La industria agroalimentaria cántabra busca nuevos productos

Para una región de las características de Cantabria, con una industria agroalimentaria vinculada a sectores muy tradicionales y de un tamaño modesto, las dos claves para conquistar los mercados son innovación y calidad. Esa es, al menos, la estrategia de una industria que busca poder diferenciarse con productos de mayor valor añadido y con una imagen más robusta, lo cual no resulta sencillo en un sector muy marquista, donde las multinacionales tienen todas las de ganar. Eso obliga a las industrias locales a refugiarse en nichos de mercado que las grandes compañías no pueden cubrir, o a limitarse al ámbito regional, donde el tiempo les ha dado una notoriedad que garantiza su permanencia.
La importancia que la industria agroalimentaria tiene en la economía de Cantabria se pone de relieve por el empleo que genera –más de 6.000 personas– y por su volumen de facturación, cercano a los mil millones de euros al año. Esto la sitúa como la segunda actividad industrial de mayor peso específico, con casi un 18% de la cifra de negocios de la industria regional.

Dos sectores maduros

En cualquier aproximación al estado actual de la industria agroalimentaria cántabra, destaca el continuado protagonismo de dos sectores con gran arraigo histórico: las conservas de pescado y los lácteos.
Con sus dos mil empleos y más de cincuenta empresas, las conserveras siguen siendo uno de los motores del sector industrial alimentario en Cantabria. Identificado tradicionalmente con la elaboración de filetes de anchoa –cerca del 80% de la producción nacional de anchoa se fabrica en Cantabria–, el sector conservero ha sabido aprovechar la oportunidad de modernización que le brindaban los fondos comunitarios IFOP (Instrumento Financiero de Orientación de la Pesca). Con ayudas que en algunos casos superaban el 60% de la inversión, la práctica totalidad de las conserveras se ha provisto de instalaciones que multiplican su capacidad productiva y que les ha permitido cumplir todos los requisitos sanitarios exigidos por la legislación europea.
Sin embargo, la progresión del sector se ha visto frenada por su dependencia de una materia prima, el bocarte del Cantábrico, cuyas últimas costeras indican claramente que se trata de una especie en declive, lo que ha forzado a las anchoeras a aprovisionarse de pescado argentino y chileno de menor calidad. Aunque estas especies suelen ir destinadas a la elaboración de segundas marcas, desde CC OO se ha denunciado recientemente la aparición de una práctica cuyos daños en imagen son difíciles de valorar, la importación de anchoas elaboradas en Argentina, Chile, Marruecos y China que se envasan en nuestra región y acaban siendo vendidas como producto de Cantabria. De generalizarse esta práctica, advierte el sindicato, también se pondrían en riesgo alrededor de mil empleos de los dos mil que tiene el sector, ya que quedaría externalizado todo el proceso de limpieza y fileteado, que concentra gran parte de la mano de obra.
Para evitar esta deriva, parece aconsejable la creación de una certificación de calidad, para la que existe ya un marchamo –el de Calidad Controlada– creado por ODECA, que acredite que las anchoas elaboradas en la región se fabrican con arreglo a los métodos tradicionales. No se debe confundir esta certificación con la poco realista posibilidad de diferenciar en las etiquetas el origen de la materia prima, ya que la anchoa del Cantábrico, por su escasez, sólo garantizaría la actividad de unas pocas fábricas y parece destinada a convertirse en una delicatess de escasa producción y elevado precio.
Alguna de las firmas de más peso (como Consorcio Conservero y Hoya) han optado hace tiempo por diversificar su producción y añadir a la semiconserva la conserva propiamente dicha. Tanto las grandes empresas como las pequeñas también han apostado por ampliar la gama de productos hacia precocinados, ensaladas de surimi o puddings de pescado, un modo de anticiparse a los cambios que pueden producirse en el mercado a medio plazo. Nadie descarta que países que ahora se limitan a suministrar materia prima, se conviertan pronto en potencias emergentes en la elaboración de semiconserva de anchoa, algo que ya ocurre con Marruecos.

