvió de mucho en este terreno. Pero la guerra había producido una consecuencia más evidente: EE UU había entrado en una senda de desarrollo asombroso y Europa no acababa de despegar, algo que se atribuía a las barreras arancelarias internas y a las deudas que arrastraban todos los países.
De esta manera, el mundo quedó preparado para una nueva crisis económica y política. El siglo XX no salía de una para meterse en otra.

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