‘Hay que aprender a conducir y a conducirse’
P.- ¿Cuántas generaciones de Elizaldes han formado a conductores cántabros?
R.- Empezó mi abuelo Pedro, en 1920. Se compró un coche con el que hacía servicios de taxi y enseñaba a la gente a conducir. Era un Haiga verde al que llamaban El Airoso porque había tan pocos coches en Santander que les ponían nombres. Luego estuvo despedazado en la autoescuela para explicar su funcionamiento. A mi abuelo le sucedieron mi padre, Pedro Melchor, al que todos conocían por Roncho, y mi tío Ángel que, como era veinte años mayor, muchos creían que era su padre. Así que es como si yo fuera la cuarta generación.
P.- Aquellas autoescuelas de antaño no se parecerían nada a las actuales.
R-. Como negocios, no empezaron a regularse hasta después de la Guerra Civil y tampoco existían los carnets. De hecho, mi padre y mi tío jamás se examinaron de coche, solo se registraron como conductores en el Ayuntamiento. Para mi abuelo, que fabricaba motores, la autoescuela era un añadido a otros negocios familiares, como el de camiones. Hasta hubo una marca de automóviles en Barcelona que llevaba nuestro apellido, aunque no tenía nada que ver con nosotros y por entonces se decía: ‘No te quiero ni de balde, Elizalde’, porque no salían nada buenos (ríe).
P.- ¿Cómo ha logrado sobrevivir la autoescuela durante casi un siglo?
R.- Porque es muy familiar y hemos hecho muchos amigos que luego nos mandan a sus hijos y nietos. Entre los años cincuenta, cuando se trasladó a la Calle Burgos desde Campogiro –donde aún se conserva el rótulo– y los años setenta, vivió su época más fuerte. Luego, el mercado empezó a ampliarse. Muchos de los profesores que tuvo mi padre montaron sus propias autoescuelas y el sector se diversificó muchísimo. Y hasta hoy. He tenido oportunidades de ampliar y hasta mi hijo de diez años me pregunta por el futuro del negocio, pero no pretendo crecer mucho porque eso significaría cambiar ese sistema de enseñanza familiar con el que estoy a gusto.
P.- ¿A qué edad aprendió usted a conducir?
R.- Era tan pequeño que ni me acuerdo. Desde crío iba con mi padre en el asiento de atrás, viendo cómo enseñaba. Todo lo que sé me lo inculcó él, era un fenómeno. Todavía hay gente que me para por la calle para decirme que se acuerda de él. Un gitano me dijo que no sólo le enseñó a conducir, también a leer.
P.- ¿Repite a sus alumnos las frases que él le decía?
R.- Conservo algunas en mi repertorio pero, sobre todo, me trasmitió lo importante que era aprender a conducir y a conducirse, no solo para llevar un coche sino para todo en la vida. Además, me enseñó a disfrutar de una profesión muy dura. No puedes levantarte por la mañana y que te queden diez horas por delante de trabajo y estar amargado. Yo disfruto mucho con mis alumnos, me lo paso muy bien.
P.- Tantas horas con ellos le habrán convertido en una especie de psicólogo…
R.- La gente viene con los problemas de casa y están anulados al volante, se piensan que son inútiles. Como sacar el carnet cuesta dinero, y suelen pagárselo sus padres, necesitan sacarlo rápido y cuando no lo consiguen se angustian.
P.-¿Sacar el carnet es más difícil que antes?
R.- El examen práctico es más fuerte pero la gente está más preparada. Salen mejores conductores de las autoescuelas.
P.- Todos recordamos el día que nos examinamos de conducir, así que serán innumerables las anécdotas…
R.- Es increíble lo nerviosa que se pone la gente. Una mujer llegó a decirme que prefería parir otra vez a sus cuatro hijos que volver a examinarse. He tenido que agarrar a alguno que quería bajarse en marcha; un chico aceleró en plena tormenta sin poner el limpiaparabrisas y cuando le recriminaron por lo rápido que iba, dijo: “Es que no veo” (ríe). También recuerdo a una chica que salió de la cuesta de Los Pinares quitando sólo el freno de mano. Se quejaba de que el coche no funcionaba hasta que el examinador no tuvo más remedio que preguntarle: ¿Ha probado a arrancarlo?
P.- ¿Quién ha tardado más tiempo en aprobar?
R.- Una chica lo sacó en la undécima ocasión y sé de casos mucho peores, pero el que aprueba primero no es mejor conductor.
P.- ¿Ha dado algún caso por imposible?
R.- Alguna persona mayor no ha podido pero son raras excepciones, porque también he dado clases a muchas señoras de más de 60 que conducen todos los días.
P.- La DGT va a fijar su atención en los conductores mayores. ¿Son un peligro para el tráfico?
R.- El problema no es si son buenos o malos conductores ya que, por lo general, es gente muy tranquila. Es que las carreteras han evolucionado muy rápido y tienen un montón de glorietas, entradas y salidas y carteles a los que no están acostumbrados. Ocurre como con la tecnología, que ha cambiado mucho. El otro día me pararon dos señoras para preguntarme por qué su coche no dejaba de pitar cuando lo arrancaban. No sabían que existe un chivato que les avisa de que se pongan el cinturón de seguridad.
P.- Y eso de ‘mujer al volante…’ ¿es un tópico?
R.- Es una mentira total. El 80% de mis alumnos son mujeres y conducen de maravilla. Son más prudentes y eso es bueno porque uno de los síntomas de un buen conductor es tener la cabeza bien amueblada. Es raro ver a una chica haciendo el cafre con el coche y chicos sí te encuentras.
P.- ¿Ha tenido muchos accidentes en tantos años como lleva con el coche?
R.- La mayoría han sido golpes por detrás, porque la gente no guarda distancia con los coches de autoescuela. Hay poca paciencia y hasta te increpan por respetar las normas.
P. ¿Cuál es la que menos se respeta?
R.- El stop es el gran olvidado. Yo le digo a los alumnos que sólo están puestos para las autoescuelas porque de diez coches lo hace uno. Es cierto que a veces podrían cambiarse por un ceda al paso pero, si existen, hay que hacerlos.
P.- El mercado de las autoescuelas está en stop o ha continuado su marcha…
R.- Nos afecta la crisis, porque no vamos a ser una excepción, pero siempre tendrá que existir gente que enseñe a otra y creo que con el tiempo se va a ir valorando más al profesor de autoescuela porque su función es muy importante.