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Los mitos electorales

Los partidos políticos se han lanzado a la carrera electoral desde hace tantos meses que casi cuesta identificar los periodos de campaña propiamente dichos. Y en este larguísimo y aburrido periodo da tiempo a ensayar casi todo y de arrepentirse de muchos de los ensayos. Pero nunca dejará de sorprender la ingenuidad con que los partidos se enfrentan al momento decisivo. Tanta que puede llegar a pensarse que toman más precauciones para justificar una posible derrota que para ganar las elecciones, sobre todo en la izquierda donde las bases son más proclives a pedir responsabilidades.
El resultado es una ensalada de decisiones que en clave interna son políticamente correctas, pero resultan insustanciales para el electorado, que repara en otros asuntos más proteínicos. La primera de ellas es poner cuantas más mujeres, mejor, por una mera cuestión de género. Pero las estadísticas demuestran que no es cierto que los votantes reaccionen mejor a una lista de mujeres (de hecho, hubo una exclusivamente femenina en unas elecciones generales anteriores con unos resultados desastrosos). Y lo más paradójico de todo es que son las votantes femeninas las menos proclives a apoyar listas encabezadas por mujeres, quizá porque conservan restos de un atavismo de dependencia. Si el común de los electores no se detiene un segundo a calcular cuál es el porcentaje de hombres y mujeres que compone una lista, suponer que llega al extremo de demandar que vayan intercalados por el sistema cremallera (hombre-mujer-hombre-mujer) como se llegó a sugerir en las últimas elecciones, es rozar el ridículo. Puede que la cremallera sea buena para la promoción interna de las afiliadas, pero es tan absolutamente inocua para ganar elecciones como el sistema de punto de cruz, si lo hubiese.
Otro tótem es el de las caras jóvenes y, sobre todo, el de la renovación. Surgió a partir de 1992, cuando el PSOE entró en crisis y los periódicos conservadores señalaron a Felipe González como culpable de todos los males, con una insistencia que llevó a una buena parte de los propios socialistas a hacer suya la idea de que era imprescindible cambiar de caras. Desde entonces han ensayado tres (Almunia, Borrell y Zapatero) y no parece que los resultados les hayan dado la razón. Pero el problema de renovación es aún más complicado en las circunscripciones, dado que no hay medios para dar a conocer a un nuevo candidato y nada resulta más desazonador para los electores que no conocer, siquiera, a los nombres en los que van a depositar su confianza.
La juventud es otro valor comercial que los partidos se empeñan en introducir en su cóctel electoral, supuestamente para enganchar a los jóvenes, el colectivo más esquivo para todos los candidatos, ya que lo más probable es que se queden mayoritariamente en casa. Responde a una realidad que conocen bien los publicistas, la de que los jóvenes sólo aceptan prescriptores de compra de su edad, pero es que en este caso, al resultarles desconocidos aquellos que les proponen los partidos, su opción sigue siendo la indiferencia.
Una vez que se introduce el porcentaje políticamente correcto de mujeres, de jóvenes y de renovación, se coloca una página web que nadie mira y se hace un programa lo más voluminoso posible (600 páginas suele ser una buena cifra), para justificar la solvencia de la oferta política ante posibles ataques de otras fuerzas, aunque lo mismo da que todas las páginas estén en blanco, porque nadie en su sano juicio se lo lee –ni los propios candidatos–. El último ingrediente en este cóctel de paradojas electorales son los mítines: Hay que dar muchos mítines, y lo mismo da que sólo acudan aquellos cuyo voto ya estaba captado.
La eficacia de todo ello para añadir nuevos sufragios es casi nula, pero los partidos no miran hacia el exterior, sino a su interior y nadie quiere correr riesgos. Lo importante es cumplir con todas las premisas que se basan en lo que supuestamente los electores demandan, pero que en la práctica simplemente reflejan cuotas internas de poder. Si los médicos tomasen el pulso de sus enfermos con la misma precisión con que los partidos intuyen los deseos del electorado, estarían todos muertos.

Una pérdida no tan dolorosa

El mundo moderno se caracteriza por su obsesión de tener controladas todas las contingencias. Si un terremoto o un huracán produce miles de muertos en el Tercer Mundo, en el Segundo sólo deja algunas decenas y en el Primero sus efectos no pasan de sustos y daños materiales. Si el cuerpo falla, en los países desarrollados existe un sistema sanitario eficazmente dispuesto para cualquier tipo de reparación y si se produce un incendio, las pérdidas suelen estar aseguradas.
Pero hay lugares donde tal práctica previsora puede llegar a situaciones insólitas. Ahora se ha sabido que grandes multinacionales norteamericanas llevan décadas realizando pólizas de vida a sus trabajadores. Lo que aparentemente es una muestra de sana preocupación por las circunstancias familiares de sus operarios en caso de fallecimiento, en realidad, es una operación económica ajena a cualquier tipo de consideración benéfica, porque los trabajadores nunca fueron informados.
Las empresas no les comunicaron la existencia de estos seguros, por un motivo tan comprensible como que se habían nombrado a sí mismas (y no la familia) beneficiarias de la indemnización en caso del fallecimiento de su asalariado. Su objetivo no era tanto el de resarcirse de la pérdida de un trabajador formado en la compañía, como el de aprovechar las desgravaciones fiscales que conllevan los seguros.
Como práctica de ingeniería fiscal-financiera puede resultar impecable, pero no deja de resultar chocante, desde el punto de vista de la moral occidental, que el trabajador acabe resultando un activo ordinario, con el mismo tratamiento inventariable que una nave industrial o una máquina.

