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Importadores, a la cárcel

La importación paralela de productos se va a castigar con cárcel en España, siguiendo las recomendaciones de la UE y varias sentencias que declaraban la ilegalidad de esta práctica. El hecho es discutible y, mucho más, las razones que se han dado. El que alguien importe una partida de whisqui, de pantalones tejanos o de coches de otro país donde son más baratos para revenderlos en el suyo haciendo competencia al fabricante no parece que pueda resultar delictivo si paga los correspondientes aranceles o se mueve en un mercado sin fronteras. Que eso perjudique al fabricante que desea aplicar una política de precios distinta en cada país es otra cosa.
Todos sabemos la importancia que tienen en la economía los arbitristas, que se encargan de aprovechar las diferencias en el precio de acciones o materias primas en distintos mercados para hacer negocio. Aparentemente, son unos meros especuladores que no aportan valor, pero en la práctica dan liquidez a los mercados, los homogeneizan y los hacen competitivos. Nadie podría reclamar a estas alturas su desaparición, con el argumento de que al desviar materias primas hacia mercados donde se cotizan más caras hacen peligrar la posición de fuerza del vendedor. ¿Por qué se puede prohibir, en cambio, para los productos con marca?
De acuerdo con la tesis oficial, porque alguien que posee una marca tiene derecho a fijar sus estrategias comerciales. Pero también lo tiene quien hace una colocación de acciones de su compañía y no puede evitar, sin embargo, que salten de mano en mano para llegar, quizá, a un competidor. Imaginemos que un fabricante de coches ecológicos muy evolucionados y con éxito en el mercado, intenta evitar que sus acciones lleguen a ser propiedad de petroleras de otro país, cuyos intereses son obviamente muy distintos, y que podrían, incluso, estar interesadas en el fracaso de la empresa. ¿Qué tribunal autorizaría a limitar el intercambio de esas acciones?
Las multinacionales que han conseguido defender sus productos de esta forma sostienen que las importaciones paralelas –aquellas que no autorizan– pueden ser perjudiciales para el consumidor, dado que no garantizan la calidad ni el servicio técnico. Unas razones muy cuestionables si se tiene en cuenta que cuando una empresa de estas características pone su marca está garantizando su producto, lo venda en EE UU o lo venda en España. De lo contrario, tendremos que entender que para cada tipo de consumidor aplica una política distinta de calidad. Y no cabe pensar que quien consume unos tejanos o un complejo vitamínico necesite mucha asistencia técnica posterior, sin olvidar que el vendedor, ya sea la propia compañía fabricante o un importador independiente, tiene las responsabilidades sobre lo que vende que estipulan las leyes sobre el consumo.
Si las multinacionales quieren maximizar los beneficios aplicando precios distintos para cada país, tendrían que tomarse al menos la molestia de diferenciar los productos. De lo contrario, deberían someterse a las reglas del mercado. La gente compra lo que necesita allí donde le resulta más barato. Y poner sanciones de cárcel por realizar unas importaciones cuya única maldad es no haber sido oficialmente autorizadas por el fabricante parece desmesurado si se compara con la benevolencia con muchas otras irregularidades comerciales. ¿Tanta fuerza tienen las multinacionales?

Biocombustibles, con cautela

La llegada en tromba de iniciativas para hacer fábricas de biocombustibles en Cantabria (ver número anterior) es un motivo de alegría, pero también puede serlo de decepción. Es cierto que las expectativas que se abren son importantes, no tanto por su competitividad en costes como por el hecho de que la bonificación fiscal permite que en el surtidor puedan igualarse en precios con los derivados del petróleo y, en la medida en que siga subiendo el petróleo, que puedan resultar más baratos. Pero, al mismo tiempo, es imprescindible mantener las cautelas.
La planta de bioetanol que Sniace tiene previsto abrir en Torrelavega será la segunda más importante de Europa, con 100.000 toneladas de capacidad anual. La más importante del continente se abrirá a comienzos del año próximo en Salamanca y va a producir 200.000 toneladas. Dos proyectos quizá demasiado ambiciosos si se tiene en cuenta que el consumo total en Europa es de 400.000 toneladas al año. Es decir, que entre las dos nuevas plantas podrían satisfacer el 75% del consumo actual europeo, lo que indica claramente que, o bien la demanda crece de forma espectacular a partir de ahora, o sólo podrán sobrevivir si expulsan del mercado a la mayoría de los productores ya existentes.
El crecimiento del consumo puede darse por seguro una vez que tanto Bruselas como el Gobierno español han autorizado que la gasolina 95 pueda incorporar un 5% de bioetanol. Pero al mismo tiempo, es fácil presumir que, con la fortísima subida de los combustibles que ha provocado la Guerra de Irak y que hasta el momento sólo se ha trasladado en parte a los precios del surtidor, el consumo de gasolinas tenderá a reducirse.
Las expectativas, por tanto, no están claras, como lo demuestra el hecho de que Ebro Puleva haya desestimado finalmente su proyecto para hacer una fábrica en Cádiz, en la que iba a invertir 110 millones de euros, y haya dejado fuera de sus cuentas consolidadas la futura fábrica de Salamanca, donde participa al 50% con Abengoa, el segundo productor mundial de bioetanol y antiguo socio de Sniace en el área energética.

