Turismo:
Un sector de cuatro estrellas
Desde que la antigua Diputación Provincial creó la empresa pública Cantur con la doble intención de fomentar el turismo y desarrollar algunas de las comarcas más deprimidas, el sector público se ha implicado de una forma muy directa en sacar partido a las condiciones naturales de Cantabria.
Tanto que el Gobierno prácticamente gestiona por sí mismo todos los puntos turísticos de interés, desde la estación invernal de Brañavieja a la Cueva del Soplao, pasando por Cabárceno, el teleférico de Fuente De o el Museo Oceanográfico. Aunque no siempre le ha acompañado el éxito económico –la mayoría de los centros turísticos que explota son francamente deficitarios– se han convertido en una palanca extraordinaria para el sector privado, aunque nunca como ahora ha habido menos entendimiento entre unos y otros. El consejero de Turismo no recibe al presidente de los hosteleros, con el argumento de que no puede atender personalmente a todo el que lo solicita y el desencuentro que nació hace año y medio con la adjudicación de la campaña turística ‘Cantabria Infinita’ lleva visos de perpetuarse.
Subida de precios
Desde que en 1990 se abrió al público Cabárceno, los activos turísticos de Cantabria han crecido de forma muy rápida, y eso se ha convertido en una forma de inversión indirecta en el sector hostelero. Mientras la iniciativa privada ponía las camas, el Gobierno abría nuevos atractivos para fomentar las visitas. De esta forma se ha conseguido detener un proceso que llevaba camino del precipicio, dado que las plazas hoteleras prácticamente se han triplicado desde entonces y el movimiento de turistas en España no crece, ni mucho menos, a un ritmo semejante.
En el último año se han incorporado al censo hotelero 2.500 nuevas camas, hasta alcanzarse las 22.500. Esto significa que el sector necesita cada temporada teóricamente un 10% más de turistas para mantener el mismo nivel de actividad y siempre que permanezcan en la región el mismo tiempo, algo que no resulta sencillo, porque el turista es cada vez más volátil.
Había cierto temor a lo que podía ocurrir este verano, porque los turistas han perdido la costumbre de hacer reservas, pero los resultados parecen muy satisfactorios. Probablemente ningún hecho deja tanta constancia del éxito como la evolución de los precios: Cantabria ha sido la comunidad española donde más han crecido las tarifas hoteleras en los últimos doce meses (un 4%), mientras que ninguna otra zona costera ha registrado subidas superiores al IPC y capitales como Madrid empiezan a notar los efectos de la masiva incorporación de habitaciones, con un descenso de un 0,9% en los precios.
No obstante, eso no ha significado un avance significativo en la desestacionalización que padece el sector. La oferta hotelera cántabra varía de una forma extraordinaria según la temporada. Según los datos del INE, la región sólo ofrece 9.801 plazas hoteleras en enero, mientras que en agosto abre todo lo que tiene y llega a las 22.496. El hecho de que casi dos de cada tres establecimientos sea temporero desvela la desnudez del sector: Se trabaja cuando se puede y en función de la demanda, una fórmula que también se ha trasladado a bares de copas, pubs y discotecas, muchos de los cuales han optado por cerrar de lunes a jueves, porque el negocio no justifica la apertura.
Pasajeros volátiles
El flujo de viajeros que mueven los aviones de Ryanair parecía destinado a equilibrar la demanda durante el resto del año, pero se ha notado más en los coches de alquiler que en las habitaciones. La ocupación media de los hoteles cántabros no alcanza el 43% a lo largo del año, aunque en agosto –en este agosto– se haya llegado al lleno técnico en la primera quincena.
El sector turístico aún no ha conseguido transformar los viajeros de Ryanair en clientes. Cada mes, la compañía irlandesa trae a Cantabria unas 12.500 personas procedentes de Roma, Londres y Frankfurt, por este orden, y lleva otras tantas. Sin embargo, las estadísticas sólo reflejan un incremento promedio de 3.000 pernoctaciones mensuales desde que empezaron a operar estas líneas, lo que indica que, al igual que ocurre con el ferry, el viajero en muchos casos ni siquiera permanece una noche en la región.
Competir consigo misma
En realidad, Cantabria compite desde hace tiempo contra sí misma más que contra otras zonas turísticas. Más de un millar de viviendas nuevas de las que se construyen en la región cada año se venden a personas residentes en otras autonomías que las van a dedicar, exclusivamente, a vacaciones. Buena parte de ellos eran veraneantes en Cantabria, por lo que este flujo ininterrumpido de compradores de viviendas representa una sangría permanente en la clientela hotelera tradicional de cierto poder adquisitivo. De esta forma, los hoteles locales han de superar el efecto que causa la apertura de más plazas y el desvío de parte de la demanda hacia la vivienda propia. Y este verano, al menos, han sido capaces de superar ambos.
El sector es consciente de que eso no garantiza el éxito permanente, pero confía en las nuevas inyecciones que ha recibido la oferta recreativa regional y en el creciente efecto de los vuelos de Ryanair, en cuyo aprovechamiento deberá echar más imaginación, ya que los extranjeros siguen sin alcanzar el 15% de la contratación de las plazas hoteleras, cuando en el conjunto del país suponen el 52,5%.
El triunfo de las cuatro estrellas
Cantabria sigue teniendo más tirón para el turista nacional –quizá porque fuera es muy poco conocida– y de un poder adquisitivo medio-alto. Frente a lo que podía suponerse, los hoteles con mayores expectativas de colgar el cartel de completo son los de cuatro estrellas, con una ocupación media a lo largo del año del 52,9%, seguidos de los de tres (49,7%), los de dos (41,1%) y los de una (38,7%), que ni siquiera consiguen llenar en agosto.
Las estadísticas no hacen sino confirmar lo que los hoteleros ya habían detectado hace tiempo, cuando se lanzaron a la construcción de establecimientos con más estrellas y no tanto por la diferencia de precios –en Cantabria los hoteles de lujo aplican tarifas que en bastantes casos apenas se diferencian de los de tres estrellas– como por la ocupación. Esto ha dado lugar que se produzca un hecho que hace sólo diez años hubiese costado predecir: el 28,7% de los clientes se alojan en hoteles de cuatro estrellas, casi el mismo porcentaje que los ocupantes de establecimientos de tres (31%), que aunque conservan el liderazgo, no lo mantendrán por mucho tiempo.
Atractivos turísticos
Resta por resolver un problema: el cliente de cuatro estrellas permanece menos tiempo: 2,26 noches, frente a las 2,45 de media. La solución, en opinión de algunos hoteleros, puede estar en los paquetes turísticos con visitas organizadas a algunos de los muchos puntos de la región que han conseguido atraer la atención del turista nacional, entre ellos la Cueva del Soplao, la última demostración de que en Cantabria siempre se puede sacar otro conejo más de la chistera. Parecía difícil añadir algo sustancial a un patrimonio que ya reunía la Cueva de Altamira, Santillana del Mar, Cabárceno o los Picos de Europa entre sus ofertas turísticas, pero cada vez es más evidente que el cupo no está agotado.
El tirón de todos ellos es significativo. Por Cabárceno pasaron el mes de julio algo más de 75.000 personas. El teleférico de Fuente De tuvo un éxito histórico, con 53.600 pasajeros y la Cueva del Soplao, 52.000 visitantes. Unas cifras muy considerables si se tiene en cuenta que parques temáticos de los que se esperaban auténticas convulsiones turísticas nacionales, como Terra Mítica, Warner o Isla Mágica tienen dificultades para alcanzar el millón de visitantes al año.