¿Alta velocidad?

Hablar de nuevas tecnologías probablemente sea una redundancia sin sentido, porque por mucha tecnología que incorporase en su momento la máquina de vapor, hoy ya nadie la entendería como tal. Sólo se considera tecnológico lo realmente novedoso. Y el concepto de novedad, que siempre ha sido volátil, ahora es extraordinariamente fugaz. Un teléfono móvil que parecía magnífico hace un año, queda relegado a casi una pieza de museo ante las prestaciones de un aparato multimedia. Sin embargo, en España llevamos una decena de años con las telecomunicaciones por cable y cuatro con el ADSL sin apearle la etiqueta de nueva tecnología, probablemente porque no ha venido otra posterior que pueda reemplazarla.
En este tiempo, los aparatos de comunicación han evolucionado mucho, pero las prestaciones del cable y del ADSL, no. Al menos, para los usuarios. La llegada de estas autopistas de la transmisión de datos fue un avance extraordinario con relación a todo lo anterior y en los medios de comunicación sabemos hasta qué punto revolucionaron nuestro negocio. Las carísimas y lentísimas líneas punto a punto, que hacían eterna la transmisión de una fotografía o de una página de periódico para su impresión a distancia dieron paso a líneas rápidas y baratas pero, pasada ya la primera euforia, el usuario vuelve a la insatisfacción por la calidad de un servicio que ofrece mucho menos de lo que promete y es bastante menos fiable de lo que debería.
Quienes dependemos de las líneas de alta velocidad ya no podemos asumir situaciones como las que se han vivido en las últimas navidades, con velocidades de transmisión ridículamente pequeñas. Simplemente, porque nuestras actividades se han adaptado a esta tecnología. Los corresponsales de los periódicos locales no hace tantos años que entregaban sus crónicas al conductor del autobús que cubría la línea con Santander o al revisor del tren, para hacerlas llegar a la redacción. Sistemas que fueron perfectamente válidos hasta que apareció el fax, a comienzos de los 80, pero que no podrían ser resucitados en un momento de apuro, porque los tiempos en una redacción están ajustados a otros patrones completamente distintos. Hoy, todo pasa por la línea de telecomunicaciones. Por ella nos llegan las noticias y por la línea enviamos las páginas confeccionadas a las imprentas, que a veces están a cientos de kilómetros. Por eso, cuando en plena vorágine del trabajo, la línea ofrece velocidades de transmisión 500 veces por debajo de la contratada, como ha ocurrido recientemente, y en el destino todo un turno de trabajo de fotomecánica y rotativa espera inútilmente que le lleguen las páginas, alterando el rosario de impresiones que se realiza a lo largo de la noche, nadie sabe qué hacer, ni a quién llamar. Sólo queda la impotencia.
Es cierto que la ley permite que las empresas de telecomunicaciones ofrezcan una velocidad real de transmisión diez veces inferior a la que publicitan y contratan, algo que el usuario casi nunca conoce aunque la experiencia le ha hecho suponer que, en realidad, le servirán una velocidad muy inferior a la nominal. Incluso la posibilidad de que se produzca una interrupción en el servicio, nos lleva a todos a tomar muchas precauciones, como la de trabajar con varias horas de adelanto. Pero no podemos sobrellevar tantas cautelas y sofocos. A estas alturas, si de verdad queremos estar en la sociedad de la información, el servicio ha de estar garantizado y alguien debiera regular que se preste adecuadamente. Que a un particular no le funcione un día Internet puede resultar un pequeño trastorno, pero que una empresa quede paralizada por estas anomalías cotidianas de la alta velocidad es un problema muy grave. Antes de que hubiese suministro eléctrico, las compañías se defendían como podían, pero una vez que llegó la electricidad, dejaron de tener posibilidad alguna de prescindir de ella. Con las redes de telecomunicaciones pasa lo mismo Si queremos que las empresas aprovechen sus extraordinarias ventajas deberá ser suficientemente fiable en su caudal y ahí es donde las autoridades reguladoras tienen un papel importante. Más que en enseñar a los niños algo tan perfectamente intuitivo como es navegar en Internet

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