Ni costeras ni barcos

En Cantabria no se ha matriculado ningún pesquero en los cuatro últimos años. Detrás de este dato, que puede ser un reflejo de la mala situación de algunas costeras, se esconde también una evidencia, la de que los armadores locales rebañaron a fondo los generosos recursos europeos del IFOP concedidos a España a finales de los años 90 y comienzos del presente siglo para renovarse. Gracias a esa financiación, que a cambio obligaba a achatarrar embarcaciones antiguas, Cantabria pasó a tener la flota de bajura más moderna del país. Ese despliegue de medios no se corresponde con las posibilidades reales de pesca, por agotamiento de los caladeros o por vedas y cierres temporales. Terminadas las ayudas, ni hay nuevas necesidades ni las expectativas del sector animan a más inversiones.

Menos barcos pero más eficientes

Hasta mediados de los años sesenta, el volumen de capturas invitaba a pensar que el mar era una fuente inagotable de recursos. En aquella época la flota de Cantabria rozaba los 400 barcos y daba empleo a 2.500 tripulantes.
Una década después sonaban las primeras alarmas y, ya en los años 80, Europa empezó a tomar medidas para proteger a determinadas especies.
La regulación de los recursos pesqueros convertía en urgente la reestructuración de una flota que había quedado muy obsoleta, formada por barcos de madera y con una edad media de nada menos que 35 años. Había que renovar una flota muy envejecida para modernizarla, hacerla más productiva y, de paso, mejorar las condiciones de vida y de trabajo a bordo.
No fue hasta 1995 cuando la flota de Cantabria inició su reconversión aprovechando los fondos estructurales de la Unión Europea.
Las subvenciones destinadas al abandono de la actividad permitieron el desguace de unos noventa barcos, cuyos derechos de pesca se podían destinar a la construcción de nuevos pesqueros. Las ayudas aportadas por la Unión Europea fueron complementadas por las aportaciones del Gobierno regional que, desde que se inició el proceso de renovación de la flota, ha dedicado más de 75 millones de euros a desguaces, modernizaciones o a la construcción de nuevos buques de pesca.
Tras el proceso de ajuste del sector, hoy son unos 160 los barcos que componen la flota cántabra, apenas la mitad que hace veinte años, aunque sensiblemente mayores. La calidad de los nuevos buques los hace mucho más competitivos, hasta el punto de que la eficiencia extractiva de la flota pesquera supera a la que se lograba en los años ochenta, con muchos menos barcos y tripulantes.
También ha cambiado el paisaje portuario, al disminuir el número de embarcaciones censadas. Esto se nota especialmente en dársenas como las de Santander o Laredo, donde la bulliciosa presencia de las embarcaciones de bajura que hasta hace dos décadas llenaban sus muelles –el de Santander, con 115 naves era el puerto con mayor número de embarcaciones y el de Laredo, con 68, el segundo más numeroso de la región– se ha reducido en dos terceras partes.
Idéntica suerte han corrido los renovados puertos pesqueros de Suances, Comillas, Castro Urdiales, Santoña y San Vicente de la Barquera, y algunos fondeaderos, como el de Requejada, han visto como desaparecía por completo su actividad. Esta evolución evidencia la pérdida de protagonismo de un sector que tuvo un peso histórico en Cantabria.

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