Inventario
Por dónde empezar
Si algo está quedando claro en esta crisis es que la gigantesca máquina de producción que hemos creado necesita imperiosamente el combustible del consumo. En el momento en que la ciudadanía decide comprar menos, todo se descompone, lo que no es una buena noticia, porque es evidente que el rendimiento de las máquinas y de las fábricas avanza mucho más deprisa que las ansias de consumo y tampoco las materias primas son infinitas.
Cuando todos nos conformamos con menos, el sistema productivo debería reajustarse a la baja con cierta normalidad, igual que fue capaz de ajustarse al alza con la demanda desbordada de los últimos años, pero no es cierto. Cuando el consumo desciende, la máquina productiva se atranca. Comienzan los despidos y eso crea un encadenamiento de consecuencias que, a su vez, genera más paro y más recesión.
Por eso, hay que rendirse a la evidencia. Mientras no descubramos una fórmula para flexibilizar la economía en función de la demanda de cada momento, no queda otra alternativa que seguir echando leña a la caldera y los gobiernos no tendrán más remedio que incentivar el consumo. Hasta ahora, lo han intentado inyectando la liquidez desde arriba, desde los bancos, para que éstos presten más y su clientela vuelva a tener la tentación de endeudarse. Pero los bancos están muy cautelosos y la clientela, que ha entrado en una mística de ayuno forzado y arrepentimiento por el derroche anterior, aún más. Por tanto, sólo cabe inyectar el dinero por abajo, subvencionando algunas compras estratégicas.
Por mucha comezón que produzca tener que regalar dinero público a alguien para que cambie de coche –una necesidad que obviamente no debería estar en la escala de valores públicos– hay que reconocer que tendría más resultado efectivo que emplear ese dinero en fines mucho más loables desde el punto de vista ético y social. Si como ha ocurrido en Alemania, con una subvención de 2.500 euros por comprador hay 100.000 ciudadanos que se lanzan a comprar un coche, habrá 10.000 empleos salvados en el sector automovilístico y, curiosamente, el coste de la medida resultará prácticamente nulo para las arcas del Estado, porque los trabajadores no despedidos no cobran el desempleo, siguen abonando las cuotas a la Seguridad Social, cotizan por IRPF y Hacienda también se lleva un buen pellizco por cada coche vendido.
Como las plantas de montaje de automóviles son el último eslabón de una cadena muy larga, frenar la tragedia aguas abajo, evita, igualmente, muy graves problemas aguas arriba.
Lo queramos o no, la industria funciona como una máquina de inercia, alimentada por el consumo. Cuando el consumo se detiene, por causas reales o psicológicas, tanto da, esa máquina no puede frenar y se desbarata como una cadena de producción en la que se alterase el orden de las estaciones. Volver a ponerla en marcha costará años. Para entonces, muchas fábricas ni siquiera existirán. Otras habrán quedado tocadas para siempre.
Algunos gobiernos, como el norteamericano, han preferido ayudar directamente a los fabricantes en lugar de hacerlo con los compradores. Puede que eso les de oxígeno durante algún tiempo pero, como los bancos, dedicarán el dinero a su saneamiento financiero. Las empresas verán alejarse el peligro de la quiebra pero con eso no van a vender ni un coche más, que es lo que necesitan para mantener las fábricas abiertas. Es evidente que lo que de verdad va a arrancar la industria del automóvil es la presencia de compradores en los concesionarios y no el que los concesionarios acumulen más coches.
Del milagro a la hecatombe
Irlanda era el país del milagro, había pasado del antepenúltimo lugar del escalafón europeo de renta per cápita a incrustarse entre los cinco primeros en apenas una década. Ahora está en una crisis tan absoluta que su nombre aparece vinculado a la posibilidad de bancarrota. Japón también dio nombre a otro milagro económico al convertirse en la segunda economía del mundo, pero a comienzos de los años 90 se atrancó en una deflación de la que no consigue salir y después de muchos años sin crecimiento, ahora decrece, con lo que ya siente en la nuca el aliento temible de su vecino de al lado, la poderosa China.
España era un milagro un poco más modesto, pero no por eso menos sorprendente. En un quinquenio, la economía de este país pobre y atrasado del sur de Europa rebasó primero a la de Canadá, algo que cuesta creer, y más tarde a la de Italia, que no hace tanto se vislumbraba a años luz. Zapatero ya nos avanzaba que teníamos a Gran Bretaña a tiro cuando todo se vino abajo. Cabe consolarse en que el globo se ha pinchado para todos, por lo que las distancias relativas por el momento se mantienen.
