Un pasaporte al empleo
Antonio García Barquín fue (así lo define el director de los Salesianos, Alfonso Valcárcel) “el bienhechor” de la Escuela Profesional Salesiana en Santander. Tras volver de su aventura en México, a donde había emigrado en un barco de vapor, este indiano, el menor de 14 hermanos, visitó unos talleres profesionales en Madrid y quiso trasladar esta idea a Cantabria, para que en su región de origen hubiese una vía que facilitará la inserción en el mercado laboral.
Por estos módulos, que en el 2006 celebraron medio siglo, se calcula que han pasado ya unos 2.500 alumnos y, de los 1.200 estudiantes que tiene el colegio Salesianos en la actualidad, unos 150 están matriculados en estos talleres.
Un futuro prometedor
El 1956 se inauguró oficialmente la Escuela Profesional, aunque los Salesianos, antes incluso de que el Colegio comenzara su andadura en 1908, ya habían puesto en práctica talleres similares, que se impartían en el colegio de La Anunciación (antes Las Viñas), que también eran propiedad de la orden. En esos cursos se formaba a los muchachos, desde 1892, para facilitar la posibilidad de encontrar un puesto de trabajo, dentro de una sociedad en donde los índices de analfabetismo eran muy altos.
En la actualidad, se imparten módulos de formación profesional de grado medio, como los de mecanizado e instalaciones electrotécnicas, a los que se accede tras haber superado la Educación Secundaria Obligatoria (ESO); y los de Grado Superior, como el de Telecomunicaciones e Informática, que se inician después del Bachiller. En ambos casos, los ciclos formativos tienen una duración de 2.000 horas, repartidas en dos cursos. En el último año, los alumnos realizan prácticas en uno de los 130 centros de trabajo con los que el Colegio tiene convenios, en donde aplican lo aprendido durante el módulo.
Una vez el período de prácticas, las estadísticas indican que más del 50% de los alumnos se quedan trabajando en la empresa. El 60% de los que no son contratados, dice el responsable del departamento Escuela–Empresa, Oscar Lanza, consiguen un puesto laboral antes de seis meses. El 78% de los alumnos que hicieron el módulo de mecanizado en el último curso trabajan ya por cuenta ajena, un porcentaje casi imposible de conseguir con los estudiantes que se licencian en la Universidad. Y es que, afirma Alfonso Valcárcel, no existe un equilibrio entre la oferta y la demanda: “Las empresas necesitan más mano de obra que puestos directivos”, sostiene.
Oscar Lanza pone de manifiesto la importancia de la colaboración entre el Colegio y las empresas: “Es muy positivo que los estudiantes pongan en práctica la teoría, pero también lo es que las empresas puedan conocer a candidatos con nuevos perfiles”. Este convenio entre la institución académica y los centros de trabajo continúa una vez terminado el período formativo. El Colegio dispone de una bolsa de empleo a la que las empresas recurren cuando necesitan cubrir alguna vacante. “Muchas veces esas bolsas están vacías porque todos los estudiantes están trabajando”, asegura Oscar. El pasado año, casi el 35% de los inscritos consiguió hacerse un hueco en el mercado laboral.
Prejuicio social
Alfonso Valcárcel insiste en que, pese a que la formación profesional tiene una salida laboral directa y abre las puertas para que los estudiantes desarrollen talentos que no afloran durante la educación obligatoria, sigue habiendo un prejuicio entre las familias, que no quieren que sus hijos curse estos talleres: “Aún se piensa que la única salida honrosa es la Universidad”. Pero, el éxito de estos ciclos formativos es tan evidente que desde 1995 la Escuela Profesional Salesiana es centro colaborador del Servicio Cántabro de Empleo, e imparte cursos relacionados con la electricidad, la mecánica y la soldadura.
Más de un universitario desearía que al terminar la carrera, las expectativas de encontrar trabajo fueran tan esperanzadoras como las de los ciclos formativos en los que, a pesar de que el colegio es mixto desde 1990, sigue habiendo mayoría masculina.