Electricidad gratis
En pocas ocasiones ha llovido tanto y ha hecho tanto viento como este invierno. Y eso ha provocado que los molinos eólicos hayan aportado cantidades impensables de energía, al igual que los pantanos, donde no podía seguir reteniéndose el agua, a sabiendas de que estaba a punto de llegar el desnieve. Mientras que en momentos de calma los aerogeneradores pueden llegar a aportar menos del 10% de los 22.622 nominales, en esas circunstancias insuflaban a la red más de 17.000 megavatios. Si a estos se les añaden los 7.500 de las centrales nucleares, que no paran nunca, excepto para las recargas, y las necesidades de los pantanos de evacuar el agua que amenazaba con desbordar las presas, empezaba a gestarse la tormenta perfecta para los generadores eléctricos.
En la subasta diaria de las franjas de suministro energético de la jornada siguiente, en la que se casan las necesidades estadísticas previstas para ese día y hora con la oferta de quienes están dispuestos a aportar la electricidad al mejor precio, los generadores eólicos e hidráulicos siempre suelen ofrecer sus kilovatios a cero euros, una forma segura de entrar entre los elegidos, pero conscientes que el precio final no será ese, sino el que marque la última central elegida, que suele ser de carbón, fuel o gas, y que obviamente no pueden ofrecer ese precio porque tienen costes variables muy altos, especialmente los del combustible. También las nucleares se apuntan a la estrategia del precio cero, pero por otros motivos, porque ellas no pueden parar, así que cualquier precio ha de parecerles bueno.
Ese sistema de pujas es más eficiente de lo que piensan los consumidores al pagar su factura eléctrica mensual, porque el precio de la energía en origen no ha subido en los últimos años, aunque las facturas se hayan disparado, como consecuencia de otros conceptos fiscales, primas y compensaciones que añade el Gobierno.
La oferta a 0 euros superó la demanda
Lo que no pudieron imaginar quienes diseñaron el mecanismo de pujas es que algún día tuviese un resultado tan paradójico como la venta a cero euros. Y no lo pudieron imaginar porque probablemente no eran conscientes de hasta qué punto iban a crecer las energías no renovables y hasta qué punto iba a bajar la demanda de electricidad en España como consecuencia de la crisis. Y con la confluencia de ambos factores, ocurrió lo inesperado. El día de Viernes Santo hubo tantos ofertantes a precio cero (eólicos, hidráulicos y nuclear) que sólo con ellos sobraba energía para la escasísima demanda que se produjo ese día, poco más de 17.000 Mw. Tan poca que REE la empresa que transporta esa energía y administra la red tuvo que tomar decisiones drásticas: forzar a que los aerogeneradores desconectasen los molinos, a que parte del agua que era imprescindible soltar de las presas se vertiese sin turbinar y, lo que resultaba aún más sorprendente, a que las nucleares bajasen un 20% la potencia, el margen técnicamente posible. Una decisión dramática, la de tirar kilovatios, tanto para el país como para las empresas productoras. Pero no había otra solución. Los españoles se habían ido de vacaciones (el Viernes Santo siempre es una de las fechas de más bajo consumo del año) y eso se añade a la gravedad de la crisis económica, que está arrojando consumos muy inferiores a los de otros años.
Como resultado de una subasta tan atípica, ese día quienes ganaron la subasta para generar la energía ganaron lo mismo que los que se quedaron fuera, nada. Bueno, algo sí, las primas, en el caso de los eólicos.
En España hay algo más de 100.000 Mw de potencia eléctrica instalados, una cifra muy holgada si se tiene en cuenta que el consumo histórico máximo fue de 45.000 MW. Pero más holgada aún a medida que se prolonga la crisis. Esa cifra se alcanzó en 2007 y hoy parece impensable igualarla en mucho tiempo. En un día cualquiera, el país funciona hoy con poco más de la mitad.
Las cifras invitan a pensar que en España no solo se hicieron autopistas y aeropuertos que nadie usa, también las compañías eléctricas hicieron inversiones gigantescas en centrales que no hacen falta. Sin embargo, esa no es la opinión de los gestores eléctricos, que defienden lo importante que resulta tener un excedente en un país que es una isla energética y cuando un tercio de la capacidad instalada no es gestionable, puesto que depende de circunstancias que el hombre no controla: el viento, el sol o la lluvia. No obstante, ningún país, por rico que sea, se permite un margen de cobertura que, a tenor de los consumos actuales, es de 3 a 1.
Exportar electricidad
España suspira por tener una mejor conexión eléctrica con Francia para resolver una parte de este problema, ya que de esa forma podría exportar mucha más energía eléctrica, pero Francia tiene mucho menos interés. Su sistema eléctrico, basado en la energía nuclear, es mucho más previsible, no se enfrenta a las puntas de energía que se dan en España y tiene un precio más estable.