La crisis nos va a enseñar muchas cosas y la primera será a no fiarnos demasiado de los crecimientos meteóricos. El de España estaba basado en el ladrillo y la especulación, por lo que no cabía engañarse, como tampoco con los de Rusia, Venezuela o Azerbaiyan, sostenidos en el incremento del precio del petróleo. Incluso el crecimiento vinculado a sectores menos volátiles como el industrial o el tecnológico conocen sonoros pinchazos, y ahí están los ejemplos de Japón y de Irlanda.
Nadie está libre de los efectos de una crisis que ha resultado ser muy democrática en lo político (afecta por igual a pobres y ricos de todos los continentes) y en lo sectorial (ningún sector se ha librado), pero eso no servirá para consolarse, porque probablemente resultará más dramática para aquellos que, como España, más habían inflado el globo.
Ladrones de guante largo
Los ejecutivos que hundieron el banco Merrill Lynch se han repartido una prima de 3.500 millones de dólares con el dinero de los contribuyentes que el Gobierno americano inyectó en el sistema financiero para tratar de recuperarlo. Si había alguna duda sobre su sagacidad para hacer negocios, ha quedado disipada, porque la cifra con la que se recompensaron es mareante, incluso para premiar una buena gestión. Tampoco cabe dudar de su desvergüenza. Es perfectamente sabido que el motor que mueve el capitalismo es la codicia, como los dos impulsos que mantienen al hombre sobre la faz de la tierra son los instintos de reproducción y supervivencia, pero se supone que en un estamento tan exquisito como el que se mueve por las mullidas alfombras de Wall Street una y otros se canalizan con cierta elegancia. Es decir, que si un ejecutivo se comporta como un ladrón de antifaz, al menos debe disimularlo mejor.
La noticia ha sido un mazazo para los americanos, cuya proverbial ingenuidad está desapareciendo muy deprisa. Desde siempre, los residentes en el modesto interior rural del país han desconfiado de sus paisanos ribereños del Este y del Oeste, ricos y sofisticados, pero ahora tienen muchos más motivos para pensar que los neoyorquinos, y especialmente los ejecutivos de Wall Street, son unos sabihondos presuntuosos que les roban, algo que sospechaban pero que no podían demostrar.
El escándalo le hace un flaco favor a Obama, a su Plan de Recuperación y a todo el sistema financiero. Eran muchos los que pensaban que el primer objetivo para afrontar la crisis era restablecer la confianza y a la vista de los personajes que siguen manejando el dinero de los bancos desde dentro hay que reconocer que tienen más credibilidad los asaltantes que tratan de llevárselo desde fuera
Probablemente no haya muchas alternativas a la política de echar dinero a paladas sobre los bancos para resucitar una economía que está en coma, pero Obama no ha tenido en cuenta ese factor subjetivo tan obvio que es la codicia. La de quienes han decidido aprovechar la ayuda pública para resarcirse de haber perdido sus bancos, y la del conjunto del sistema bancario que debía haber canalizado ese dinero hacia las empresas y las familias en forma de préstamos y no lo está haciendo. La actuación de los ejecutivos del Merrill Lynch basta con que sea interpretada por el juzgado de guardia, pero la desaparición del resto del dinero público en un sumidero bancario que parece capaz de devorar todo lo que echen, es de primero de Economía. Hasta el más lego en negocios sabe que las empresas se crean para obtener beneficios y que sus gestores, impelidos por los accionistas o de motu propio, piensan siempre en cómo maximizarlos. Si a un banco le entregan recursos ingentes sin condiciones, lo empleará en aquello que le resulte más rentable o más imperioso, y en esta ocasión lo imperioso para ellos es atender los vencimientos, porque el dinero que concedieron a sus clientes con tan poco criterio, primero tuvieron que pedirlo ellos en los mercados mayoristas. Si los préstamos en el caso español o las ayudas directas a los bancos del Gobierno estadounidense se diesen a medida que ese dinero se fuese canalizando hacia la clientela, los bancos habrían tenido que elegir esta opción –más arriesgada, tal como está evolucionando la morosidad– porque no hubiesen tenido más remedio: la pedestre alternativa de o lo tomas, o lo dejas.
La economía puede ser muy compleja, pero los mecanismos últimos que mueven todo el engranaje son extremadamente sencillos. Se trata de maximizar los beneficios y minimizar los riesgos.