Volvamos a la peseta
Cada vez que el periodista pone un titular, cada vez que una tienda coloca un cartel de precios y cada vez que alguien pretende anunciar una oferta, surge la misma duda: ¿En euros? Todos somos conscientes de la legalidad y todos sabemos, mejor o peor, manejar las nuevas monedas, pero también somos cada vez más conscientes de que nuestra estructura mental sólo funciona en régimen automático cuando se trata de pesetas. Cualquier otra información tiene que ser procesada para poder ser digerida y eso es incómodo y cansado. Mucho más si hay que procesar un escaparate entero.
Si los periodistas estamos eludiendo siempre que podemos los titulares en euros ante la convicción de que no impresionan nada (una inversión de 10.000 millones de pesetas se queda, simplemente, en 60 millones de euros), para los comerciantes el problema es parecido. ¿Quién puede reconocer al instante si un utilitario de 14.000 euros es caro o barato? Por eso, la mayoría ha optado en las rebajas por volver a recrecer las cifras en pesetas, la única referencia válida para que el común de la gente descubra un presunto chollo. Lo mismo ocurre a la hora de anunciarse, y no es casual que a lo largo del mes de enero hayan aparecido muchos reclamos publicitarios exclusivamente en pesetas. Y que nadie lo interprete como una escasa voluntad de colaborar, sino como una muestra de pragmatismo comercial.
Si alguien cree que las cifras en pesetas desaparecerán muy pronto de los carteles de las tiendas se equivoca. Desaparecerán las monedas físicas, pero no la unidad de cálculo, porque durante muchos años seguiremos pensando en pesetas. Los españoles hemos sido muy voluntariosos con el euro y lo hemos usado de buen grado desde el primer día –también es cierto que no había alternativa posible, una vez que se nos acabaron las pesetas–, pero, por muchos esfuerzos que hacemos, involuntariamente seguimos calculando en pesetas, de forma que la mayoría de la población vivimos en una esquizofrenia entre la unidad monetaria que manejamos con la cabeza y la que manejamos con las manos.
Ningún organismo público, por muchas campañas que haga va a poder borrar nuestro disco duro y reconfigurar los cerebros como se resetean los ordenadores. En Francia, tres décadas después de que los francos viejos fuesen sustituidos por los francos nuevos, un tercio de la población seguía hablando en francos viejos, aunque pagase en la nueva moneda, y la adaptación era mucho más sencilla, porque al fin y al cabo, sólo había que quitar ceros.
Después de la novedad del euro, se va a producir una progresiva aceptación de que su llegada triunfal ha sido más formal que otra cosa. Retornaremos instintivamente al territorio conocido y dominado e, incluso, acabaremos añorando las pesetas, ese estado de placidez mental que te permitía saber en todo momento si algo era caro o barato, si se ajustaba a tu presupuesto o no. Es posible, incluso, que si algún partido levantase la bandera de volver a la peseta, encontraría el mismo fervor con que nos fuimos de ella. Pero no hay que alarmarse. Tendremos euros hasta que dentro de no demasiado tiempo alguien se dé cuenta de que, puestos a simplificar, lo más práctico es que haya una sola moneda en el mundo y el euro se fusione con el dólar. Por lo pronto, la moneda americana se acaba de comer en las transacciones diarias al sucre ecuatoriano, una merienda de la que nada se ha comentado.