Una alternativa a los geriátricos

Además de permanecer en casa mientras la salud o las condiciones familiares lo permitan o ingresar en una residencia geriátrica, ha aparecido otra alternativa para las personas mayores, las urbanizaciones o complejos residenciales diseñados específicamente para la tercera edad.
Los primeros en detectar que quedaban necesidades por cubrir en este campo fueron los propios grupos empresariales de geriátricos. Algunos lo resolvieron con la construcción de apartamentos para mayores junto a sus residencias, una fórmula a medio camino entre la vida independiente y la colectiva que facilitaba la prestación de servicios a los ocupantes de las viviendas y abarataba los costes. También las inmobiliarias encontraron en los complejos para la tercera edad una forma de diversificar su oferta.
En una sociedad en la que pronto los mayores de 65 años van a ser el segmento poblacional más abultado tampoco podían faltar las iniciativas de particulares y ya empiezan a aparecer cooperativas creadas para poner en marcha complejos residenciales para la tercera edad. En Cantabria hay una de ellas, la de quienes han secundado el proyecto iniciado por Nemesio Rasillo en Meruelo.

Un proyecto integral

El germen de esta idea se encuentra en el contacto diario de Rasillo con las cooperativas agrarias a través de su trabajo en la Oficina de la Consejería de Ganadería en Santoña. Esa fórmula de autogestión y su propia experiencia personal –su madre fue una persona dependiente bastantes años– le animaron a dar forma a la idea de cómo le gustaría afrontar la última etapa de su vida.
A su proyecto para crear un complejo residencial de mayores que se gestionen a sí mismos se fueron sumando otras personas y en enero de 2013 se constituyó la Cooperativa Brisa del Cantábrico, que cuenta actualmente con 89 socios.
El modelo ya ha está lo suficientemente probado en los países nórdicos y en Estados Unidos como para saber que funciona. Y caben planteamientos muy variados que van desde los senior resort construidos en el litoral mediterráneo para personas con alto poder adquisitivo hasta los formatos más modestos.
El lugar elegido por la cooperativa cántabra se encuentra en San Miguel de Meruelo. Allí ha formalizado una opción de compra sobre un terreno rústico de 70.000 metros cuadrados pero sólo el 30% de la finca se edificará con las viviendas y los servicios comunes.
Apoyo municipal

La función social de la iniciativa ha movido al Ayuntamiento de Meruelo a comprometer la recalificación del suelo para ese uso en el nuevo Plan de Urbanismo, que está pendiente de aprobación. El complejo se construirá por fases y, si todo va como está previsto, en 2018 podrá albergar a sus primeros ocupantes.
El proyecto de la cooperativa cántabra quiere reproducir en esta urbanización las condiciones de convivencia que se dan en la vida real. Habrá personas dependientes, pero nunca más del 25% del total de residentes, que será de 300 personas, y los socios irán ocupando –a medida que lo deseen o lo necesiten– los pequeños chalets independientes de unos 50 m2 que se irán construyendo o alguna de las plazas de las llamadas Unidades de Convivencia, cuando se trate de personas dependientes. Estos espacios compartidos acogerán a un número variable entre seis y ocho personas y contarán con los mismos servicios que se prestan en un geriátrico.
Para fomentar la convivencia entre los residentes habrá zonas comunes, entre ellas un gimnasio, una piscina y una cafetería. La amplitud del terreno destinado a la construcción del complejo también permitirá que pueda dedicarse espacio para el cultivo de huertos, una forma de esparcimiento que cada vez tiene más acogida en los municipios.
“La idea es desarrollar un proyecto integral”, afirma Nemesio Rasillo. Tratar de reproducir lo que ocurre en la vida real y buscar un equilibrio entre gente de todas las edades”. De hecho, el socio más joven de la cooperativa tiene 48 años y el de más edad, 82, aunque la media se encuentra en los 62 años.
De las 89 personas que se han sumado a la iniciativa, 19 proceden de otras comunidades, un claro ejemplo del atractivo que tiene Cantabria para una propuesta semejante.
En un proyecto orientado hacia la última etapa de la vida, la certeza de contar con los servicios básicos para la salud o la comodidad del día a día adquieren la máxima importancia. Los residentes contarán, lógicamente, con la atención médica o los servicios de asistencia domiciliaria que la administración presta a cualquier ciudadano. Y en el caso de los dependientes, será la propia cooperativa la que se encargue de que dispongan de atención especializada. Todos los demás servicios domésticos o asistenciales se cubrirán a medida que los socios los vayan demandando.

Un proyecto autofinanciado

Para hacer realidad su proyecto, la cooperativa Brisa del Cantábrico confía en sus propios recursos, formados por las aportaciones de los socios. La inversión necesaria para formar parte del proyecto es de 36.000 euros por persona y el desembolso se efectúa en pagos de 150 euros por asociado y mes durante diez años (18.000 euros en total), además de tres ingresos extraordinarios de 6.000 euros (a la compra del terreno, al comienzo de la construcción de la primera fase y a su finalización). Una cantidad totalmente recuperable en caso de baja o defunción.
La propietaria del complejo será la cooperativa y los socios tendrán un derecho de uso. Las cuotas mensuales para los residentes oscilarán entre los 250 y 800 euros por persona, en función de los servicios utilizados y de si la casa es ocupada por uno o por dos asociados.
Proyectos semejantes, de comunidades que se organizan para autogestionar su futuro en régimen de cooperativa, son bastante frecuentes en países del centro y norte de Europa. En España el primero se puso en marcha en Málaga en el año 2000. Le siguieron la Cooperativa Fuente de la Peña, en Jaén (2007); la Cooperativa Servimayor, en la localidad de Losar de la Vera (Cáceres); la Cooperativa Profuturo, en Valladolid (2011) y la más reciente se ha creado en Torremocha del Jarama (Madrid). A mediados de este año entrará en funcionamiento el proyecto de la Cooperativa Convivir, en Orcajo de Santiago (Cuenca).
“Al igual que nosotros –señala Rasillo– todas estas cooperativas adoptan el modelo de cesión de uso a perpetuidad y heredable. Nuestra diferenciación con el resto de los proyectos es que no vamos todos a la vez a vivir y está controlado el porcentaje de personas autónomas y dependientes, para que nunca se sobrepase el 25% de residentes dependientes. De esta manera conseguimos que el espacio sea apetecible y viable económicamente”, concluye el promotor de una idea que aporta un enfoque diferente al de las residencias geriátricas, que no convencen a todos.

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