Inventario

Un error de bulto

Cuando el país más poderoso de la Tierra toma una decisión, todo el mundo da por hecho de que el margen de error es muy pequeño, habida cuenta de la capacidad de reflexión que se le supone: los mejores asesores, los científicos más relevantes, los aparatos de cálculo más potentes y la mejor información, obtenida incluso por vías non sanctas, como la de espiar las conversaciones telefónicas de los demás. Pero, ¿y si la suma de todo eso diese como resultado una patada al sentido común? ¿Y si toda esa parafernalia en realidad sólo sirviese para encontrar justificaciones a decisiones que el presidente ya tenía previamente tomadas?
Los datos que poco a poco se van conociendo de la guerra de Irak son demoledores tanto sobre la forma en que se elaboraron los informes (alguno se copió directamente de un trabajo universitario) como sobre los posteriores maquillajes para hacerlos más atemorizadores ante la opinión pública. Quizá cuando se lea este comentario las tropas norteamericanas ya hayan encontrado a Sadam, pero por el momento ni siquiera han hallado a ninguno de los supuestos dobles, si es que realmente existían.
No merece la pena insistir en la inconsecuencia de que las tropas norteamericanas combatiesen sin especiales protecciones estando tan seguras de que el ex presidente iraquí poseía armas químicas de destrucción masiva, y mucho menos tratar de entender por qué no las utilizó cuando lo vio todo perdido. Démos por supuesto que todo ello formaba parte de una escenificación para alcanzar dos objetivos muy distintos a los que se manifestaban públicamente: fortalecer a Bush tras el desastre del 11-S por un sistema que los americanos entienden muy bien, el de la venganza (aunque en este caso, sobre terceros, ya que era imposible hacerlo sobre los autores materiales), y asumir el control de los segundos campos petrolíferos más importantes del mundo. Pues bien, ni siquiera a partir de esta interpretación sutil puede ponderarse el buen juicio y la calidad de la información de la Casa Blanca, que ha demostrado desconocerlo casi todo de la cultura islámica donde la religión desbarata muchas veces el sentido común.
Es cierto que acertó al calcular una guerra rápida, con muy pocas bajas propias, pero en poco más. Desde el momento de la ocupación todo resultó equivocado. Ni los chiíes represaliados por Sadam se abrazaron con euforia a las tropas ocupantes, ni supieron ganarse a las masas menos comprometidas con el régimen anterior asegurando la ley y el orden desde un principio. Las tropas no hicieron nada para evitar el caos y el pillaje, con el argumento de ser soldados, no policías. Una excusa demasiado endeble porque ahora, cuando oficialmente ya no hay guerra, los ataques diarios que reciben las tropas se definen como incidentes de orden público y, por tanto, se adjudica a las patrullas militares el papel implícito de policías.
El desorden y la larguísima interrupción de servicios básicos, como el suministro eléctrico, ha acabado por incomodar a los más favorables a la presencia norteamericana y cada vez son más nutridas las manifestaciones para exigir su salida del país, mientras la opinión pública estadounidense, que estaba preparada para una guerra pero no para una posguerra, no quiere saber nada de un goteo diario de víctimas en un conflicto que ha dejado de entender a medida que se desdibujan los papeles de iraquíes buenos y malos, los unos porque han resultado demasiado arrogantes en su sentido de la independencia y los otros porque han desaparecido. Pero ya se sabe desde la experiencia de Vietnam que cerrar las guerras resulta mucho más difícil que abrirlas.
Es cierto que Sadam ya no está, pero ni en Irak reina la pax americana, ni se puede bombear el petróleo, porque cada día hay un sabotaje, ni el botín de la reconstrucción es tan jugoso para las empresas beneficiarias, porque nadie quiere ir a un país tan peligroso. En estas condiciones, la moral de los vencedores se va minando poco a poco ante la impotencia y el desconcierto. Algo que no parecía tan difícil de imaginar, excepto para todos aquellos cargos políticos, expertos y asesores que dieron por seguro que el conflicto era asumible en coste humano, iba a ser un espaldarazo electoral para el presidente Bush y resultaría muy rentable para EE UU a largo plazo, además de afianzarlo como la única superpotencia que marca sus propias reglas de juego.
Es posible que Europa tenga mucha menos capacidad de información y menos asesores de alto nivel, pero parece que le funciona mejor el sentido común para evitar los avisperos. Y quienes hace sólo seis meses aventuraban que se quedaría descolgada de una nueva era de superpotencias es posible que hoy no se muestren tan seguros, ante la catarata de flaquezas políticas y estratégicas que han dejado entrever las secuelas de la guerra. Aunque no podamos sufragarnos los paraguas antimisiles de la Guerra de las Galaxias, en nuestra inconsciencia somos felices. Aquí, al menos damos el interruptor de la luz y estamos seguros de que va a funcionar. Si algún día se corta, no se nos pasa por la cabeza que pueda ser por culpa de Al Qaida, y mucho menos, que pueda tardar en regresar treinta horas, como en Nueva York. En fin, un mal mes para el prestigio norteamericano.

