Inventario
Telefónica se rinde
La absorción de Vía Digital por Canal Satélite pone fin a un lamentable proceso político-económico que ha durado casi seis años. De haberse tratado de una mera batalla entre dos empresas, poco habría que decir, excepto que ha ejemplificado un perfecto disparate económico, pero ni mucho menos ha sido eso. Es bueno leer el libro de Jesús Cacho, furibundo antipolanquista, para comprender hasta qué punto llegó a convertirse en un objetivo del Gobierno el hundir la plataforma digital de Prisa, costase lo que costase. El dinero lo ponía Telefónica, una empresa pública usada de una forma descarada y abusiva por José María Aznar y Miguel Angel Rodríguez, otro de los caídos en esta batalla.
Telefónica parecía una mina de oro inacabable y poco importaba lo que pudiese perder en estas operaciones al servicio del poder. Por eso, los propietarios de las dos plataformas audiovisuales españolas se comportaron como desbocados nuevos ricos. A semejanza de lo que ocurrió en la Guerra Fría, no era tan importante el volumen de armamento acumulado, que ya sobraba para matar varias veces a toda la humanidad, como el encarecer el nivel gasto hasta asfixiar económicamente al rival. Vía Digital y Canal Satélite se disputaban el fútbol a precios estratosféricos y las mayors americanas, las grandes productoras se frotaban las manos al ver llegar a sus clientes españoles que estaban dispuestos a pagar por sus películas las cantidades más inverosímiles, no para hacerse con ellas, que podían conseguirlo por mucho menos precio, sino para impedir que las comprase el rival.
Cuando Villalonga cayó en desgracia en La Moncloa y la cotización de Telefónica sufrió el primer bache, realizó una primera aproximación a Prisa para tratar de poner fin a una carrera irracional que ya empezaba a causarle problemas económicos. El acercamiento levantó ampollas en el grupo mediático que apoya al Gobierno, con notorias amenazas de alguno de sus más conspicuos representantes y la maniobra fue rápidamente abortada. Todavía por entonces existía el convencimiento de que Prisa no podría aguantar lo que aguantase Telefónica, un gigante al lado de la compañía de Jesús de Polanco.
Dos años después, la situación ya era insostenible para la compañía de comunicaciones. Vapuleada por la Bolsa, como sus colegas europeas, y con la imposibilidad de mantener los beneficios, la única solución era poner orden en el grupo de comunicación, que pierde más de 100.000 millones de pesetas al año y, sobre todo, en Vía Digital, que genera el 60% de estas pérdidas. César Alierta y Luis Abril, no podían seguir manteniendo un proyecto pensado exclusivamente como un arma política y que no tenía ninguna virtualidad económica, dado que el mercado español, como el de la mayoría de los países, ha demostrado que no tiene capacidad de sostener más de una plataforma digital.
El último episodio ha sido el intento frustrado de vender los derechos de los dos mundiales de fútbol que Vía Digital adquirió a un precio desorbitado y que al no encontrar comprador ha tenido que compartir con otra compañía del grupo Telefónica, Antena 3, lo que además de provocar un problema económico puede generar otro político. Dentro de la guerra digital, Alvarez Cascos quiso ayudar a la plataforma gubernamental admitiendo que los partidos internacionales pasasen a los canales de pago. Ante la presión popular, aseguró que los encuentros “de interés general“ seguirían emitiéndose en abierto pero ese interés general nunca ha quedado claro qué supone. Antena 3 emitirá los partidos de España, la apertura, las semifinales y la final pero, si no cambian las cosas, todos los demás serán de pago, algo a lo que los espectadores españoles no están acostumbrados ni aceptarán fácilmente. En consecuencia, la ayuda a Vía Digital con el paso de los años ha resultado ser tan envenenada para los intereses de la compañía, como para los del propio Gobierno.
El resultado es de todos conocido. Polanco ha acabado por ganar la batalla ante un rival muy superior y el Gobierno, que no Telefónica, se lleva un revolcón importante. Exactamente lo contrario de lo que se buscaba con tanto ahínco y con tan dudoso manejo de la legalidad.
Papanatismo tecnológico
El papanatismo moderno no es muy distinto al que describía Molière. Basta que a una autoridad pública le hablen de formación y de progreso para que piense en Internet. Al parecer la red lo cura y lo puede todo, desde la ignorancia hasta la pobreza. Si usted pone una página web y sabe manejarse para saltar de una a otra, según los poderes públicos ha pasado de la oscuridad a la luz, del tercer mundo al primero. Y como semejante salto en el tiempo y el espacio es barato, ya que basta un ordenador y una línea telefónica, resulta doblemente interesante para quienes tienen la difícil tarea de formarnos y conseguir que lleguemos al progreso, ese puerto de destino al que no se llega nunca, porque cuando uno cree poder echar el pie a tierra, otros se lo han llevado aún más lejos.
Basta ver la fruición con que se inauguran las salas de ordenadores donde los muchachos pueden navegar, para darse cuenta de lo bien que ha calado la convicción de que estamos repartiendo progreso a calderadas. Cuantos más navegantes, más progreso, aunque no se sabe muy bien qué tiene que ver lo uno con lo otro.
