La fábrica más dulce cumple 100 años
En pocos campos los avances de la medicina han tenido resultados tan evidentes como en la supervivencia infantil. Pero hay que reconocer que han contado con un aliado decisivo, la alimentación. Cuando en 1868 el farmacéutico alemán afincado en Suiza Henri Nestlé decidió mezclar leche en polvo, harina y azúcar para hacer una papilla con la que combatir la altísima mortandad del país –uno de cada tres niños moría antes de cumplir el año– abrió una nueva época. Su harina lacteada se convirtió no sólo en un éxito local, sino que inmediatamente se demandó desde Alemania y Francia. El inquieto Nestlé, que antes había fabricado una limonada gaseada e, incluso, gas para el alumbrado público, ya no tuvo dudas sobre el destino que debía dar al molino que había comprado en la provincia de Vevey, y que hasta entonces había resultado tan polivalente.
En 1873 era ya una auténtica fábrica y sus productos llegaban a ultramar, pero Nestlé era un hombre próximo a los 60 años y decidió vender la sociedad. Los nuevos propietarios, tres industriales de la ciudad, se lanzaron a un ambicioso plan de expansión internacional y en esa estrategia se aliaron, algunos años después, con la potente compañía de leche condensada Anglo Swiss, fundada por los hermano Page. Era el año 1905 y la nueva sociedad contaba ya con dieciocho fábricas, entre ellas la que Nestlé acababa de abrir en la localidad cántabra de La Penilla de Cayón.
Reticencias iniciales
Nestlé llevaba treinta años exportando su harina lacteada a España, pero cuando nuestro país estableció fuertes aranceles a las importaciones, la empresa suiza se encontró con que la única forma de conservar el mercado que ya había conquistado era fabricar dentro del país y, lo más lógico era buscar una región donde la leche fuese abundante. Nestlé eligió el valle cántabro de Cayón, y en concreto, una zona próxima a la estación del ferrocarril de La Penilla, un lugar que permitía dar salida al producto terminado con facilidad.
La fábrica comenzó a construirse en 1904, simultáneamente con la planta de carbonato que los belgas de Solvay levantaban en Barreda. Un año más tarde, comenzaban a salir de sus instalaciones los botes de harina lacteada. Eso no significa que todo fuese sobre ruedas. Los ganaderos locales se habían hecho eco de un rumor que ponía en cuestión la formalidad de los suizos y se mostraron muy reticentes a entregar su leche a la empresa. Tanto que Nestlé se vio obligada a pagar al contado cada entrega diaria. Las susceptibilidades se disiparon con el tiempo y diez años después, la factoría de La Penilla transformaba ya mil litros de leche diarios, el doble de la producción inicial. Además, desde 1910 había empezado la producción de la leche condensada La Lechera.
Los dos productos de La Penilla se popularizaban en España a un ritmo vertiginoso. Con publicaciones propias, cromos y, sobre todo, con una curiosa promoción que canjeaba etiquetas por participaciones en la Lotería de Navidad, en la década de los 20 prácticamente todo el país conocía el harina lacteada y la leche condensada.
En 1828 el infante Don Jaime, que veraneaba en Santander, junto a sus padres, los reyes, pulsó el botón que ponía en marcha una tercera línea de producto, los chocolates con leche.
La multinacional suiza, no obstante, se había encontrado en la región con una dura competidora, la Lechera Montañesa, que fabricaba en Torrelavega su propia leche condensada y su harina lacteada. Nestlé decidió resolver el problema adquiriendo a su rival, en 1930.
El Pelargón
La guerra española no afectó demasiado a la fábrica de La Penilla, amparada en la neutralidad suiza, y la posguerra volvió a reafirmar su capacidad de penetrar en todas las capas sociales. La salida al mercado de la leche infantil Pelargón marcó a toda una generación. Pero las cosas no eran tan fáciles para la fábrica como cabía suponer. El país no generaba divisas y no se permitía realizar importaciones, lo que imposibilitaba mantener en activo algunas líneas y otros productos básicos, como la leche condensada, estaban intervenidos. La fábrica tuvo que dejar de hacer la mayoría de sus chocolates y cuando por fin pudo volver a sacar al mercado su leche condensada, en 1950, prácticamente había perdido toda la cuota anterior. De no haber sido por el éxito de sus productos de alimentación infantil –los únicos que no tuvieron las restricciones de posguerra– la fábrica de La Penilla hubiese tenido serios problemas de continuidad en esa época.