En la Cumbre de Barcelona de 2002, ambos países pactaron establecer redes de intercambio capaces de transportar al menos un 10% de la potencia de cada país al otro lado de la frontera, pero a día de hoy sólo se pueden transferir 1.400 Mw (el 1,4% de la potencia española). Al menos hay que alegrarse de que está en construcción otra línea de 1.400 Mw, pero sin prisas por parte francesa.
El agobio español por poder exportar parte de su energía eléctrica ha llevado a REE a estudiar el tendido de un cable con Gran Bretaña, que saldría desde Vizcaya, donde se juntan varias centrales de gran potencia y a donde pronto llegará también la que se produce en Asturias a través de una red de 400.000 voltios que atraviesa Cantabria.
Si España pudiese vender cantidades relevantes de electricidad fuera de sus fronteras se produciría una paradoja curiosa: uno de los países más dependientes del petróleo para satisfacer sus necesidades energéticas, se convertiría en uno de los principales exportadores de energía eléctrica. Obviamente, no tiene mucho sentido enviar fuera la electricidad producida con fuel, ya que resulta mucho más eficiente generarla allí donde se va a consumir, pero sí podría evacuar al exterior todos los excesos de energías no gestionables (eólica, solar, hidráulica en algunos casos, y nuclear).
Un mapa que no casa
Dentro de la propia España se dan situaciones poco comprensibles, dado que el mapa de la generación de energía y el del consumo apenas coinciden, lo que obliga a largos transportes de unas provincias a otras en los que se pierden entre un 5 y un 7%. Parece un coste asumible pero la realidad es que equivale a la aportación de varias centrales nucleares, es decir, cientos de millones de euros. Esa falta de encaje de los mapas de generación y consumo es consecuencia en parte de factores objetivos, puesto que las centrales de carbón se construían cerca de las minas y las hidráulicas y los aerogeneradores donde está el recurso. Lo que resulta difícil de entender es que cuando han llegado otros sistemas de generación (nuclear o gas) tampoco se haya corregido el problema. Y a veces, con absoluto desdén: la Comunidad de Madrid, el mayor centro de consumo de energía del país nunca ha aceptado que se instale ni siquiera una central de ciclo combinado en su territorio, una tecnología que no tendría dificultad para encajar incluso en un polígono industrial, puesto que sólo requiere calentar agua a altas temperaturas con quemadores de gas y turbinar el vapor.
En España hay en estos momentos 22.622 Mw eólicos y 4.400 de solar fotovoltaica que permanentemente son objeto de debate, por las primas que cobran. Pero casi nunca se tiene en cuenta que cada año evitan la importación de cientos de miles de toneladas de petróleo, y que es precisamente la factura petrolera (unos 40.000 millones de euros al año) la que impide que tengamos una balanza exterior francamente positiva.
El problema de estas energías no previsibles es su gestión. Red Eléctrica se precia de tener uno de los sistemas más eficientes del mundo (probablemente el que más) para conseguirlo. No resulta fácil administrar un sistema en el que ya un 18% de toda la energía eléctrica consumida proviene de los aerogeneradores, que no se someten a ninguna disciplina, dado que dependen del viento. Y cuando alguien enciende un interruptor, esté en el punto del país que esté, espera que la luz se encienda, por lo que tiene que estar previsto ese consumo y, al mismo tiempo, por las redes no puede circular más energía de la que se consume en cada momento. Un auténtico encaje de bolillos en el que se juega con estadísticas, con centrales de reserva que pueden encenderse instantáneamente y con la posibilidad última y dramática de desconectarles y verter la energía producida. Afortunadamente eso no pasa, o no pasaba, casi nunca.
Aguayo
La única solución rentable es contar con centrales de bombeo, esos sistemas de doble pantano a diferente altura que permiten almacenar la energía eléctrica en forma de energía potencial, como ocurre en la central cántabra de Aguayo. En las horas en que sobra energía eléctrica –por lo general de noche– el agua del pantano inferior se eleva hasta el superior gracias a gigantescos motores y tuberías y cuando esa energía escasea se deja caer por gravedad (como en cualquier otro pantano) desde el superior al inferior, generando electricidad.
No es un procedimiento muy eficiente, porque se pierde algo más del 30% de la energía, pero al menos se recupera el 70% restante. De la otra forma no se aprovecha nada.
Para REE sería un buen recurso disponer de una central de Aguayo repotenciada en 1.000 Mw (el equivalente a una central nuclear) porque esto le daría mucha más flexibilidad al sistema eléctrico español, pero sobre el proyecto de E.On, que costaría nada menos que 600 millones de euros, siguen planeando muchas dudas, a pesar de que la empresa confirme su vigencia.