Dejar un ordenador y una línea telefónica a un muchacho puede ser un buen divertimento para él, pero nada más. Ni le forma ni le informa. En el muy hipotético caso de que sólo lo utilizase para hacer sus trabajos de estudio, cosa que no cabe ni sospechar, su tentación más inmediata no es la recopilación sistemática de información, sino acudir a páginas donde pueda encontrar el trabajo hecho por una regla inmutable de conservación de la energía que impulsa a los humanos a ahorrarse esfuerzos innecesarios. En cambio, si lo fuese a buscar a los libros de una biblioteca, al menos desarrollaría una cierta capacidad deductiva.
La otra hipótesis de trabajo, la necesidad de que aprendan a manejarse en las nuevas tecnologías, es igual de ficticia. Cualquier niño de diez años puesto delante de un ordenador, se mueve por Internet de forma espontánea con más soltura que un adulto, entre otras cosas porque el sistema es tan obvio que no necesita ningún aprendizaje especial. Hace tiempo que los fabricantes de software son conscientes de que los programas tienen que ser tan sencillos como el funcionamiento de una lavadora y si los usuarios tienen dificultades para manejarlos, el problema no es de los usuarios, sino de los programadores. Pasaron los tiempos en que era imprescindible el aprendizaje de lenguajes de programación. En la sociedad de consumo, los problemas los tiene que resolver siempre el fabricante, nunca el usuario, si quiere que su producto triunfe y la informática es simplemente una herramienta más. Cada vez será más sencilla. Por eso, las supuestas barreras que plantea Internet son ficticias.
Se ha hablado con tanta grandilocuencia de Internet que efectivamente parece que haya dos mundos distintos, los que forman parte del nuevo arcano y los demás. Pero la realidad es muy otra. A pesar de lo que nos quieran hacer creer, por tener una página web su negocio no va a subir como la espuma, ni va a vender en Indochina, y por perder el tiempo en el ordenador pasando páginas con más colorines que contenidos no vamos a doctorarnos en nada, ni siquiera en náutica, porque lo que pomposamente llamamos “navegar” a menudo no es más que un salto de la rana entre banalidades informáticas que se suceden en nuestra pantalla de forma aleatoria y que apenas producen otro resultado práctico que un dolor de cabeza.
Maquillajes y sorpresas
Hay días que no merece la pena levantarse y eso probablemente lo habrá pensado el Gobierno el 16 de mayo. Le convocan una huelga general, Telefónica y Repsol presentan resultados catastróficos y, por si fuera poco, la nueva EPA, que iba a recortar en 400.000 el número de parados, para pasmo general ofrece un resultado de 190.000 desempleados más en el primer trimestre. Menos mal que la presentación del paquete negro se hizo el día (¿casualidad?) de los festejos del triunfo del Madrid en la Cibeles, que taparon todas las demás noticias en los informativos.
En poco más de una semana, dos reformas estadísticas que en teoría iban a resultar muy favorables para los intereses del Gobierno han deparado sorpresas difíciles de digerir. La subida del IPC en abril no tiene parangón en diez años y la del paro recoge la primera destrucción neta de empleo en mucho tiempo. Hay que lamentar estos resultados, muy preocupantes, pero también hay que plantearse la solvencia de muchos expertos en maquillajes estadísticos. No es posible equivocarse en nada menos que 600.000 parados al hacer una estimación de la evolución (de los 400.000 que supuestamente iban a descender a los casi 200.000 que han subido) y mucho menos con las explicaciones tan precarias que se han ofrecido. Claro que en otros países más desarrollados pasan cosas parecidas o peores. Todavía estamos por conocer el número definitivo de muertos en las Torres Gemelas y, en cualquier caso, la cifra que manejan los periódicos estadounidenses, 2.600 personas, está a años luz de los 50.000 que supuestamente trabajan allí, un error de cálculo que no sería justificable ni siquiera en Afganistán, pero mucho menos en el país de las estadísticas.
El revolcón de la nueva EPA es más sonoro a consecuencia de las maniobras que se han hecho para quitarse de encima parados. Es conceptualmente ininteligible que un parado inscrito en las oficinas del INEM ahora no sea parado según el Instituto Nacional de Estadística. Para que adquiera tal condición, no sólo tiene que tomarse la molestia de tramitar su tarjeta de paro y renovarla periódicamente, sino que además ha de visitar con asiduidad la oficina de desempleo para preguntar si hay algún trabajo que pueda desempeñar. Una decisión que más parece dirigida a fomentar los paseos que el empleo, porque desgraciadamente la mayor parte de los trabajos no pasan por el INEM, sino que se resuelven directamente en las empresas.
No menos insólito es que los parados que cobran el desempleo pasen a tener la condición formal de inactivos, incluidos en la confusa categoría de “reserva laboral”, algo así como el banquillo en los equipos de fútbol, que no son titulares (los que tienen trabajo), pero están preparados por si alguno de ellos se lesiona.
Pues bien, a pesar de semejante capa de maquillaje, que aplicada a la EPA del año anterior hubiese dejado de considerar desempleados a 500.000 de los parados españoles, acaban de acaban de aparecer 190.000 más. ¿De dónde?