La huida del tiempo

Hemos llegado tarde. Los españoles, en los últimos siglos, hemos llegado tarde a todo. No solo por la histórica sucesión de reyes lerdos, generales sanguinarios, dictadores obtusos y gobiernos corruptos al frente del Estado, sino porque los curas, los caciques, el ejército, la nobleza y la pesada carga de una burocracia gandula, absurda, gigantesca e inútil se han encargado de procurarnos un atraso histórico que durante siglos ha lastrado las posibilidades del país. Este atraso nos ha hecho llegar tarde a los acontecimientos que han modificado las sociedades del continente donde geográficamente estamos situados desde el principio de los tiempos.
Hemos llegado tarde a la revolución burguesa, a la industrial, a la sexual, a la lucha de clases, al feminismo, al laicismo, a la contracultura, a la democracia como forma de convivencia y, puestos a no enterarnos de nada, aún no nos hemos enterado de que el resto de los países del primer mundo ya está superando la revolución tecnológica. Los españoles todavía estamos tratando de descubrirnos la identidad sumergidos en continuas disputas parroquiales, fronterizas y pueblerinas –propias del larguísimo siglo diecinueve que tanto nos está costando superar–, mientras en el resto del continente los ciudadanos ya han descubierto que la política actual es lo contrario de lo que era la democracia: ahora no es la democracia la que gobierna el mundo sino una nueva aristocracia que nada tiene que ver con la que fuera aniquilada con el brutal estallido de la Segunda Guerra Mundial; una aristocracia más vulgar, eso sí, menos cultivada, bastante peor vestida y considerablemente menos dotada para desplegar, de a diario, los rituales, mitad litúrgicos mitad infantiles que, tanto y tan bien, han reflejado en las pantallas de cine algunos directores tan reputados como James Ivory.

La indiferencia hacia la política es lo que caracteriza a las sociedades desarrolladas. Nadie cree en la política. Ni siquiera los políticos. El mundo lo dirigen poderosas asociaciones económicas que no están sometidas a ningún control democrático y los políticos no son más que gente a su servicio que se encarga de recaudar impuestos, mantener el orden, procurarse privilegios, hablar hasta por los codos y promulgar leyes infantiles para que fumemos a escondidas. Los políticos, en realidad, sobre todo en nuestro país, no son más que funcionarios bien pagados que casi nunca tienen nada que hacer, de modo que se han procurado el entretenimiento de hablar de todo y de nada en todas partes. Los medios de comunicación, sobre todo en nuestro país, parecen diseñados para que estos políticos nos tengan continuamente al tanto no solo de lo que hacen sino, sobre todo, de lo que opinan.
Como si no tuviéramos otra cosa que hacer que escucharles han adquirido la costumbre de tenernos constantemente al corriente de todo aquello que opinan acerca de cualquier cosa, ya sea de nuestros hábitos sexuales, nuestro desempleo, nuestra educación, el porvenir de la literatura helvética, las propiedades nutritivas de la anchoa del cantábrico o los abdominales de Cristiano Ronaldo, lo mismo les da, el caso es hablar, salir en la foto, enredar… Han encontrado su hábitat natural en la pantalla del televisor, en los titulares de los periódicos y en las noticias de la radio y no hay manera de que su cháchara insustancial desaparezca de nuestro cerebro sino es mediante una laboriosa disciplina de vaciado mental.

La preocupación por el planeta está reemplazando a la movilización de los partidarios de la derecha o de la izquierda para lograr una sociedad conservadora o una sociedad progresista. La sensibilidad ecológica de los ciudadanos es el único movimiento que está creciendo en los países desarrollados de nuestro entorno. Los políticos ya no se dedican a resolver los problemas fundamentales sino tan solo los accesorios, así que los ciudadanos de estos países se están asociando, no para lograr un cambio de régimen que transforme una sociedad atendiendo a los trasnochados conceptos de conservador o de liberal, sino para defender la tala controlada de árboles, el uso racional del agua, la prohibición de los residuos tóxicos, la agujereada capa de ozono, las especies animales en vías de extinción, el protocolo de Kioto… En definitiva, para defender el desarrollo sostenible. El planeta, debido, entre otras cosas, a nuestra codicia y a nuestra estupidez, está metido de lleno en gravísimos problemas de complicada resolución –el cambio climático y la explosión demográfica, entre otros– y mientras tanto los españoles, con el tradicional atraso histórico que nos caracteriza, no hacemos más que discutir sobre naderías; ya saben, sobre las reformas estatutarias de nuestras muchísimas comunidades autónomas, el grosor de los labios de una ministra del actual gobierno, las frases inoportunas del siempre inoportuno José María Aznar, la incontinencia verbal de un también inoportuno Felipe González o sobre la continuidad o no de José Luis Rodríguez Zapatero como candidato por el Partido Socialista a la Presidencia del Gobierno en un futuro que, según ciertos ecologistas, geógrafos, físicos y otros científicos de probada reputación, parece, cuando menos, complicado. Muy, muy complicado…

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