PARAISOS CERCANOS
No hace falta alejarse de Santander para encontrar rincones naturales muy especiales. A veces, en la misma capital. Es la ventaja de contar con una costa recortada, que casi siempre apunta al norte, pero que en ocasiones se revuelve sobre sí misma y mira al sur, gracias a bahías, estuarios y dunas de arena que ofrecen una visión muy distinta del Cantábrico.
Frente a las líneas de playa infinitas que resultan muy habituales en el Mediterráneo, el enfrentamiento del Cantábrico con la costa caliza forma más acantilados que playas y hace que cada una de ellas tenga un sabor distinto; que el agua llegue brava o mansa; que esté a la altura del camino o sea necesario descender unos cuantos tramos de escaleras, en el mejor de los casos, o por unos peldaños mal tallados en la roca, en el peor.
La variedad hace que cada uno busque la playa que más se adapta a sus gustos o a sus necesidades. Desde las de tipo familiar, como La Magdalena o El Sardinero, a las que se podría llegar a pie desde el centro de la ciudad –algo que ocurre en pocos lugares–, a playas de aguas abiertas como Liencres o Somo, paraíso de los surferos que buscan las olas que llegan a la costa sin desbravar.
Playas para los más desinhibidos, como Langre o Somocueva; para pasar el día en una excursión marítima, como el Puntal, o para sentirse dentro de un lago tranquilo y extraño en el que agua está permanentemente empeñada en subir y bajar, como Mogro o la cala interior que forma el Puntal.
En casi todos los casos, es protagonista la caliza. Esas grandes rocas que el mar ha dejado desnudas y desbastadas y que entregan un último servicio en forma de arena dorada. Roca, agua y un verde intenso que llega hasta el borde mismo del acantilado o allí donde empiezan las dunas.
En pocos lugares se mezclan los verdes y azules sin transición y esa frescura del paisaje deja imágenes imborrables, como la península de Mataleñas, donde los cuidados céspedes del campo de golf hacen aún más colorista esa convivencia.
Al otro lado de la Bahía, en Marina de Cudeyo, hay otro campo de nueve hoyos, La Junquera y, un poco más lejos, todo un histórico, el campo de golf de Pedreña, uno de los mejores y más conocidos de España, con 27 hoyos. Quien quiera llegar a el por mar no tiene más que coger esa especie de entrañable autobús marítimo que son las pedreñeras, que le dejarán al pie mismo del campo.
El mar no solo es el espejo donde se mira la ciudad, sino un recurso de ocio permanente. Desde primera hora de la mañana de cualquier festivo, los arenales llanos que la bajamar libera se utilizan para la liga de fútbol playa. Las palas, una especie de tenis de arena donde el afán por hacer puntos se ha reemplazado por la habilidad de no dejar caer la bola, han superado las modas y son omnipresentes.
A su vez, las tablas de surf y las velas del kite surf se hacen dueñas de las olas allí donde se ofrecen con más desparpajo.
Pero los auténticos reyes de la Bahía son los veleros, dispuestos siempre a dar la nota de color y manifestación de la vinculación de la ciudad con el mar, que no va a desaparecer por el hecho de que la flota mercante haya huido a pabellones con menos impuestos y leyes laborales más complacientes con las empresas, o por el escaso futuro del sector pesquero.
Para quien desee tener una pequeña experiencia marina, nada como embarcarse en las lanchas de Pedreña y Somo para hacer una pequeña incursión en mar abierto o al interior de la bahía, subiendo la Ría del Cubas, aunque en ese caso los servicios dependen de los horarios de las mareas, dado que sólo es posible remontar el curso del río en pleamar.
La oscilación de las mareas hace que el mar se adentre en el interior un par de veces al día y las consecuencias de este fenómeno son especialmente palpables en la Ría de Suances, hasta el punto que el escaso curso de agua del Besaya en bajamar se convierte en pleamar en una ría navegable por mercantes de cierto porte hasta Requejada, cinco millas tierra adentro. Eso significa que los mismos lugares pueden ofrecer dos paisajes muy distintos según las horas del día.
Mientras que en Galicia las rías se han convertido en una fuente de producción alimentaria, en Cantabria han sido utilizadas intensivamente por la industria, que se asentó en sus orillas, lo que ha provocado que algunas de ellas sufriesen un gran deterioro y que la propia Bahía de Santander conserve menos de un 10% de su perfil originario. No obstante, el saneamiento de los vertidos y la creación de paseos marítimos en muchos lugares donde ya no podía recuperarse el borde costero original han mejorado sensiblemente la relación tierra-mar y han alejado los peligros que se cernían sobre estos últimos paraísos que se encuentran a pie de casa.