Inventario
Del éxito a la cárcel
Una crisis suele ser una mala salida para casi todos, pero hasta ahora siempre había quien escapaba de los destrozos. Incluso en los años más duros de la posguerra española hubo quienes se hicieron ricos con el estraperlo. Pero esta crisis tiene más visos democráticos que ninguna otra. Ricos y pobres están afectados por igual, aunque no tengan las mismas defensas contra el virus.
Los unos tendrán un catarro y los otros pulmonía, pero las complicaciones de la enfermedad están siendo muchas y no será fácil atajarlas. Basta hacer un repaso de la sección de tribunales en la prensa diaria para ver cómo está el panorama en las clases pudientes: los Calderón, Boluda, Nanín y compañía, del Real Madrid, han sido juzgados por estafa y falsificación de documentos; la anterior cúpula de Banesto se ha sentado en el banquillo por una denuncia falsa a un grupo de empresarios-clientes. Joaquín Rivero, hasta no hace mucho el propietario intocable de Metrovacesa, se encuentra en una situación muy delicada con sus ex-socios franceses. El consejo de Sos-Cuétara se ha sublevado contra los hermanos Salazar, padres de su espectacular crecimiento y dueños del principal paquete accionarial, por haberse autoconcedido un crédito que utilizaron para especular en inversiones que no salieron bien y que ahora no tienen fácil devolver… Hasta el secretario del consejo de administración de Sniace se ha sentado en el banquillo por los vertidos que la empresa siguió haciendo al Besaya después de haber sido expresamente desautorizada. Y los alcaldes caen a porrillo, precisamente ahora que ya nadie pide licencias.
Como se ve, a los tribunales sí que les crece el trabajo con las crisis, aunque los jueces y funcionarios no van a comisión y su sobreesfuerzo no computa en el PIB. De lo contrario, quizá compensarían algún punto de caída, y Zapatero tendrá que plantearse incluir la construcción de cárceles de alto nivel en el plan de obras públicas porque, tal como está el panorama, va a ser inevitable alguna incursión de reconocido prestigio. Ya ocurrió con la crisis de 1993, que acabó con un buen puñado de notables entre rejas, entre ellos las dos figuras más rutilantes de las finanzas nacionales en aquellos momentos, Mario Conde y Javier de la Rosa.
La cuestión no es para tomársela a broma y muchos miembros de los consejos de administración ya son conscientes de ello. Es probable que en la decisión de Sodercan de exigir el concurso de acreedores de GFB haya pesado la posibilidad de que la presentase cualquier otro acreedor y que el consejo se viese afectado colectivamente por unas responsabilidades que en realidad no pueden ser achacadas a todos por igual.
Mientras las empresas que se han lanzado a estrategias más agresivas han funcionado con grandes beneficios, ni los accionistas, ni siquiera los consejeros, se han hecho muchas preguntas, porque la única explicación necesaria y suficiente eran los resultados, que bendecían cualquier práctica. Pero, cuando han llegado los malos tiempos, quedan en evidencia operaciones injustificables, por lo arriesgadas o por el descaro de quien las tomó amparándose en sus poderes ejecutivos sin advertir a nadie, suponiendo que quedarían enmascaradas por el éxito.
Como algunas de estas maniobras han quedado al descubierto por el fracaso, resulta muy fácil percibir lo cerca que pueden llegar a estar el estrellato y la cárcel. Basta con ser denunciado por cualquiera de los que pensaban hacerse ricos con una operación concreta y que ahora se sienten perjudicados por haber perdido la oportunidad y el dinero. Hay gente que no sabe perder.
El automóvil marcha sin dirección
Si los americanos aficionados a estos retos hubiesen tenido que apostar hace solo un año sobre quién absorbería a quién en una hipotética alianza entre Chrysler y la italiana Fiat, es probable que las cotizaciones superasen el 300 a 1 en favor de la primera. En la realidad, ha sido la modesta Fiat la que ha tenido que acudir al rescate del gigante estadounidense. Hubiesen ganado los temerarios y quienes no se creen a pies juntillas lo que dicen los expertos.
