100 AÑOS DE LOSTAL:
Un siglo de vida en una empresa familiar no sólo es la historia personal de quienes la fundaron o de las generaciones que les sucedieron. Es también la historia del entorno donde durante cien años ha desarrollado su actividad. Y más aún si se trata de una empresa ligada a la remodelación física de ese entorno, ya sea con la edificación de viviendas o con la ejecución de obras públicas.
La historia de Lostal, que se ha dedicado desde 1910 a la distribución de materiales de construcción, está ligada indisolublemente a los avatares de la ciudad de Santander, desde la histórica traída de aguas que se hacía por entonces hasta las últimas promociones de viviendas que se han puesto en pie en la capital cántabra, pasando por la reconstrucción tras el incendio.
Eduardo Lostal Arce trabajaba en aquella primera canalización que llevó el agua corriente a las viviendas de la ciudad, con la que comenzaba la modernización de Santander, y vio en esa obra la posibilidad de formar un negocio propio, dedicado al almacenamiento y distribución de materiales de construcción. Fueron años no solo de transformación de la ciudad sino de fuerte crecimiento económico, gracias la neutralidad que España mantuvo durante la Primera Guerra Mundial, que empujó nuestro comercio.
La vocación familiar de la empresa se hizo notar casi desde el primer momento, ya que, después de tres años de trabajo en solitario, el fundador de Lostal se asoció con un hermano para dar un nuevo impulso al almacén. Los resultados no fueron los deseados y en 1920 Eduardo Lostal continuó su proyecto en solitario, una ventura que se truncó muy pronto, ya que murió cuatro años después.
La continuidad del negocio parecía peligrar pero no se interrumpió. Fue su viuda, Matilde Gutiérrez, quien no se arredró y, con un enorme coraje, se puso al frente de la empresa en la que ya venían trabajando, desde edades muy tempranas, algunos de los seis hijos que tuvo la pareja.
Una dimensión industrial
Fue en esa segunda etapa cuando la firma comenzó a sopesar la posibilidad de crear pequeñas industrias para autoabastecerse. A una fábrica de yeso en Sobarzo le siguió en 1930 otra de baldosa hidráulica y piedra artificial. Eran tiempos de materiales muy básicos, productos que no requerían una tecnología complicada, por lo que no era preciso depender de otro fabricante para aprovisionarse. Los almacenes de materiales de construcción como Lostal funcionaban de forma autosuficiente para atender las necesidades locales. Este planteamiento se agudizó más tarde por las carencias provocadas por la Guerra Civil española. Superada esta dramática etapa, Lostal recuperó su actividad, no sólo en su faceta de distribuidor sino también como fabricante. A la producción propia de yeso y de baldosa se unieron unos hornos de cal en Igollo y la fabricación de tubos de hormigón y terrazo.
La proyección industrial de la firma santanderina se ha mantenido hasta fechas muy recientes. A medida que la gama de productos aumentaba y su fabricación se iba sofisticando, Lostal abandonaba paulatinamente estas tareas para centrarse en la distribución de materiales adquiridos a terceros. Si la producción de cal y de yeso en Gajano y luego en Sobarzo, cesó a principios de los setenta, la fábrica de terrazo que se instaló en la calle Ruiz de Alda y, más tarde, se trasladó a Candina, ha estado activa hasta hace siete años.
Fue en esa época, cuando todavía se mantenía una actividad industrial y los trabajos eran muy intensivos en mano de obra, cuando la plantilla de Lostal alcanzó su techo histórico, llegando a las 200 personas.
Primera tienda
El incendio de Santander, en 1941, marcó un hito en la trayectoria de la empresa, como en la de tantas otras familias y negocios de la ciudad. Entre otras cosas, por la carga de trabajo que supuso para las empresas vinculadas a la reconstrucción de Santander.
Un año antes del incendio había fallecido la viuda del fundador y artífice de la expansión de Lostal, y la firma había quedado en manos de los cinco hijos que le sobrevivieron. La gestión fue repartida entre los cuatro hermanos varones (Eduardo, Luis, Sindo y Jesús) haciéndose cargo cada uno de ellos de una faceta del negocio, desde la estrictamente gerencial que recayó en el mayor, Eduardo, hasta la administrativa y comercial. La sede de la empresa siguió en la calle Cervantes hasta que, en 1948, se trasladó a su actual emplazamiento en la plaza de Los Remedios, donde estableció su primera tienda.
El local ha sido testigo de cómo ha cambiado el sector en estos años. De la sobriedad de aquel punto de venta al público, donde los azulejos llegaban a granel, en cajas de madera y protegidos con paja, y la publicidad sólo distinguía entre ‘blancos y de color’, se ha pasado a una exposición donde las piezas de cerámica alcanzan un rango similar al textil, con modas, colecciones y texturas para todos los gustos.
La idea de contar con una red regional de tiendas tardó en sentirse como una necesidad, y no fue hasta principios de los años ochenta cuando Lostal se planteó instalarse en Torrelavega, donde cuenta con una tienda de unos cuatrocientos metros cuadrados y un almacén. El auge de la edificación en la costa oriental de Cantabria también atrajo su atención y tras descartar Castro Urdiales, ante el elevadísimo precio del suelo, se decantaron por abrir en Noja una tercera tienda. Allí levantó la empresa una nave de mil metros cuadrados, que le sirve como punto de almacenamiento para la distribución en la zona y como exposición de su gama de productos.
Diversificación
Cuando se produjo la creación de esa red de locales, Lostal ya estaba dirigida por la tercera generación de la familia, cuya cabeza más visible es Jesús García Lostal, hijo de la más pequeña de los descendientes del fundador, Matilde. El actual presidente de la firma se incorporó al negocio familiar en 1977 y, a medida que sus tíos se fueron apartando de la primera línea de gestión, se reprodujo en los sucesores el reparto en las tareas de dirección que habían aplicado con éxito los hijos del creador de la firma. No obstante, la complejidad que había ido adquiriendo el sector aconsejó pasar de una gerencia compartida a la designación de un presidente de la sociedad, cargo que recayó en Jesús García Lostal. Una de sus tareas fue el seguimiento de las empresas en las que la distribuidora había ido invirtiendo. Una estrategia de diversificación que abarcaba campos tan variados como las canteras (Candesa), la informática (Cesoin) o las minas de antracita. Salvo en el caso de Candesa, las participaciones de Lostal en otras sociedades ya se han liquidado puesto que respondían a criterios de oportunidad que el tiempo ha modificado. No así en el caso de Canteras de Santander (Candesa), una idea que surgió en 1961 de la propia firma almacenista, que supo prever los cambios que iba a sufrir el sector de la extracción de áridos y agrupó a varias pequeñas explotaciones en una gran cantera con métodos de trabajo modernos.
La misma previsión le ha llevado a Lostal a anticiparse a los cambios que está sufriendo el sector de la distribución de materiales ante la presión de las multinacionales. Para hacerles frente, la firma santanderina se ha asociado en una central de compras con otras catorce empresas de similar tamaño de otras comunidades autónomas. Un primer paso para la exploración de otras posibles sinergias ante un futuro que va a exigir mayor tamaño y más especialización. Ese futuro lo tendrá que gestionar la cuarta generación de Lostal, que ya se ha incorporado a esta centenaria empresa.
Jesús Polvorinos