Intranquilidad turística

Lo que está ocurriendo en el sector turístico español es mucho más que un problema coyuntural, es todo un cambio de modelo. Como ocurre en la Bolsa, no se puede esperar que todos los años sean buenos, pero lo peor que puede ocurrir es que todo el mundo se ponga nervioso al mismo tiempo, porque los problemas se multiplican.
Nuestro modelo turístico ha funcionado muy bien hasta ahora y se ha convertido en la primera fuente de ingresos del país, de forma que el sol y los cinco mil kilómetros de costa han sido nuestro petróleo particular. Es verdad que algún mérito hemos añadido: A medida que llegaban los visitantes hemos construido una infraestructura hotelera capaz de albergar a los más de cuarenta millones de personas que pasan cada año por nuestro país, tantos como los habitantes de derecho. Pero ha llegado el momento en que el modelo da los primeros síntomas de agotamiento.
Durante muchos años hemos tenido un mercado inagotable en Europa, siempre dispuesta a bajar al sur. Ahí llegamos tan lejos como se podía y nos hemos convertido en el primer destino de británicos y alemanes. Todavía quedaba el mercado interior, y la progresiva incorporación de los españoles al torrente turístico seguía justificando el incremento de plazas hoteleras, pero los hoteles siguen aumentando y la nueva clientela potencial hay que buscarla ya con lupa. En estas circunstancias, que habían de llegar antes o después, los hoteleros sólo tienen dos soluciones: o quitarle los clientes a otro, o ir a buscarlos cada vez más lejos.
La dos estrategias las hemos visto este verano. Baleares hace prospecciones en los países del Este, donde está apareciendo una clase social con recursos y ganas para venir a España, pero insuficiente por el momento. La otra opción, la de quitar clientes a la competencia, ha creado un efecto depredador que nunca se había visto y lleva camino de convertir el remedio en una enfermedad bastante peor.
En sólo dos años, la guerra de precios de Baleares y Canarias para completar las plazas ha tenido un efecto evidente: los españoles han cambiado su estrategia de vacaciones. En lugar de reservar con antelación, esperan a última hora, porque saben que incluso en las semanas más demandadas de agosto hay ofertas casi de temporada baja. Aún en el caso de que esas ofertas sólo sean un gancho publicitario de las agencias –que muchas veces lo son– el efecto es el mismo. Los hoteles de zonas tradicionales, como Cantabria, se encuentran sin reservas para el verano, y surge el nerviosismo. Las decisiones se atropellan y acabamos todos contagiados por esas mismas guerras de precios.
La pérdida de ingresos ni siquiera es ocasional. El segundo problema que origina la guerra de tarifas es mucho más grave que el primero. España, que tenía posicionado su turismo en un segmento claro de tarifas, ha entrado en otro modelo turístico distinto, el de la subasta, y la clientela, que reacciona muy rápido, empezará a moverse exclusivamente por las ofertas. Quien crea lo contrario puede repasar las modestas expectativas que se le suponían hace cinco o siete años a las compañías de los vuelos baratos y los quebraderos de cabeza que hoy le dan a las flotas de bandera.
Hay que reconocer que todo esto resulta favorable para el consumidor, que quizá viaje más, y es posible, incluso, que llegue a servir para que alguien de Iberia se vea moralmente impelido a explicarnos cómo puede costar lo mismo el vuelo de ida y vuelta a Madrid desde Santander, que pasar en Ibiza una semana entera en un hotel, en plena temporada alta y, por supuesto, con el viaje de avión incluido. Pero salvo estas poco probables expectativas, todo lo demás serán problemas.

Barreras

Hace poco más de un año, después de una trifulca comercial con Europa, el presidente norteamericano impuso unos aranceles de hasta un 30% sobre las importaciones de acero. Además de demostrar que a EE UU no le tiembla la mano de las represalias ni siquiera cuando ha de trastocar sus principios liberales, Bush tenía otras razones. Necesitaba los votos de los estados siderúrgicos (Virginia Oeste, Ohio, Pennsylvania y Michigan) para la reelección en el 2004, y era consciente de que las acerías locales están pasando una mala época.
Pero, en la economía, manipular algunos factores tiene la mala virtud de contaminar otros, y el precio del acero en EE UU ha subido de forma vertiginosa, lo que ha provocado que el problema de las siderurgias se haya trasladado a las fábricas de bienes de equipo y de automóviles, donde ha provocado un descenso de la competitividad y una oleada de despidos.
Como no podía esperarse otra cosa, ahora las presiones sobre el presidente son para exigirle la retirada de los aranceles, algo que vendrá muy bien a nuestras siderurgias y que demostrará lo inútiles que son las represalias comerciales en un mundo donde cualquier alteración del libre comercio tiene una eficacia limitadísima y siempre negativa.

Suscríbete a Cantabria Económica
Ver más

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba
Escucha ahora