…Y China despertó

Cuando a mediados de los 60 Servant Schreiber anunciaba que el mundo temblaría cuando China despertase, casi nadie veía otra cosa detrás de los somnolientos ojos chinos que ejércitos multitudinarios. Han tenido que pasar tres décadas para que nos demos cuenta de que el problema no son los misiles chinos, ni su capacidad infinita para reemplazar batallones, sino la puesta en marcha de sus fábricas. Y ahora empezamos a percibir que lo que nos aterroriza de China no era el comunismo, sino el capitalismo, porque hoy no se conquistan territorios, sino mercados.
¿Qué haremos frente a una potencia industrial con salarios muy inferiores y con una demanda suficiente para que los fabricantes amorticen rápidamente su maquinaria con tiradas que en Occidente serían impensables? Hartos de alimentarnos una y otra vez con las mismas imágenes televisivas de la precariedad china, donde para dar trabajo a todos se prohibía la mecanización de las tareas, apenas supimos ver cómo cambiaba el país y la famosa Revolución Cultural se convertía en algo tan lejano para los nuevos comunistas como los Principios del Movimiento para los españoles de hoy. Estábamos convencidos de que sus fábricas tardarían décadas en superar el nivel que tenían las nuestras en el siglo XIX y ni siquiera prestábamos demasiada atención al hecho de que sus lanzaderas de satélites artificiales son las que presentan mayores ratios de éxito y que allí acuden muchos países occidentales cuando necesitan poner en órbita sus artefactos de comunicaciones.
Ahora, en cuestión de meses, nos damos cuenta de que su ingente capacidad productiva compite por nuestro acero y consume el petróleo que antes creíamos reservado casi en exclusiva para las necesidades de Occidente. Y sólo hemos sido conscientes cuando han provocado que el precio de nuestras materias primas se dispare.
Era inevitable que ocurriese, y sucederá en muchos otros productos. Algo más de mil millones de ciudadanos de este planeta quieren tener su cuota en el enorme festín del consumo, y nadie lo podrá evitar. Sus fábricas producirán para nuestros mercados, con precios inferiores a los nuestros, y sus trabajadores alcanzarán, como en Singapur o Indonesia, un nivel de rentas suficiente para incorporarse progresivamente como demandantes de lo que ellos mismos producen. Y el mundo ya no será igual. La Tierra seguirá girando por el mismo eje geográfico pero el eje económico se habrá desplazado hacia el Este, por primera vez en muchos siglos, algo para lo que nadie nos ha preparado. Es curioso que de toda la producción de teoría económica reciente casi nadie se haya ocupado de cómo reorientar la actividad de Occidente ante la llegada de un competidor de este tamaño. Quizá porque los teóricos de la economía procuran acertar en sus previsiones a posteriori, una forma muy conservadora de no meter la pata nunca.
Así, nadie ha pensado alternativas a la deslocalización de industrias o cómo sobrevivir a la avalancha de productos manufacturados más baratos que los nuestros. Todo el mundo ha dejado a los políticos con la patata caliente y éstos han reaccionado como cabía esperar, anunciando sanciones e impedimentos para quienes traten de llevarse las fábricas a otro lado, aunque son perfectamente conscientes de que eso puede tranquilizar temporalmente a la opinión pública, pero es como poner puertas al mar.
Se trata de ganar tiempo, pero el tiempo es muy escaso. Lo que ocurre hoy, hace una década ni siquiera lo vislumbrábamos. Afortunadamente, la economía funciona por mecanismos de racionalidad espontánea. Cuando alguien pierde su hueco, se encarga de buscar otro por la cuenta que le trae, ya que de eso depende su supervivencia. Y lo encuentra o crea su propio hueco. Que nadie dude que el único mecanismo de adaptación a este nuevo reparto de tareas que nos toque vivir será la formación. Todo lo que no requiera cualificación, lo harán otros, probablemente a 20.000 kilómetros de aquí.

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