Ingeniería estadística para hacer bajar el paro
Entender las estadísticas de paro registrado no es sencillo. Cualquier persona que eche una ojeada a las tablas que aparecen en la web de Emcan, el Servicio Cántabro de Empleo, creerá de buena fe que las 77.122 personas que aparecen registrados a finales de marzo como demandantes de empleo de Cantabria son parados. En realidad, sí, pero según las estadísticas gubernamentales, no.
Puede resultar poco comprensible, porque no estamos hablando de una encuesta, como la EPA, que hace un muestreo y a partir de las declaraciones de quienes dicen tener interés por trabajar pero no encuentran un empleo proyecta una estimación sobre la cifra total de desempleados. El paro registrado aparentemente es exacto. Puede que no recoja todo el que existe, porque muchas personas no tienen interés en acudir a inscribirse, sobre todo cuando ya no pueden recibir prestaciones, pero se supone que todos los inscritos son parados.
Sin embargo, a efectos de cómputo estadístico, no. Desde una orden publicada en 1985, siendo ministro de Trabajo Joaquín Almunia, el Gobierno deja fuera de este censo a quienes están haciendo cursos, a los afectados por los eres de suspensión, a los prejubilados –que ya no aspiran a encontrar otro empleo– a quienes siguen matriculados en algún tipo de estudio, a los fijos discontinuos… Puede resultar discutible o no, pero nadie ha cambiado esta norma en casi treinta años. Y de esa manera, el paro que se comunica cada mes a los medios informativos se reduce sensiblemente.
Pero en marzo esta merma estadística resultó chocante: el Gobierno cántabro anunció con alborozo una sensible reducción del paro y, sin embargo, la cifra de demandantes inscritos en las oficinas del antiguo INEM había crecido en casi 1.800 personas. Eso hizo sospechar a los sindicatos y a los partidos de la oposición, hasta el punto que el PSOE presentó una iniciativa para que la consejera de Economía explicase los motivos de tan extraño comportamiento de los registros.
La responsable de Empleo se zafó de explicar cómo se han cocinado las estadísticas de marzo, pero lo cierto es que no es posible explicarlas con los ingredientes habituales. De acuerdo con las estadísticas de los meses anteriores, el paro registrado en la región hubiese crecido proporcionalmente hasta un número de casi 60.000 personas, una barrera psicológica que sólo ha superado la EPA. Sin embargo, se quedó en 58.313.
La razón aparece rebuscando entre los colectivos que se excluyen de la cifra de paro una vez depurada, el de las demandas de empleo suspensas con intermediación (quienes están haciendo cursos para activos o para desempleados), una cifra que ha pasado de 1.636 personas en enero y 2.549 en febrero a nada menos que 4.041 en marzo, sin motivo aparente.
Según la propia consejera, en estas acciones formativas estaban participando en marzo 1.174 desempleados. El resto, los otros 2.867 con demandas suspensas son, hoy por hoy, un misterio.