De la Belle Epoque al poker Texas Hold’em

Si a quienes han vivido desde dentro la evolución del Casino se les pregunta por cómo definirlo no emplearán la palabra glamour ni ningún otro concepto que lo convierta en una hermosa estatua de sal, asomada al recuerdo de un pasado irrecuperable. Prefieren hablar de un edificio vivo que, en sus casi cien años de existencia, ha sabido adaptarse a los gustos de cada generación.
Hoy es el momento de la tecnología y eso se refleja en las ultramodernas máquinas de juego que acompañan a las mesas de ruleta o black jack. Y es el momento también de atraer a la gente joven a un ambiente que, hasta hace no mucho, se asociaba a hábitos burgueses de personas acomodadas o a la imagen más literaria e inquietante de quienes viven febrilmente la pasión del juego.
Sin olvidar su pasado, el Casino de Santander se ha abierto a la clientela joven con juegos como el Texas Hold’em, una variante del poker popularizada a través de internet y la televisión. Pero el Casino no es sólo un lugar de juego, es también un espléndido escenario para la organización de eventos de todo tipo, desde exposiciones de pintura o presentaciones de libros a desfiles de modelos y celebración de congresos.
Con cerca de un siglo a sus espaldas, el edificio necesitaba una nueva puesta al día, ya que la reforma realizada hace una década no fue suficiente para curar las heridas del tiempo en algunas estructuras. La nueva rehabilitación se ha aprovechado para hacer el edificio más funcional y para resaltar las características originales de un inmueble que desde hace décadas se ha convertido en la imagen de la ciudad.

Un edificio renovado

El primer objetivo era restañar las heridas que el paso del tiempo había ido dejando en la cubierta, terrazas y fachadas, especialmente las causadas por la humedad. Una de las prioridades ha sido la impermeabilización de las terrazas, cuyas filtraciones habían acabado por afectar a los locales comerciales que se encuentran en los bajos. Las obras también han mejorado el tejado, los forjados, los canalones y se han renovado la climatización, el sistema eléctrico –con el añadido de un grupo electrógeno–, la protección contra el fuego y la iluminación del inmueble.
En esta puesta al día se pretendía, además, una vuelta a la personalidad inicial del inmueble. Mario Lostal, uno de los arquitectos del estudio EME Atelier que se ha encargado de la obra, señala que detrás de la rehabilitación hay un trabajo de “arqueología arquitectónica”. Se trataba de eliminar los toldos, lonas y mamparas que cubrían parte de la fachada. Despejados esos obstáculos, se han recuperado elementos que devuelven al Casino a su imagen inicial, aunque se han añadido otros polémicos, que lo conectan con la modernidad. Así, los ventanales llegan de nuevo hasta el suelo, como cuando se inauguró el Casino en 1916, lo que permite salir desde los salones a las terrazas, de las que se han eliminado las jardineras, creando un espacio diáfano de más de mil metros cuadrados en dos plantas, por el que se puede circular cómodamente.
En esta recuperación de la estampa clásica se han introducido, sin embargo, elementos y materiales modernos que han levantado alguna suspicacia, teniendo en cuenta que el edificio está sujeto al Plan Especial del Conjunto Histórico-Artístico de El Sardinero y eso supone que no pueden alterarse sus características arquitectónicas.
Al recrecer el suelo en las terrazas, las balaustradas han quedado muy bajas y ha sido preciso añadir una pieza de cristal de 30 centímetros para asegurar la protección del público. Mucho más desapercibida pasa la carpintería exterior. El medio centenar de ventanas y ventanales del edificio ya no son de madera, como se proponía inicialmente por fidelidad al original, (se iba a utilizar madera de teka, lo que también permitía recuperar el primitivo tono oscuro), sino de aluminio anodizado en color gris mate, que soporta mucho mejor las inclemencias de la climatología en una fachada orientada al norte.
Pero el elemento más rompedor es el cubo acristalado de cuatro metros de altura que alberga un ascensor panorámico que llega hasta el vestíbulo. Una mezcla de clasicismo y modernidad que resume la intención que ha guiado la recuperación del Casino.

Una inversión de tres millones de euros

Además de las mejoras en la envoltura del edificio, el Casino también ha experimentado una pequeña transformación interior en el reparto de espacios. Se ha ampliado la sala de máquinas de azar, incorporando el local en el que se ubicaba el restaurante. Este ha pasado, a su vez, a la planta superior, ocupando un espacio que antes se dedicaba a reuniones y presentaciones.
Lo que no ha variado es el sancta santorum del Casino, la sala de ruletas, black jack y poker en sus diversas modalidades. Esta zona, de 700 metros cuadrados, mantiene intacto el añejo sabor de los casinos clásicos y recuerda en su forma al espacio que ocupó el teatro, desaparecido en la reforma de hace diez años, en la que no se respetaron los palcos existentes, que hubieran añadido encanto a la actual sala.
El dinero invertido en esta remodelación, más de tres millones de euros, lo ha generado el propio Casino con sus ingresos. Sus dos propietarios, el Ayuntamiento de Santander y el Gobierno de Cantabria, han empleado en la reforma los beneficios que ha reportado en nueve años la explotación del Casino, que desde 1998 está en manos de la empresa gallega Comar.
Los trabajos comenzaron en mayo de 2010 y se han prolongado bastante más de lo previsto. Las desavenencias surgidas entre el Consejo de Administración y la constructora, la UTE Ferrovial-Corelia, sobre la calidad de los materiales y la ejecución de la obra, provocó su paralización durante cerca de un año. Finalmente, y tras la renovación del Consejo, después de las pasadas elecciones en las que el PP pasó a ocupar también los puestos correspondientes al Gobierno regional, se llegó a un acuerdo con la constructora para finalizar la obra.

Un lugar de juego y algo más

El remozado exterior del edificio corre en parelelo con la puesta al día de la oferta de juegos que ha realizado Comar. Para atraer a gente joven se organizan diariamente torneos de póker en la modalidad Texas Hold’em, en los que cuesta muy poco participar (entre 20 y 50 euros) y a los que acuden también jugadores asturianos y vascos, atraídos más por el ambiente y el reto del propio juego que por la posibilidad de grandes ganancias (al final de la noche el premio de unos de estos torneos puede que no pase de 500 o 600 euros).
Gracias a estos y otros cambios en la gestión, Comar ha conseguido rentabilizar un negocio que, mientras estuvo en manos públicas, arrojaba pérdidas sistemáticamente. La empresa gallega se quedó con la gestión del juego y el grupo hostelero Merino con la restauración. Ambas vertientes han incrementado el flujo de visitantes, pero también las exposiciones y los actos que se celebran en el interior.
Los salones del edificio diseñado en 1913 por el arquitecto Eloy Martínez del Valle –el mismo del Hotel Sardinero– después de visitar los casinos europeos de moda, son espacios cada vez más abiertos a exposiciones y eventos de todo tipo, que devuelven al edificio el protagonismo que un día tuvo en la sociedad santanderina.
La apertura al público de las terrazas va en la misma dirección, así como la idea de aprovechar la nueva iluminación de la fachada –basada en bombillas led que permiten cambiar el color– para organizar espectáculos de música en vivo en el exterior durante los viernes del verano. Sería el modo de realzar el protagonismo de uno de sus mejores reclamos turísticos que tiene Santander.

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