Nestlé tenía en la recámara un producto que habían desarrollado sus laboratorios suizos en 1937 y que, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, apenas se había comercializado: el café soluble. Cuando, por fin, se lanzó en Europa, con el nombre de Nescafé, fue un enorme éxito.
Nestlé, para entonces, ya había abierto otras plantas en España, pero optó por fabricar el Nescafé en La Penilla y en 1945 comenzó a salir de la fábrica aquel café instantáneo que no necesitaba ni cafetera ni filtro. Pero no era para consumir en el país. En la compleja España de la época, donde todos los mercados estaban regulados, el Nescafé sólo podía venderse en las plazas africanas, una situación que se mantuvo hasta 1954. A partir de ese momento, Nescafé fue el mejor aliado comercial que pudo imaginar la resucitada leche condensada La Lechera, de forma que Nestlé se encontró con un tándem imbatible, sobre todo después de la intensa promoción que la compañía hizo a través de programas radiofónicos.
El éxito de la Caja Roja
En los años 50, Nestlé comenzó la fabricación de especialidades farmacéuticas y en los 60, a medida que el mercado español se hacía más complejo, la compañía suiza diversificó su producción, especialmente después de fusionarse con otra compañía helvética de escala mundial, Maggi. Curiosamente, Maggi también había empezado su historia en un molino rural suizo, aunque en este caso, con harinas de legumbres, unos preparados de gran éxito dispuestos para que las mujeres que empezaban a trabajar fuera de sus casas, pudiesen hacer comidas más rápidas.
En la densa historia de Nestlé, luego llegarían los helados Camy y, tras sucesivas compras, los de las marcas Miko y Avidesa.
La Penilla continuaba con sus productos tradicionales, pero en 1964, el éxito del café soluble, que había alcanzado ya las 4.000 toneladas anuales, empujó a la multinacional a construir una planta específica en Gerona, a donde se trasladó la producción cántabra. Tampoco se consolidó en Cantabria la producción de yogures y postres Chamburcy, que fue una de las líneas de producción más activas entre 1974 y 1993.
Afortunadamente, el enorme éxito de los bombones de la Caja Roja, lanzados en 1972, han garantizado hasta hoy un nivel de actividad muy significativo para la planta, aunque la reciente robotización ha reducido drásticamente el número de mujeres que se ocupan del proceso de envasado.
La factoría cántabra también ha sido la primera en elaborar los cereales de desayuno, productos que sólo llevan dos décadas en el mercado español, pero que hoy parecen insustituibles en la alimentación infantil. Los primeros se comenzaron a fabricar en 1984, con marca propia, y más tarde, tras un acuerdo de Nestlé con la norteamericana General Mills, se han añadido variedades como Golden Grahams o Cheerios.
El efecto sobre la zona
Hoy, la planta de Cayón produce 73.000 toneladas al año de chocolates, cacaos solubles y lácteos. El 24% de esa producción se exporta, en algunos casos a países tan exóticos como Yemen o Kazaquistán. Sus efectos sobre la economía de la región no se producen exclusivamente a través del empleo que genera, unas 750 personas, que suponen al año 25 millones de euros en salarios. Nestlé recoge y transforma el 9% de la leche producida en Cantabria (unas 60.000 toneladas al año), un acopio que le cuesta 26 millones de euros, a repartir entre las 260 explotaciones suministradoras.
En los últimos tres años, la fábrica ha invertido 18 millones de euros en su mejora tecnológica y medioambiental. De esta forma, cien años más tarde, sigue siendo uno de los puntales de la economía cántabra.