La huida del tiempo
Sábado noche
Sábado noche. Ya casi de madrugada. En el interior de uno de esos bares de moda que parecen, todos, diseñados por un decorador catalán, viajado, homosexual, pulcro, burlón y proclive a sentenciar, sarcásticamente, cualquier comentario que no cumpla con sus expectativas intelectuales. La música suena a todo trapo. Una música metálica, agónica, chirriante, de sonidos graves, melodías repetitivas y tan minuciosamente monótona como una película del director de cine vasco Julio Medem. La misma música, sospecho, con la que, durante la delirante administración Bush, torturaban a los presos en Guantánamo. Los camareros sirven copas a una muchedumbre. Hombres, mujeres y travestís venidos de todos los rincones de la provincia y de otras comarcas limítrofes. Nada les ha disuadido. Ni una breve, repentina y delgadísima lluvia –ya casi otoñal– ni las furiosas rachas de un viento procedente del noroeste.
La noche del sábado, dicen, es para disfrutarla. En ese empeño hombres, mujeres y travestís de toda clase y condición se dejan, no solo su hígado, sino también gran parte de su dinero. Un amigo, casualmente también periodista, ha tenido la deferencia de invitarme a un par de rones añejos con hielo bien picado y unas gotitas de limón exprimido. En realidad preferiría torear un Miura en la plaza de Pozoblanco o caer borracho perdido bajo las ruedas de un camión con remolque que seguir hablando de política con él: sus grandes soluciones baratas para atajar la delincuencia; su admiración por la defensa de los valores tradicionales emprendida, noche tras noche, por los tertulianos de Intereconomía; su reverencial respeto a las instituciones eclesiásticas – sobre todo si coinciden con el punto de vista de Monseñor Rouco Varela–; sus patibularias sentencias acerca de la política promovida por el gobierno del que, hasta ahora, no solo es su presidente sino también el ministro de deporte más reputado en la historia de nuestro desorientado país; en definitiva, toda su inagotable conversación me resulta más aburrida que cualquier programa de Ana Rosa Quintana… Tiro de manual y con la excusa de que tengo la imperiosa necesidad de cambiar de agua al canario, me escabullo, como buenamente puedo, hacia el servicio de caballeros.
Tras soportar una gigantesca cola donde hombres y mujeres libran una batalla para ver quien, en un tono de voz decidido, casi, casi desafiante, suelta la tontería más ingeniosa, ya en el servicio, dos jóvenes con el pelo rasurado, la mirada turbia, la sonrisa congelada en los labios como una máscara hueca y las espaldas como armarios –estudiantes de juerga, supongo– se preparan un surtidito de rayas sobre la taza del water. No se inmutan ante mi presencia. Tampoco me invitan.
De regreso, me muevo despacio. Tanteando. Ligeramente encogido. Tratando de disimular que mis padres, benditos sean, me hicieron alto. Me muevo como un bailarín cojo entre borrachos, pastilleros, funcionarios, secretarias, estilistas, arquitectos, abogadas, dependientes, futbolistas retirados y otros profesionales de variada índole; hombres, en definitiva, preocupados por cómo les ven las mujeres y mujeres preocupadas de que sus ojos no se crucen con los ojos de los hombres.
La música –por llamarle de alguna manera– continúa golpeando los tímpanos de todos los clientes con la determinación de un contable judío y la machacona insistencia de una vendedora de pescado napolitana. Tras un par de codazos, tres pisotones, cuatro disculpas y algún que otro juramento entrecortado, logro, no sin dificultad, sentarme en un rincón apartado del bar, con el único propósito de despistar a mi acompañante y, de paso, apreciar mejor el perfil francés, casi, casi lluvioso, de una de las camareras. Nada más hacerlo, una pareja de mediana edad, que es la edad que tienen las actrices de Hollywood cuando ya solo consiguen papeles de madres o de furcias baratas, decide situarse en el mismo rincón. Tras pedir un par de ginebras con tónica, el hombre apura un trago, se acaricia distraídamente el bigote con los dedos pulgar e índice y dirigiéndose a su acompañante dice: «Me parece que la única manera de no seguir discutiendo es que me digas de una puñetera vez que es lo quieres de mí, si es que aún quieres algo, claro…». La mujer, tras encender un cigarrillo con uno de esos mecheros baratos que tienen impreso en el plástico la dirección de una cerrajería, de un mesón especializado en carnes a la brasa o de un burdel de carretera, responde: «Te confundes. Algo, por otro lado, bastante habitual en ti. No es lo que quiero de ti, sino lo que necesito. Necesito todo lo que no me das». El hombre, inclinándose sobre el vaso de tubo largo que acaba de depositar en la barra, carraspea, tuerce el gesto y, como si hablara para la nuez que le sobresale en el cuello, murmura: «Nadie da a nadie lo que realmente necesita».