Concentración de empresas

La reestructuración del sector conservero se está produciendo también por la vía de la concentración, lo que podría cambiar a medio plazo la estructura de una industria que hoy está basada en empresas familiares. Un ejemplo reciente ha sido la compra de Pelazza por Consorcio Conservero Español. Este proceso podría acelerarse a medida que se cumpla el plazo de cinco años que los beneficiarios de fondos IFOP deben respetar antes de poner a la venta sus instalaciones. Inversores ajenos al sector conservero cántabro han comenzado ya su desembarco en una plaza tan tradicional en la industria anchoera como Santoña, y en el polígono de Laredo, la baja actividad de algunas empresas parece anunciar más cambios.
Sin embargo, esa concentración puede tener otras facetas que no pasan necesariamente por la fagocitación de unas firmas por otras: “La concentración no implica la necesidad de aglutinar el proceso productivo, –señala el secretario regional de la Federación Agroalimentaria de CC OO, Luis Vega–, sino de agruparse para comprar materia prima o envases, y en la venta del producto”.
La importancia del sector pesquero para la industria agroalimentaria cántabra se ve reforzada por el aumento experimentado por la elaboración de congelados, donde una veintena de empresas da empleo a unos 500 trabajadores. También aquí la posibilidad de beneficiarse de los fondos IFOP ha jugado un papel determinante en la creación de nuevas empresas, como Multiprosur, Gemas del Mar o Martínez de Quel, y en la modernización y ampliación de las ya existentes, como Froxá o Compesca. La dependencia de materia prima obtenida en buena medida en caladeros lejanos a nuestras costas, plantea en este sector un riesgo similar al mencionado en el caso de las conserveras: el creciente protagonismo industrial de los países en cuyas aguas se captura la pesca y que, como es natural, parecen cada vez más predispuestos a sacar por sí mismos el rendimiento industrial de su producto.
La capacidad de innovación, con la apertura a nuevos formatos y productos es una de las claves para el fortalecimiento del sector. Sirvan como ejemplo empresas de reciente creación como Bramstuard, dedicada a la elaboración de precocinados que utilizan el verdel como base; el proyecto para elaborar en Reinosa productos a partir de pasta de anchoa, o la ampliación de Multiprosur para producir surimi fresco con destino al mercado nacional.

El sector lácteo se pone las pilas

El sector lácteo es otra de las vertientes más tradicionales de la industria agroalimentaria cántabra y uno de los que más empleo genera, aunque cuenta con pocas empresas. De los 1.500 trabajadores que emplea, cerca de 800 se concentran en una sola, la fábrica de Nestlé en La Penilla, cuyo centenario se cumplirá el próximo año. Dos grandes plantas envasadoras de capital foráneo, Lácteos de Santander (Meruelo) e Iparlat (Renedo), agrupan otra buena parte del empleo del sector. Esta última firma ha fortalecido su vinculación con Cantabria tras integrar en su capital social al Gobierno regional, por medio de Sodercán, y a las cooperativas lácteas Virgen de Valvanuz y Valles Unidos del Asón (la organización agraria SAM ya estaba en su accionariado). Las tres cooperativas suman 180 millones de litros al año, el 30% de la producción láctea de Cantabria.
Otra envasadora con una evolución positiva es Leche Frixia que, tras su compra por Pascual ha alcanzado los 50 trabajadores. La elaboración de productos diferenciados y de elevada calidad, es otra de las vías que exploran algunos ganaderos, que apuestan por la leche ecológica o los yogures cien por cien naturales.
Dentro del sector lácteo, a las queserías tradicionales –generalmente de carácter artesanal y producción limitada– se ha unido la potencia industrial de Queserías Lafuente, con una plantilla cercana a los cien trabajadores, y que actualmente construye en Heras una nueva planta que la situará entre las mayores fábricas de queso de España.
Otro de los sectores agroalimentarios más dinámicos, es el de panadería y repostería, donde además de grandes empresas como Bimbo o SOS Cuétara, y de firmas tradicionales como Panusa o La Constancia, se han abierto un buen número de pequeñas panaderías-pastelerías. La multiplicación de estos establecimientos ha convertido este subsector en el tercero en importancia por el número de empleos, al haber superado los mil trabajadores.
Significativa es también la presencia de una pequeña industria local especializada en la fabricación de sobaos, para los que se intenta lograr, con el apoyo técnico de ODECA, una indicación geográfica protegida. El éxito comercial que están teniendo empresas como El Macho, en un sector donde el producto más industrializado parecía haberse hecho el dueño indiscutible del mercado, permite aventurar que la batalla no está perdida, ni mucho menos, para las empresas tradicionales.

Sector cárnico

El cárnico es el sector que ha sufrido más avatares en los últimos tiempos. Representado en la región por unas veinte empresas –entre mataderos, salas de despiece e industrias de embutido–, y alrededor de 300 trabajadores, nunca ha llegado a desarrollar la potencialidad que le da el contar con abundante materia prima de vacuno.
Sobre los tres mataderos que hay en Cantabria (Barreda, Treto y Guarnizo) y después de que el de Reinosa haya anunciado el cierre a sus trabajadores, pende todavía la necesaria adecuación a las exigencias sanitarias de la UE y el Gobierno regional podría establecer una línea de ayudas para resolver los problemas de depuración de vertidos de estas instalaciones.
La situación del sector cárnico industrial ha mejorado ahora que el consumo se ha normalizado desde el brusco bajón producido por la EEB, pero la carne sigue siendo uno de los productos donde más éxito pueden tener las campañas de promoción, sobre todo tras la laboriosa obtención de una Indicación Geográfica Protegida para la producida en Cantabria.

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