Editorial
Está ocurriendo con esta crisis. Como ha resultado evidente que los políticos, incluidos los más poderosos como Obama o Merkel, son sujetos pasivos y no activos, y que los banqueros como Botín o como González ven sus entidades tan vapuleadas como el resto de los humanos su patrimonio, nos hemos quedado sin supuestos malos y hemos decidido apuntar a “los mercados”, en genérico. Sabemos quien es la víctima, pero tenemos un retrato robot muy borroso del asesino y no conocemos ni siquiera el móvil, la razón por la que los mercados esos nos tienen manía a los griegos, a los irlandeses, a los portugueses, a nosotros y a quién sabe cuántos más. Tradicionalmente, cuando alguien se tomaba tantas molestias para derrotar a un país era porque quería conquistarlo, así que, de acuerdo con esa teoría conspirativa, habría que deducir que alguien se quiere quedar con nosotros o con nuestro dinero. Al fin y al cabo, apuesta el suyo.
Lo que nos cuesta entender es que esos mercados que, al parecer, nos exigen tantas reformas, podemos ser nosotros mismos. Puede ser cualquier ahorrador que, a través del fondo en el que ha invertido, especule con escenarios bajistas, porque nadie dijo que las acciones, los pisos o las monedas han de subir siempre. Y es demasiado simplón sostener que son moralmente inferiores a quienes esperan subidas. Unos y otros tienen algo de jugadores de casino, aunque es obvio que quienes invierten en productos más especulativos están más inoculados.
Estamos demasiado influidos por las películas de acción, donde los villanos son tan necesarios como inevitablemente derrotados y hemos creado en el inconsciente colectivo la sensación de que, como James Bond, nos enfrentamos con alguna Spectra que gasta tanto en sus malévolas intenciones que, aunque ganase a Bond –lo cual ya sabemos nada más sentarnos en la butaca que es imposible– probablemente no le saldría a cuenta. Quienes apuestan contra España no le dan más valor a ese hecho que quienes apuestan contra la bajada de un valor bursátil y saben que pueden ganar o perder; es un mero oficio por el que cobran comisiones de muchos inversores que ni siquiera saben lo que hace su gestor, sólo le piden que gane dinero.
Si conservásemos algo del realismo castellano sabríamos que, con las dimensiones de un mundo globalizado, el tal mercado es una cuestión de números y estrategias, no de personas, ni de credos. Ganan los más a los menos. Lo reconocían, hace un milenio, los nuestros, escarmentados por una Reconquista más laboriosa de lo que pensamos: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos; que Dios ayuda a los buenos [pero] cuando son más que los malos”.
La mano invisible de los mercados ni tenía cara en tiempos de Adam Smith ni la tiene ahora. Por mucho que nos empeñemos, no se la vamos a poner. Un día puede ser un periódico alemán que insinúa que España quizá tenga debajo de las alfombras más de lo que dice; otro, un comisario europeo lenguaraz; los más, algunos gestores de fondos soberanos chinos, de norteamericanos adinerados o, incluso, de las viudas escocesas. Ustedes mismos si lanzan un rumor por Internet lo bastante creible. Ese es el problema. En un mundo unipolar se sabía perfectamente dónde estaba el poder (EE UU) y el resto nos jerarquizábamos inmediatamente. En un mundo multipolar, cualquiera, incluidos los especuladores, puede aspirar a ser un gallo más del gallinero, lo que va a crear quebraderos de cabeza a los que no estábamos acostumbrados. El mercado sólo es una sombra informe, que ni tiene presidente ni unos límites físicos controlables. Y no lo vota nadie. Nos quejamos de nuestros políticos, pero es mucho peor estar sometido a un mundo financiero virtual incontrolado.
Hasta hace un par de años suponíamos que los gobiernos tenían la manija de esa nube, por el mero hecho de que los brókers acudieron lacrimeantes al socorro del dinero público. Pero el náufrago vuelve a las andadas y, como en su actividad no existe el agradecimiento sino el negocio, ahora es él quien ahoga a sus rescatadores. Hay amores que matan, pero no podemos vivir sin ellos.