Editorial
El último viaje de Viesgo ha sido muy corto. Ni siquiera han pasado dos años desde su absorción por Endesa cuando ya se plantea su venta con el exclusivo fin de sanear las arcas de la empresa presidida por Martín Villa, que en los últimos tiempos ha mordido en sus aventuras exteriores más de lo que podía digerir con comodidad. Quien se quede con la empresa cántabra (presumiblemente Hidrocantábrico) será el quinto propietario de Viesgo en los últimos veinte años, lo que indica que ya empieza a ser costumbre el cambio de manos, quizá porque su tamaño es relativamente pequeño (el 5% del sector) y eso la convierte en una pieza fácilmente manejable sin desequilibrar el reparto de fuerzas.
Viesgo regresará mucho más ligera de equipaje que cuando fue absorbida por Endesa. Entonces disponía de un capital y reservas de 130.000 millones de pesetas (cuatro veces más que Caja Cantabria), una bolsa acumulada gracias a muchos años de beneficios en la región y que suponía un potencial de desarrollo espectacular para esta comunidad, donde no hay ninguna otra empresa en circunstancias ni siquiera parecidas. La cifra real era muy superior si se incluyen las plusvalías tácitas en la valoración de sus centrales y tendidos y los 28.000 millones que le correspondían por los polémicos Costes de Transición a la Competencia.
Era nuestra hucha que, invertida en Cantabria, podía garantizarnos ese puesto en el futuro que tan esquivo nos resulta. Con una fracción de esa cuantía podían crearse empresas tecnológicas de primer nivel o desarrollar un nuevo modelo industrial vinculado a la Universidad. Pero ese dinero, ay, se quedará en Madrid, o donde finalmente haya sido empleado por Endesa.
Cuando el control de Viesgo salió definitivamente de la región y la empresa se convirtió en una simple marca comercial se buscó una pequeña compensación hacia Cantabria con la creación de una central de ciclo combinado en Requejada, una inversión muy elevada en volumen (más de 30.000 millones de pesetas) aunque con muy escasa creación de empleo. Pero el proyecto –atropellado desde los comienzos– lleva un camino cada vez más incierto, porque la Comisión Nacional de la Energía ya da por sentado que no se autorizarán ni siquiera la tercera parte de los que se barajan, dada la efervescencia de las eléctricas por apuntarse a la moda de las centrales de gas.
Que Viesgo salga de Endesa y acabe por formar un tándem con Hidrocantábrico no es una mala solución y siempre tuvo cierta lógica. La eléctrica asturiana tiene energía excedente y la cántabra, en cambio, es claramente deficitaria. Por otra parte, el mercado que Viesgo conserva en el occidente asturiano y en Lugo se incrusta físicamente en el de Hidrocantábrico, por no hablar de los saltos de agua que posee en las cuencas asturianas.
Tanto si es Villar Mir el vencedor de la guerra de opas que planea sobre Hidroeléctrica del Cantábrico como si es una de las empresas extranjeras, el escenario seguiría siendo favorable. Villar ya fue presidente de Viesgo y ha demostrado que allí donde llega es capaz de insuflar una vocación de liderazgo. Si son los consorcios con multinacionales los que finalmente adquieren Hidrocantábrico también habría que suponer que su intención al desembarcar en España es muy agresiva y que quizá la empresa cántabra acabase teniendo un papel más relevante del que le ha tocado en Endesa.
En cualquier caso, lo que ocurra con una empresa tan estratégica como Viesgo no debe estar sometido exclusivamente a la lógica económica y así lo han entendido todas las regiones e, incluso, el Gobierno nacional al aceptar unas fusiones y denegar otras. Es una decisión sobre la que deben pronunciarse las autoridades regionales, los partidos y las fuerzas sociales. Resulta llamativa la escasa relevancia popular que suscita todo lo acontecido con nuestras eléctricas (Viesgo y Nansa), frente a las polémicas que rodean en Asturias a cuanto sucede con Hidrocantábrico o las tensiones que suscitó en el País Vasco la frustrada fusión de Iberdrola con Endesa. Y estas cuestiones son las que de verdad definen a una autonomía, no las subvenciones para el folclore de pito y tambor.