Los autónomos no quieren estar solos
De los autónomos se ha dicho siempre que es un colectivo muy difícil de unir. Ni la heterogeneidad de sus actividades ni su carácter, muchas veces individualista –el mismo que les llevó a intentar una aventura empresarial en solitario–, casa con un espíritu de asociación. Sin embargo, una de las muchas consecuencias de esta larga y durísima crisis es la de haber impulsado el interés por agruparse para unir fuerzas entre los más de tres millones de autónomos que integraban este colectivo en España, de los que cerca de 42.000 son cántabros.
Es un sector tan numeroso y con tanto potencial de crecimiento por el dramático panorama laboral que sufre el país, que empieza a despertar el interés de la propia CEOE y de las grandes organizaciones sindicales. Pero, en una muestra más de la enorme diversidad y fragmentación que caracteriza a este colectivo, la representación de los autónomos españoles está dividida en diez organizaciones profesionales intersectoriales, aunque dos de ellas se reparten el grueso de la afiliación: ATA, una asociación en alza que representa ya al 37,4% de los autónomos que pertenecen a algún colectivo, y UPTA, vinculada a la UGT, con el 30,8%. Más lejos se encuentra la FOPAE (13,8%) y la CIAE (8%) y con cifras casi irrelevantes otras seis organizaciones más.
En Cantabria, la mayor representación, con un porcentaje muy similar al nacional, es la de ATA (Federación Nacional de Trabajadores Autónomos) que reúne a unos cuatro mil afiliados repartidos en 26 asociaciones, tras la adhesión el pasado mes de noviembre de media docena de agrupaciones profesionales (Guarderías, Artes Gráficas, Empresas de Limpieza, Moda, Panadería y Servicios a Personas Dependientes). Un número que se incrementará en breve cuando se concrete la integración de otras seis asociaciones más en una muestra del auge que está experimentando esta organización, creada hace tan solo cinco años, y de la intensidad con que se ha instalado en el ánimo de los autónomos la necesidad de unir sus fuerzas para hacer frente a un entorno que, por mucho que ensalce a los emprendedores, sigue siendo claramente hostil para quienes se aventuran en solitario en una actividad profesional.
Una vida azarosa
A pesar del prestigio del que empieza a gozar la figura del emprendedor, ajena hasta ahora a nuestra cultura empresarial, lo cierto es que el contexto económico y legislativo en el que deben desarrollar su proyecto no les facilita precisamente las cosas. Aunque sus necesidades de inversión suelen ser bastante modestas, el mercado financiero español, que nunca ha sido muy proclive a conceder crédito a pequeñas aventuras empresariales, continúa cerrado a cal y canto. La reciente subida del IVA supone una dificultad añadida para quienes han optado por abrir un pequeño negocio, ya que han de pagar trimestralmente el impuesto, independientemente de que hayan cobrado o no las facturas. Un problema que el Partido Popular se comprometió resolver pero, como tantas otras promesas electorales, tampoco ha cumplido.
Hasta el pasado mes de octubre, los autónomos españoles habían adelantado a Hacienda 635 millones de euros por facturas emitidas pero no cobradas. Y, por si esto fuera poco, la morosidad de las propias administraciones públicas es otro de los riesgos que amenazan la supervivencia de muchos pequeños empresarios. Si bien el plan de pago a proveedores salvó del cierre a bastantes de ellos, la Administración pública ha vuelto a las andadas y sigue siendo la primera que incumple la Ley de Morosidad.
A pesar de todas estas dificultades, el colectivo de autónomos continúa manteniendo un perfil de baja conflictividad, aunque se ha vuelto más reivindicativo. Quizá porque, como explica Ana Cabrero, la presidenta de ATA Cantabria, “aunque nadie está contento con el IVA, las retenciones o la subida del recargo por aplazamientos, la cultura del autónomo es no cerrar nunca jamás la persiana”.
La consecuencia de un escenario tan poco propicio, unido a la dificultad para encontrar un hueco en un mercado saturado de ofertas, en muchos casos análogas, es que la mitad de los autónomos no duran más de tres años en su iniciativa. Una tasa de supervivencia que se eleva algo más en aquellos que, para poner en marcha su proyecto, han capitalizado la prestación por desempleo.
Esta fragilidad se traduce en que, a pesar de que la destrucción de los puestos de trabajo por cuenta ajena fomenta más que nunca lanzarse a esta aventura y que cada vez son más quienes lo intentan, el saldo neto entre creación y destrucción de autónomos sigue siendo negativo. En diciembre de 2011 había en Cantabria 42.229 autónomos afiliados a la Seguridad Social. En noviembre del pasado año eran 633 menos, (habían bajado un –1,5%, muy cerca de la media española). En ese mismo periodo de tiempo, el número de autónomos en España descendió a 3.024.102, 43.397 menos que un año antes.
Este es un fenómeno que se viene repitiendo desde el inicio de la crisis, hasta el punto de que, según ATA, en los cinco últimos años se han perdido 4.800 autónomos en Cantabria.
El dramatismo de esta situación se acentúa por el hecho de que la inmensa mayoría de quienes se ven abocados al cierre, y que seguramete responden con su patrimonio por las deudas que hayan podido contraer, no tienen derecho a recibir una prestación por desempleo. “Habrá que establecer un marco de ayudas para que esta gente resucite”, reflexiona Ana Cabrero, “porque si no, te condenan a la economía sumergida que es otro de los grandes problemas que tiene este país”.
Entre esas ayudas se encuentra, por ejemplo, la petición de ATA para que la vivienda no se pueda embargar por deudas de una cuantía irrisoria, como de hecho está ocurriendo. Otro de los planteamientos de esta asociación, y que podría generar actividad, es que se pueda estar asalariado en una empresa y tener un trabajo como autónomo a tiempo parcial sin tener que pagar la cuota completa a la Seguridad Social por esta segunda ocupación, que como mínimo se sitúa en unos 254 euros. No obstante, la asociación reconoce el riesgo de fraude en las horas declaradas y la necesidad de establecer mecanismos para atajarlo. Lo que sí ha conseguido ya ATA es que los autónomos participen a partir de este año en el diseño de las políticas de formación a ellos destinadas, algo de lo que hasta ahora estaban excluidos.
Son victorias parciales que no ocultan la realidad de un país al que le queda mucho por recorrer hasta lograr las condiciones en las que ser emprendedor sea algo más que el comodín de moda en el discurso político. Es decir, cuando tengan acceso a un sistema organizado de mentores, partners y canales de microfinanciación.