Museo Marítimo: La herencia de un biólogo represaliado

La historia del Museo se remonta a la figura del biólogo montañés Augusto González de Linares, uno de los primeros defensores de las teorías evolucionistas en España, lo que le valió el ser expulsado de su cátedra por un gobierno conservador que en 1875 decidió hacer una limpieza de profesores progresistas. Fue la primera gran purga de la Universidad española y, a través de los depurados, el punto de partida de la Institución Libre de Enseñanza, centro neurálgico del movimiento krausista, al que Linares se encontraba muy ligado, debido en parte a su estrecha relación con Giner de los Ríos, el principal ideólogo de los que entonces se conocían como librepensadores.
Con la vuelta de los liberales al poder, González Linares declinó la invitación para retornar a la enseñanza, ya que en su forzado retiro se había implicado a fondo en la creación de una Estación de Biología Marina, una de las primeras de Europa, lo que por entonces significaba también del Mundo. Durante los años en que estuvo depurado por sus ideas, hizo un periplo por países costeros como Francia, Inglaterra o Italia, donde había nacido un creciente interés por la biología marina y de vuelta a España consiguió convencer al nuevo gobierno del interés científico que tenía el contar con una instalación de este tipo.
Varios fueron los motivos que le llevaron a decidirse por Santander a la hora de proponer la localización de la estación. El principal fue su consideración de que el Mediterráneo ya estaba siendo estudiado en otros países y su costa resultaba demasiado homogénea para poder abordar investigaciones novedosas, por lo que apuntaba directamente al Cantábrico.
Una mayor preocupación por los tintes etnográficos de la vida en el mar podría haberle hecho decantarse por las costas gallegas, pero Linares ya había decidido de antemano. El resultado fue la Estación Marítima de Zoología de Santander.

Un museo con vistas al mar

La Estación pasó por varios lugares a lo largo del siglo XX y en 1958 se creó un patronato con el fin de conseguir hacer un auténtico museo con los fondos que se exhibían junto a la Dársena de Molnedo, en el espacio que hoy ocupa la Escuela de Náutica. Pero tuvo que pasar mucho tiempo hasta que se materializó la idea y experiencias tan poco solventes como su traslado provisional a la Primera Playa de El Sardinero. En 1978 se produjo finalmente la decisión política de construir en San Martín las nuevas instalaciones del Instituto Oceanográfico y del Museo Marítimo del Cantábrico, que abrió sus puertas al público en 1981.
Allí volvió el histórico esqueleto de ballena, la sardina de las dos cabezas y los muchos fondos biológicos y etnográficos acumulados en el tiempo, albergados por un edificio funcional tanto por su estilo constructivo como por la cercanía al centro de investigación del Instituto Oceanográfico. Las frías salas del nuevo museo eran más dignas pero nunca tuvieron el encanto misterioso de las modestas grutas artificiales de la Cuesta del Gas en las que se encontraban los acuarios y las nuevas instalaciones se quedaron pequeñas prácticamente desde el día de su inauguración. Con buen criterio, a comienzos del nuevo milenio se optó por añadir al complejo un edificio más, exclusivamente museístico, que abrió al público en 2003.
El concepto del actual museo es bastante distinto al anterior, tanto por la escenografía como por los contenidos. En los 3.000 metros cuadrados de exposición se ha optado por abordar al visitante con una visión más etnográfica del Mar Cantábrico y menos biológica. Aunque, en homenaje a su precursor, se muestra el laboratorio donde investigaba González Linares con sus útiles de trabajo y los especímenes conservados en frascos, los fondos científicos han perdido protagonismo frente a las formas de vida de las poblaciones costeras a lo largo de los años.
Las exposiciones pivotan en torno a un gran hall que alberga las piezas estrella de la colección: el enorme esqueleto de rorcual franco (una ballena de más de 24 metros encontrada a finales del siglo XIX cerca de Cabo Mayor) y el de un cachalote de nueve metros hallado en fechas similares.
Los tarros donde aparecían los ejemplares en formol han sido sustituidos por un espectacular acuario, construido en el sótano, donde pueden contemplarse esas especies vivas y en semilibertad. Con una capacidad de más de 700.000 litros de agua, esta gran pecera cilíndrica que puede rodearse, alberga las formas de vida animal presentes de las aguas próximas, desde variedades de tiburones poco agresivas hasta pulpos, con una visión panorámica que permite al visitante sentirse en el interior del Cantábrico.
Unos pisos más arriba, en la sección de etnografía, el visitante se mete en la piel de un pescador local observando sus vestimentas, sus utensilios de pesca y su precaria forma de vida.
Las técnicas de conservación y comercialización del pescado forman parte del proceso de la pesca, aunque en tierra firme, y se muestra la evolución que han conocido desde la época romana. Esta parte del museo alberga también maquetas de cómo fueron en el pasado algunos de los puertos más importantes de Cantabria, como el de Santander, el de San Vicente de la Barquera o el de Castro Urdiales.
No han sido únicamente los pescadores los que se han asomado al océano en busca de una profesión que, al fin y al cabo, constituye también su identidad. Importantes marinos se han servido de las aguas del Cantábrico para investigar, para comerciar o para conocer nuevas rutas en la expansión oceánica, con aportaciones tan importantes como las realizadas por Juan de la Cosa. Por lo tanto, no podía faltar en el museo una sección dedicada a la historia marítima que refleje, entre otras cosas, la vida de estos hombres. Como es lógico, está estrechamente relacionada con el último tramo de la exposición, orientado a la tecnología marítima, donde se muestran los avances que han acompañado y facilitado la vida en el mar, junto a maquetas de algunas embarcaciones memorables de distintas épocas que han surcado el Cantábrico.
En cada una de las escenografías el visitante puede sentirse inmerso en un lugar o en una profesión. Incluso podrá hacerse una idea cabal de los angostos espacios en los que se desenvolvían los artilleros entre las baterías de cañones de un antiguo navío de guerra y que, en este caso, parecen defender la entrada a la bahía de Santander a través de sus troneras.

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