Fiat, a la que todos los conocedores del mercado han colgado tradicionalmente el sambenito de ser la primera candidata a la desaparición, hundida por sí misma o devorada por cualquier otra compañía, ha resultado no ser tan endeble. Claro, que también iba a desaparecer la semipública Renault a manos de los fabricantes orientales y acabó quedándose con Nissan, sin que ningún experto se haya sentido nunca tentado a dar explicaciones.
El colmo de las paradojas es que Fiat vaya a adoptar el papel de ‘socio tecnológico’ de Chrysler para que la norteamericana pueda evolucionar sus motores, completamente obsoletos, una realidad que cuesta entender. Por mucho que una gran empresa se duerma en los laureles, no es comprensible que tenga que recurrir a otra muchas veces menor para que le saque de un apuro semejante.
Siempre puede suponerse que se trata de la excepción que confirma la regla, pero la regla tiene tantas excepciones que puede que ni exista y todo lo que está ocurriendo en el sector del automóvil parece no responder a ninguna lógica. En enero, Porsche se hacía con el control de Volkswagen, al adquirir el 50,8%, con la intención de llegar en pocos meses al 75%. De nuevo el pez chico se comía al grande. Pero el final de la película no estaba escrito y sólo cinco meses más tarde, es posible que sea Volkswagen la que compre Porsche, porque la compañía de los coches deportivos no ha podido con la deuda de 9.000 millones de euros que asumió para hacer la operación. Así que, si dejan de ser tan irreconciliables las diferencias entre los dos presidentes, ahora será una marca más de una familia compuesta por Volkswagen, Audi, Seat, Skoda, Bentley, Lamborghini, Bugatti, Volkswagen Vehículos Comerciales y Scania.
En estos tiempos revueltos, es evidente que a muchos le vuelve a asaltar la vieja duda de si buscar servicio o ponerse a servir.
Una compañía imprevisible
Sniace es una empresa compleja, tanto por la diversidad de producciones como por la trayectoria. Durante mucho tiempo, los periódicos económicos ni siquiera sabían muy bien en qué sector encuadrarla: papelero, textil, químico… y probablemente ya no deba incluirse ninguno de ellos, sino en el eléctrico. Con tantos problemas de definición, es muy probable que muchos de sus accionistas no hayan sabido nunca muy bien a qué se dedica realmente la planta cántabra. Pero ese no era el objeto de su inversión. Para ellos, se dedicase a lo que se dedicase, era una plataforma especulativa de primer orden. Las acciones subían y bajaban como las olas sin una relación muy clara con lo que pasaba en su sector y, ni siquiera, con lo que pasaba en sus cuentas. Sniace sólo funcionaba por expectativas y durante años ha tenido accionistas, pero no empresarios. Compradores que permanecían lo justo para obtener unas plusvalías y marcharse, de forma que la compañía acabó por ser algo parecido a las cajas de ahorros tradicionales, una empresa sin patrón donde los ejecutivos han tenido que ejercer como tales.
Pero con todo, lo más llamativo es su evolución absolutamente inmune a las contingencias. En mitad de un juicio en el que se juzgaba por un posible delito medioambiental al secretario de su consejo y con la posibilidad de que se condenase a la fábrica a ser intervenida judicialmente, la cotización de las acciones ni se inmutaba.
¿Qué expectativas tienen unos accionistas para los que resulta irrelevante lo que pase con la fábrica? ¿Cómo es posible que con unas amenazas semejantes el valor cotizase más alto, por ejemplo, que en febrero?
Es seguro que muchos de los que poseen acciones de Sniace han invertido de buena fe y convencidos de que el extraordinario esfuerzo que ha hecho Blas Mezquita para sacar adelante una fábrica que estaba desahuciada va a tener recompensa, pero es posible que haya muchos otros a los que les daría lo mismo que la fábrica fuese un solar.
Hemos puesto el foco en los ecologistas o en la Confederación Hidrográfica del Norte como responsables de todos los males que sufre la compañía, pero hay propietarios que parecen encantados con esa situación, lo cual no resulta muy leal con los esfuerzos que se han hecho por sacar la empresa adelante desde todos los ámbitos y, especialmente, desde las administraciones públicas regionales, que se han implicado muy a fondo para salvar a Sniace.